Holocausto y Fútbol (III): El Superviviente

Holocausto y Fútbol (III): El Superviviente

Cada cuatro de mayo la colina turinesa de Superga se llena de abuelos emocionados, padres conmovidos e hijos impresionados que recuerdan cada año a uno de los mejores equipos que ha habido en la historia. Quizá la Copa de Europa sería otra cosa, tendría otro dominador, si un cuatro de mayo de 1949 la niebla no se hubiera interpuesto en el camino de un avión procedente de Lisboa. En él viajaba el Grande Torino, un equipo como nunca los ojos habían visto. Invencible salvo por el destino.

Ernö Erbstein fue el verdadero y gran artífice del Grande Torino. Él también perdió la vida en Superga.

Entre las víctimas de aquel drama que todavía duele en Turín, además de jugadores, periodistas, se encontraba el cuerpo técnico con Ernö Erbstein a la cabeza, el verdadero y gran artífice del Grande Torino. Dicen en la capital piamontesa que fue el destino el único que venció a ese equipo imperial. Sólo eso, la vida cruel, podía vencer a un Erbstein que años antes había sobrevivido a la fábrica más horrenda que ha existido nunca. Los campos de concentración nazis.

Erbstein nació en 1898 en Nagyvarad, una pequeña localidad que hoy pertenece a Rumanía y entonces formaba parte del Imperio Austrohúngaro. De orígenes judíos, empezó a jugar muy pronto al fútbol y enseguida se mudó a Italia donde hizo una carrera decente en las filas de la Fiumana y del Vicenza. Paralelamente, Ernö trabajaba como agente de bolsa y ese trabajo le llevó a vivir (y jugar en una originaria liga americana de soccer) un par de años en Nueva York. Una vez retirado se convirtió en entrenador. Bari, Nocerina, Cagliari o Lucchese fueron las escuadras que le tuvieron como míster, ya de vuelta en Italia, país que consideraba como un segundo hogar. Un hogar que le daría la espalda con la llegada del fascismo. Las leyes raciales aprobadas por Mussolini y su régimen fascista provocaron una total persecución racial hacia los judíos y Erbstein y su familia decidieron volver a Hungría. Con la ayuda, por cierto, del entonces presidente del Torino, Ferruccio Novo.

Erbstein, su mujer Jolan y sus hijas Marta y Susanna creyeron estar a salvo en Budapest pero su vida dio otro vuelco cuando las tropas nazis ocuparon la ciudad. Inmediatamente empezaron las normas denigrantes contra los judíos, como la obligación de portar la estrella amarilla. Con la colaboración de funcionarios y policías locales, como ya había pasado en otros países, los nazis persiguieron a la población húngara judía. Los judíos húngaros sobrevivieron casi intactos hasta casi el final de la guerra. En 1944, cuando según bastantes historiadores ya se conocía de sobra las “andanzas” de los nazis en Auschwitz, fueron devastados. Más de 400.000 judíos fueron enviados al exterminio.

El mismo Ernö Ersbtein que años después lograría el reconocimiento mundial creando el Grande Torino pasó una temporada en un campo de trabajo nazi.

El mismo Ernö Ersbtein que años después lograría el reconocimiento mundial creando el Grande Torino pasó una temporada en un campo de trabajo nazi. Su mujer y sus hijas pasaron la ocupación en una fábrica que producía vestimenta militar y que era regentada por Pal Klinda, un sacerdote católico. Cuando comenzaron las persecuciones y la “caza al judío”, la práctica totalidad de las mujeres pudieron escapar gracias a la valiente actuación de Gitta Mallasz, un artista y diseñadora gráfica que con ardides y engaños hacia los nazis salvó a todas menos a dieciséis mujeres. Erbstein, por su parte, consigue escaparse del campo de concentración y encuentra refugio en el consulado sueco que de la mano de Raoul Wallenberg protegió a decenas de judíos durante la ocupación.

Sólo después de la guerra volvería Erbstein a Italia. Allí, nuevamente encontró la ayuda de Ferruccio Novo, que le ofrece entrenar a su Torino. Con Ernö a los mandos empezó la leyenda. Cinco veces campeones de Italia, estructura de la selección italiana, uno de los más grandes equipos que han pisado la tierra. Les comandaba un superviviente, un héroe, un hombre que se había enfrentado al horror y al odio. Tienen razón en Turín, a esta estirpe de hombres ningún humano, ningún odio les vence. Sólo el maldito destino.

Fuente imagen principal: Forza Italian Football.

*Erbstein, centro, con Rigamonti, izquierda, y Bacigalupo, a su derecha.

Holocausto y fútbol (II) Ante el odio, orgullo

Holocausto y fútbol (II) Ante el odio, orgullo

La persecución hacia los judíos que tuvo lugar antes y durante la Segunda Guerra Mundial fue especialmente cruel en Holanda, un país en el que apenas había existido antisemitismo y donde 140.000 judíos vivían en paz y armonía. Pero la ocupación alemana en 1940 acabó con esta tranquilidad. La administración holandesa vigente colaboró con los nazis y con ellos empezaron a implantar medidas contra los judíos holandeses desde no poder ocupar un cargo público hasta tener vetada la entrada en cines o parques. Al llegar 1944 la inmensa mayoría de judíos holandeses habían sido deportados y exterminados.

Hubo holandeses que hicieron todo lo posible para resistirse a la sinrazón y crueldad nazi. Durante la ocupación y como respuesta de orgullo al odio, nació la relación entre los judíos y el Ajax de Ámsterdam, el equipo de fútbol más laureado de Holanda. El Ajax, que no nació con ninguna intención nada más que ser estandarte del fútbol, fue el club del guetto de Ámsterdam. Pero desde entonces el equipo se ha convertido en símbolo del judaísmo y no ha sido raro ver en estos años cánticos mostrando con orgullo su relación o incluso el flamear de banderas de Israel durante los partidos. Esta relación le supone continuamente al Ajax ser víctima de ataques e insultos antisemitas en su país como cánticos de sus rivales pidiendo la cámara de gas. Tanto es así que ha habido intentos incluso desde la directiva del Ajax de desligarse del pasado judío para evitar esos enfrentamientos.

Antes de la guerra el Ajax ya era amado mayoritariamente por todos los ciudadanos de Ámsterdam, incluidos los que luego serán confinados al guetto judío. En las filas de ese Ajax de los años 30 destacaba Eddie Hamel, un extremo zurdo de religión judía que en el transcurso de la guerra acabó muriendo en Auswitchz.

El periodista Simon Kuper escribió en 2003 “Ajax, The Dutch, The War”, un magnífico libro que desgraciadamente no está editado en España, donde con la excusa del Ajax mete el dedo en la llaga y expone el colaboracionismo de muchos holandeses y la complicidad de gran parte del país con el nazismo.
Hubo hasta jugadores del Ajax adscritos al partido Nazi e incluso Kuper descubrió en su investigación las terribles cartas con que el Sparta de Rotterdam expulsaba de socios a sus seguidores judíos. Imaginad, lectores, que el club por el que vivís, dais dinero y sufrís, un día os echa por vuestra raza, vuestra religión, vuestro color de pelo. Eso pasaba. Eso puede volver a pasar.

No quedaron muchas familias judías holandesas después de la guerra. Ámsterdam había perdido parte de su identidad y de su historia con el vil asesinato de esos miles de judíos. Pero poco a poco se fue fomentando la leyenda del Ajax judío, sin raíces históricas, casi sin querer. Es cierto que en los años 20 el club tenía fuertes conexiones con los judíos más allá del barrio y de Hamel. Las fiestas de los campeonatos se celebraban en teatros propiedad de judíos, el editor de la revista del club era hebreo y los partidos eran cita obligada en el Café De Ysbreeker , el lugar de cónclave de los judíos holandeses socialistas.

Ámsterdam había perdido parte de su identidad y de su historia con el vil asesinato después de la guerra.

Sesenta años después del Holocausto, las banderas israelíes y ese tribalismo apropiado de los seguidores del club que rara vez son judíos de verdad genera opiniones encontradas tanto dentro del judaísmo como fuera.

Tradicionalmente considerada como una sociedad abierta y tolerante (la marihuana o la prostitución son legales en Holanda), lo cierto es que en los últimos años debajo del Estado del Bienestar holandés no todo es bonito. La muerte del polémico cineasta Theo Van Gogh en 2005, criticado por su islamofobia y asesinado por un musulmán afloró el racismo latente en la sociedad y la difícil integración de la emigración. Dentro de ese clima, el Ajax ha tenido dirigentes como John Jaakee que pidieron explícitamente acabar con los símbolos judíos y convertirse en un simple club “apolítico”. Algunos colectivos de judíos tampoco parecen muy encantados con esa apropiación de sus símbolos de la hinchada ajacied. Lo consideran frívolo y acusan la juventud holandesa de desconocer lo que realmente significó el Holacausto y la ocupación.

El partido de extrema derecha PPV, encabezado por el xenófobo Geert Wilders, ha encabezado encuestas de intención de voto por lo que la posibilidad de una Holanda gobernada por racistas no se antoja imposible. En el terreno deportivo, el Ajax vive también momentos difíciles. Muy castigado por la Ley Bosman y el crecimiento de ligas como la Premier o la Bundesliga, el Ajax está lejos de aquel equipo que aspiraba a ganar la Copa de Europa y este año ni siquiera pudo pasar la previa de la Champions y disputará la Europa League . Son tiempos complicados en la idílica ciudad de los canales. En lo frívolo, con una liga que ve cómo sus talentos se van cada vez más pronto. En lo importante, con el fantasma del odio racial más presente que nunca, recordando tiempos pretéritos amargos.

Quizá sea el mejor momento para que un chaval con la camiseta del Ajax lleve en la grada la bandera de un pasado, la bandera de una identidad, la unión extraña entre unos perseguidos y un símbolo futbolístico. Quizá sea el mejor recuerdo de algo que nunca debe volver a pasar.

Fuente imagen principal: Dean Mouhtaropoulos (Getty Images)

Holocausto y fútbol (I) El club de los justos

Holocausto y fútbol (I) El club de los justos

En 1961 se celebró en Jerusalén el juicio contra Adolf Eichmann, uno de los más importantes jerarcas nazis. La filósofa judía Hannah Arendt, ya famosa por su libro “Los Orígenes del Totalitarismo”, fue la encargada de cubrir el proceso contra Eichmann para la revista The New Yorker. La intelectual recogió sus artículos en un libro que hizo famosa la teoría de la banalización del mal. Arendt defendía la tesis de que Eichmann como muchos otros no era un demonio antisemita sino un simple funcionario cumpliendo órdenes. Eichmann era un macabro burócrata.

La falta de espíritu crítico, la complacencia y el mirar para otro lado provocaron el ascenso del nazismo, que, como en todas las capas de la sociedad alemana también influyó en el fútbol. Incluido el club alemán más grande de la historia, el Bayern de Múnich, protagonista de una historia poco conocida de resistencia frente a esa extendida banalización del mal.

El Bayern fue fundado en el barrio bohemio de Schwabing, un distrito de artistas.

El Bayern fue fundado en el barrio bohemio de Schwabing, un distrito de artistas equivalente al Barrio Latino de París. De las 17 personas que firmaron el acta fundacional del club, dos eran judíos y hasta la llegada del nazismo fueron varias las personas con incidencia en el Bayern que eran de orígenes judíos. De hecho, el club era catalogado peyorativamente como ”un equipo de judíos” y durante el nazismo se resistió como pudo a la captación por parte del régimen nazi. Una historia de entereza y valentía que, sin embargo, estuvo oculta durante años.

Uno de los personajes más ilustres de la historia del Bayern fue Kurt Landauer, un comerciante judío que presidió el club en diferentes tramos de 1913 a 1951. Hasta la llegada del partido nazi al poder varios judíos fueron también entrenadores del Bayern como fue el caso de Richard “Dombi” Kohn, que consiguió el primer campeonato alemán para el club. Galardón que no pudo repetir porque tuvo que huir del nazismo hasta recalar en el Barcelona, donde asentó las bases para el trabajo de cantera del club catalán.

Mientras, el club hizo todo lo posible para oponerse al régimen nazi. Fue célebre una sonora pelea de futbolistas del Bayern con miembros de las Juventudes Hitlerianas. También se convirtió en icono una foto que Willy Simetsreiter, futbolista de la época, se sacó con el legendario Jesse Owens, el atleta negro que consiguió cuatro desafiantes medallas de oro delante de las mismísimas narices de Adolf Hitler. Los continuos pequeños actos de rebeldía del Bayern antinazi fueron recogidos y publicados en 2011 en el libro “Der FC Bayern Juden und Seine” de Dietrich Schulze-Marmeling.

El Bayern Munich hizo todo lo posible para oponerse al régimen nazi. Fue célebre una sonora pelea de futbolistas del Bayern con miembros de las Juventudes Hitlerianas.

Pero de entre todos estos pequeños actos de heroicidad destaca sin duda la historia personal del citado Kurt Landauer. El presidente dejó el club en 1932, poco antes de la subida al poder del régimen nazi, forzado ya por una situación política de persecución hacia los judíos. En 1938 fue detenido y pasó 33 días en Dachau, campo del que fue liberado en consideración a su papel de veterano de la Primera Guerra Mundial. Aún así tuvo que exiliarse junto a su familia en Suiza. Allí, en 1943, presidió un amistoso que jugaba su club de siempre en otra descarada afrenta hacía el régimen que llevó a Alemania al desastre.

La historia antinazi del Bayern Múnich pasó desapercibida en las décadas posteriores mientras el club iba creciendo y se iba convirtiendo en el poderoso imperio futbolístico que es en la actualidad. Incluso durante años hubo hasta intentos de ocultar esa relación con el judaísmo, quizá por miedo a repercusiones negativas en una época donde ya había estallado el conflicto árabe-israelí en Oriente Medio. Ha sido en los últimos años cuando la dirección del club ha restaurado la imagen de Kurt Landauer, padre del Bayern moderno y ha expuesto con orgullo su historia nombrado al ex dirigente como presidente honorario. Una leyenda mucho más importante que la de las Copas de Europa o los grandes jugadores o ser el germen perenne de la Mannschaft. La historia de haber sido el club de los justos, el club de unos hombres que en una época de oscuridad dieron el brillo más valioso al escudo del Bayern.

Fuente imagen principal: Alexander Hassenstein (Bongarts/Getty Images)