Davide Nicola, el hombre que perdió su sonrisa

Davide Nicola, el hombre que perdió su sonrisa

Davide Nicola era un hombre de lo más afortunado. Con una vida ligada al balompié, como él siempre había soñado: su carrera pasó del verde y los pantalones cortos al banquillo y el chándal de cada fin de semana. Pues así fue como este hombre, nacido hace 44 años en Luserna San Giovanni, en el norte de Italia, hizo de su pasión un sustento vitalicio para todos los suyos. Una suerte que aún mantiene en activo. Y la cual completa con su otra gran distracción, la psicología. Nicola sostiene que el fútbol, como la vida, es una cuestión anímica donde uno, para triunfar, no debe dejar de apretar nunca los dientes.

Davide Nicola lo tenía todo. Con un pasado muy marcado por su época futbolística en equipos de la talla como el Genoa –donde nacieron su mujer e hijos– o el Torino -su equipo de toda la vida, a quien ayudó a conseguir el ascenso a la máxima categoría durante la primavera del año 2006, anotando un tanto decisivo en la final ante el Mantova-, tan solo llegó a disputar 15 encuentros como profesional en la Serie A, todos ellos con la camiseta del Siena. Así que fue desde la banda donde se ganó el derecho a dirigir en la máxima categoría. Una destreza que le aseguró un presente y le vislumbró un futuro, rodeado de su mujer y sus cuatro hijos.

Davide Nicola hizo carrera como futbolista en equipos como el Genoa o el Torino, el club de sus amores, y a quien consiguió ascender a la Serie A en el año 2006

Una vida de ensueño que en cambio, en menos de que un árbitro hace sonar su silbato, quedó para siempre marcada por la tragedia. En el verano de 2014, meses después de que él mismo renunciase a su cargo como técnico del Livorno -quien ascendió de su mano a la Serie A en el 2013-, de que estos perdiesen la categoría y de que le hubiesen despedido y vuelto a contratar a las pocas semanas -una práctica muy común en el mundo del Calcio-, sintió como el mundo se resquebrajó bajo su propia sombra, a muy pocos metros de la residencia estacional de la familia. Alessandro, su segundo hijo, de 14 años, de vuelta a la casa donde disfrutaban de cada verano, perdió fatídicamente el equilibrio de su bicicleta y fue a caer bajo las ruedas de un autobús que circulaba a su lado por la calzada. “Aquel día, aparte del dolor que me atrapó las vísceras, sentí que se paró el tiempo. En aquel instante, mientras contemplaba la escena, de la cual recuerdo hasta el más ínfimo detalle, como la forma y los colores, que me parecieron de lo más particulares en aquel suelo, comprendí de golpe quién era, qué quería y qué cosas temía. Durante bastante tiempo me sentí como un liliputiense rodeado de gigantes.

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Pero como lo más difícil a la hora de afrontar la pérdida de un ser querido no es el hecho de superarlo, sino de aprender a convivir con ese vacío, la vida de Davide Nicola, el hasta ahora técnico del Crotone, cambió radicalmente en el momento que el destino decidió golpearle con todas sus fuerzas. De la forma más cruel e injusta. Y de improvisto, sobre todo, que es como peor se encaja un mandoble, porque es cuando más daño produce a quien lo recibe.

Nada a partir de aquel instante ha vuelto a ser lo mismo en la vida de Nicola. Tras el acto de despedida, al que acudieron centenares de personas -sobre todo niños, amigos y compañeros de equipo, pues hasta hacía poco había militado en el filial del Livorno- a dar su último adiós al pequeño, Nicola se refugió durante un tiempo con los suyos, y consigo mismo. “He interiorizado el hecho de que Alessandro no estará más con nosotros, porque cada uno tiene su tiempo en la vida. Pero sé que él me ha enseñado muchas más cosas que otros a lo largo de la mía. Estar contento siempre sin motivo; estar ocupado con cualquier cosa, ya fuese pintando un dibujo; y desear los sueños con una fuerza innatural, como los niños, que es como de verdad se desean. Estas cosas del pasado hoy forman parte de mí, de mi forma de ser, así lo siento”.

“Aquel día [el de la muerte de su hijo Alessandro], aparte del dolor que me atrapó las vísceras, sentí que se paró el tiempo. Me sentí como un liliputiense rodeado de gigantes”

A finales de ese mismo 2014, Nicola fue contrato por el Bari, en la Serie B. Y allí permaneció por un año, hasta diciembre del 2015, cuando el equipo, quinto en la clasificación, decidió prescindir de sus servicios. Al poco, en junio del 2016, recalaría en el Crotone para relevar a Ivan Juric, quien había conseguido situar al equipo en la Serie A por primera vez en su historia. Y tras un año de lo más complicado, Nicola consiguió salvar al equipo en la última jornada de liga, aunque no de una forma cualquiera. Él mismo sostiene que algo les empujó hasta conseguirlo.

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El Crotone había cosechado nada más que 14 puntos en sus primeras 29 jornadas; y ya en la segunda vuelta, tras un espectacular cierre del curso, consiguió seis victorias en sus últimos nueve encuentros que terminaron por certificar su salvación. La cual consiguió en el último suspiro. El equipo, a pesar de todo, llegaba a la última jornada en el farolillo rojo de la tabla, por lo que debía batir a la Lazio y esperar a que el Empoli tropezase ante el Palermo. Y como los milagros de vez en cuando suceden, el Crotone se salvó contra todo pronóstico. Así que Nicola, quien días antes había puesto a prueba su fe ante los periodistas, debería cumplir con su promesa: recorrer los 1,600 kilómetros que separan a Crotone de Turín en bicicleta.

Cientos de personas fueron a arropar a Nicola a su llegada a Turín frente al renovado estadio Filadelfia del Torino, tras una travesía que se extendió durante nueve días. En un acto de lo más significativo, tras el brutal episodio que sacudió su vida y la de toda su familia, Nicola decidió emprender la aventura sobre ruedas para concienciar a la población italiana de la seguridad vial. Para que nunca más ningún otro hombre como él se deje en algún kilómetro de una carretera sus motivos para seguir agradeciéndole a la vida. Puesto que desde aquella trágica tarde, Davide Nicola solo sonríe apretando los labios. Como al borde de todo llanto.

Esta fue la carta que Nicola le escribió a Alessandro tras conseguir la permanencia del Crotone:

 “Hola, amor mío. No sé dónde estás. Y no sé qué estarás haciendo. Quizás estés por encima de aquella nube que estaba encima de mí de aquella tarde, cuando corrí para hacer volar tu luz. Quizás estés aquí, junto a mí. Pues sí, sé que estás aquí conmigo. Hemos peleado juntos en este año tan complicado, pero… hoy sé que siempre has estado a mi lado. Con tu energía me has dado la fuerza para pelear y continuar hasta conseguir lo imposible, lo imposible probable y lo imposible cierto. Ale, esta no es mi victoria, es la nuestra, como aquel ascenso a la Serie A con el Livorno. Me hubiese encantado disfrutar contigo, mirarte a los ojos y tu sonrisa, cogerte de la mano y correr juntos para festejarlo. Todo esto es solo por ti. Mis conquistas son las tuyas, cada victoria será tuya y cada uno de mis sueños será también solo tuyo. Quiero que mi corazón siga latiendo por ti, para que sigas viviendo a través mía. ‘Él es la perfección: generosidad, disciplina, paciencia, perseverancia, concentración y conocimiento trascendente” (Dalai Lama).

*Todas las declaraciones compartidas en este artículo son de una entrevista del propio Davide Nicola al diario italiano la Repubblica. La carta fue pública en las redes sociales.

**En el día de ayer, en el cierre de este artículo, Davide Nicola presentó su dimisión como técnico del Crotone.

Fuente imagen principal: Maurizio Lagana/Getty Images Europe.

Pantaleo Corvino, oficio de un cazatalentos

Pantaleo Corvino, oficio de un cazatalentos

Pantaleo Corvino es una de las pocas personas en todo el mundo que puede presumir de tener dos cumpleaños. Y conviene insistir que el del italiano no es un caso aislado, por increíble que parezca. Corvino nació hace ya más de medio siglo en Vernole, una pequeña localidad de la provincia de Lecce (una pequeña región del tacón de la bota, para que todos nos entendamos), en 1949, y he aquí el truco: aunque naciese el 12 de diciembre de ese mismo año, sus progenitores, debido a la gran pobreza que azotaba el sur en aquellos tiempos de entreguerras, decidieron que a la economía de la familia le salía a cuenta la manutención de su nuevo hijo si este fuese inscrito el primero de enero de 1950. Una práctica muy común que se fue extendiendo a lo largo de todas estas regiones. Y con la que retrasando oficialmente el nacimiento de los pequeños, se posponía así su matriculación -y el pago correspondiente- un año más tarde. Hecho por el que Corvino no fue el único elegido en tener dos celebraciones.

Pero hablar de fútbol italiano es hacerlo de Pantaleo Corvino. Este hombre bonachón, sureño de pura cepa por su bronceado, la forma con la que observa al escurrir sus gafas por la nariz y su deje en el habla, no cuenta en su recuerdo con ninguna proeza desde dentro del área. Ninguna intervención milagrosa. Ni siquiera el festejo de un gran título en el portarretratos de alguna estantería. Corvino, como lleva haciendo desde hace más de cuarenta años, llega siempre pronto al estadio. Coge la clásica hoja de las alineaciones que se distribuye entre la prensa y el palco de autoridades. Y, boli en mano, no pierde un solo detalle de cuanto suceda sobre el césped, desde el calentamiento y hasta que el árbitro considera que se ha jugado el tiempo justo. Está práctica de Corvino, que ahora realiza como director deportivo de la Fiorentina, es la misma que le ha acompañado desde sus inicios, cuando apenas superaba la veintena e iba recorriendo, según él mismo, indistintas plazas y parques en busca de nuevas promesas. Hoy, entre sus conocidos, además de jactarse de su doble aniversario lo hace de haber descubierto a futbolistas como Stevan Jovetic, Mirko Vucinic, Adem Ljajic o Fabrizio Miccoli.

Pantaleo Corvino ha sido campeón en doce trofeos juveniles: uno con el Casarano, siete con el Lecce y cuatro con la Fiorentina

Su sueño siempre ha sido que la plantilla que confecciona durante el verano se convierta en alguna ocasión campeona del Scudetto italiano. Aunque su trayectoria profesional, sin embargo, a punto estuvo de conducir por otros derroteros. Dejó el fútbol como profesional muy joven e ingresó a estudiar la Ingeniería Aeronáutica, como siempre le había ordenado su padre. Pero entre clases y números, cuentan quienes más le conocen, Corvino salía provisto de una pequeña libreta negra y sus gafas de sol para ir parando de plaza en plaza e ir tomando notas de los partidos callejeros. Para después, hablamos durante los setenta, acudir con dichas anotaciones a los equipos de fútbol de la localidad, de donde recibía pequeñas retribuciones.

Hasta que en 1987, el Casarano, club de la Serie C italiana, le propuso su primer contrato como cazatalentos profesional. “Me ofrecían mucho menos de lo que me pagaban por haber estudiado la ingeniería, pero siempre ha sido algo que he tenido muy claro. Ya por aquel entonces tenía tres hijos pequeños y nunca se me olvidará el momento en el que mi mujer me responsabilizó totalmente de la situación: ‘Ahora vas tú a tu padre y se lo comentas’. Me preparé hasta un discurso para decírselo de la manera más tibia, pero cuando se lo dije me retiró la palabra durante aproximadamente uno o dos meses”, reconoció el propio Corvino en una entrevista con el periodista italiano Giorgio Burreddu. Pero se salió con la suya. Y se quedó más de una década en aquel equipo, tratando con los más jóvenes que iba reclutando por los distintos barrios del sur de Italia.

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A finales de los noventa llegaría el Lecce. Y es aquí, en el equipo de su región natal, donde Corvino comenzó a desarrollar una parte importante de su método. Poco antes de empezar cada temporada, reunía a los entrenadores de las distintas categorías en torno a una gran mesa, y en dichas reuniones les decía cómo y de qué manera deberían organizar a sus equipos. Del director deportivo al entrenador, por extraño que pueda parecer imaginarlo. Pero si Corvino tiene dos fechas de cumpleaños, por qué no iba a poder desarrollar así una metodología con la que siempre se pretendía que el joven que llegase a debutar algún día con el primer equipo del Lecce, ya hubiese ido amamantando el estilo desde bien pequeño.

Las otras dos ramas de su dogma se basan en la intuición y la confianza. La primera, en palabras de su misma boca, le ha llevado siempre “a tomar riesgos. Cuando me fío de una cosa, apuesto. Necesito hacerlo, uno no puede andar siempre sobre seguro”. Mientras que la segunda, y he aquí la parte más estridente de todo su mecanismo, se sustenta en una serie de confidentes que mantiene repartidos a lo largo y ancho de Italia, y también en los países vecinos, para mantenerle siempre informado de todo cuanto sucede en los terrenos de juego más inhóspitos a los que hoy Corvino, por edad y obligaciones profesionales, ya no llega a cubrir con el coche de segunda mano que ya empleaba para recoger y traer de vuelta de los entrenamientos a los chicos durante sus andanzas por las categorías más mundanas del Calcio.

Pantaleo Corvino es responsable de que por la Fiorentina hayan pasado futbolistas como Luca Toni, Riccardo Montolivo, Adem Ljajic, Stevan Jovetic o Adrian Mutu

A lo largo de su ostensible trayectoria Corvino ha sido partícipe de doce títulos juveniles distintos. Aunque, por encima de todos, el del año 2003 siempre será especial. El Lecce, donde prestaba sus servicios, dirigido por Roberto Rizzo, disputaba la final del campeonato Primavera ante el Inter. En el equipo nerazzurro jugaría Oba Oba Martins, quien ya había disputado minutos con el primer equipo interista. Y a pesar de que Rizzo podía echar mano -por edad- de algunos como Ledesma, Vucinic o Chevantón, el propio Corvino interpuso la estrategia: “Jugaremos con los chicos que nos han traído hasta aquí. Ellos deben ganar este torneo”, según desveló el propio Rizzo la discusión que mantuvo con Pantaleo durante la noche previa al partido. Así sucedió. Y el Lecce se impuso por tres a dos. En total, Corvino consiguió un título con el Casarano, siete con el Lecce (dos ligas consecutivas) y cuatro con la Fiorentina.

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En 2012 debió hacer un punto y aparte para cuidar de su madre enferma. En el 2013 fichó por el Bologna, en la Serie B, donde consiguió reclutar a importantes piezas como Da Costa, Sansone (ahora en el Villarreal), Gastaldello o Krsticic, quienes consagraron el ascenso al poco tiempo de su llegada. Aunque por todos ellos, no obstante, decidió tomar una decisión trascendental: desprenderse del máximo artillero del equipo por aquellos tiempos, Matteo Mancosu. “En todos los sitios me ha sucedido lo mismo: los aficionados me terminan viendo como el hombre que compra a los futbolistas y al poco tiempo los acaba vendiendo. Porque la gente no se da cuenta de que yo, como buen director deportivo, debo saber conciliar el resultado deportivo con el económico”, reconocía hace algunos años a Tuttomercatoweb.

Corvino regresó el año pasado a la Fiorentina, donde ya estuvo por más de siete (entre 2005 y 2012) y consiguió vestir de morado a futbolistas como Sebastien Frey, Alessandro Gamberini, Alessio Cerci, Riccardo Montolivo, Luca Toni, Matija Nastasic, Adrian Mutu, Alberto Gilardino, Felipe Melo, Juan Manuel Vargas, Stevan Jovetic, Adem Ljajic o Christian Vieri. Aunque el equipo de su corazón, sin embargo, desde siempre ha sido el Genoa. Motivo por el cual, llegó incluso a rechazar una oferta de trabajo por parte de la Sampdoria. Y a pesar de todo, este último ha sido uno de los más complicados de toda su trayectoria, cuando ha debido deshacerse de importantes futbolistas de la Fiorentina como Federico Bernardeschi -a quien él mismo tuteló desde las categorías inferiores-, Borja Valero o Nikola Kalinic. Pero Corvino, entre partido y partido de la Fiorentina, se sigue acercando allí donde los niños corretean en torno a una pelota. Toma notas, rememora tiempos con menos canas y se consuela al pensar que, aunque quizás nunca llegue a alcanzar su Scudetto, muchos de los que un día fueron sus niños lo han hecho gracias a él. “Cada vez que me siento ante un partido no hay cosa que más me enorgullezca que ver a muchos de mis chicos”, siempre ha reconocido.

Foto imagen principal: Mario Carlini/Getty Images Europe.

Soldados de Mirko

Soldados de Mirko

La historia del fútbol podría ser narrada por sus celebraciones. El deporte rey, desde el principio de los tiempos, ha ido coleccionando festejos de todas las formas y colores. Apasionados, desmedidos, acrobáticos o sentimentales. Muchas de ellas, semana tras semana, dan la vuelta al mundo por los actores que las componen. Aunque al margen de todas ellas, una preserva su lugar indeleble al paso de los años. Aquella en la que Vucinic, cada vez que introducía el balón en la portería, corría extasiado con los pantalones fuera de su sitio.

Mirko Vucinic pudo ser todo aquello que no fue. El caso del futbolista yugoslavo (1983, Niksic), de pasaporte y selección montenegrina, se corresponde con uno de esos tantos episodios donde calidad y constancia se soltaron muy pronto de la mano. Embajador de aquello que hoy en día conocemos como el delantero moderno, Vucinic puede presumir de ser uno de los mejores jugadores de los que presumió el Calcio. A pesar de su técnica y currículo, debió conformarse, sin embargo, con degustar la cúspide de su trayecto con la yema de los dedos.

Vucinic, una vez alcanzó la élite, lo tuvo absolutamente todo para dejar allí ensartada su propia bandera. De carrera esbelta, más ávida que lenta, siempre se caracterizó por su pericia en el manejo del esférico. Una calidad que, de hecho, no pasó desapercibida por el mismísimo Antonio Conte, quien decidió entregarse a sus formas para llevarlo a la Juventus en el año 2011. Esas que, como ha quedado descrito, llevaban al bueno de Mirko a despojarse de los pantalones en cada gol anotado y agitarlos, brazo en alto, por encima de su propia cabeza.

Mirko Vucinic levantó tres títulos de la Serie A, dos Copas de Italia y tres Supercopas nacionales

No es de extrañar, de hecho, que la Juventus de aquella época recibiese con los brazos abiertos un comportamiento tan excéntrico. Quizás, de haber sido en otro momento y no sacudiéndose aún el polvo de la caída a los infiernos, habría resultado chocante el imaginar a un loco zarandeando en calzoncillos la solemnidad que siempre ha acompañado al ilustre traje blanquinegro. Pero llegó, y la conjeturable estrategia de la Juventus pronto dio sus frutos: no solo recuperó visibilidad exterior sino que, a la postre, allanó el ciclo del que hoy presume.

Conte decidió explotar su movilidad ofensiva y Vucinic respondió de la mejor manera posible. No tanto por su faceta goleadora, donde consiguió 25 goles (nada desdeñables) en tres temporadas, sino por lo que ofrecía al colectivo: Si no nos sacrificamos todos, no iremos demasiado lejos. Mi verdadero rol es el de delantero, es cierto. Pero en Roma ya he jugado como extremo. Y, sinceramente, no creo que exista otro extremo que marque tantos goles como yo (10). ¿Que son pocos? Ponedme como punta y hablamos, reconoció a su llegada.

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Vucinic fue uno de los principales responsables de traer de vuelta el sistema de los tres centrales, dos carrileros, tres centrocampistas y una pareja de atacantes, siendo él una de estas dos últimas vacantes, que poco a poco ha ido extrapolando (de nuevo) en toda Europa. Aunque antes, eso sí, hubo tiempo para probar con otras fórmulas: “Con Conte es la primera vez que juego en un sistema 4-2-4. Siempre he jugado con dos o tres puntas, pero ahora es cierto que tendremos una solución más. El fútbol de Conte es muy claro: debes correr mucho, sobre todo hacia arriba. Correr, correr y correr para ayudar al equipo. Caracterizado por un potente disparo, Vucinic, en cambio, siempre quedará para el recuerdo como uno delantero de extrema movilidad, tanto para jugar por fuera como por dentro y potenciar así la llegada en segunda línea de los interiores que tanto destacaron en la Juventus de aquellos tiempos.

Había sido Pantaleo Corvino, en cambio, quien hizo aterrizar a Vucinic en Italia. El actual director deportivo de la Fiorentina, uno de los mejores cazatalentos del Calcio y que por aquel entonces prestaba sus servicios al Lecce, se fijó en un chico de apenas 17 años, procedente del FK Sutjeska de Montenegro, que venía de marcar cuatro goles en diez partidos: “En estas tierras siempre he pescado bien. A Mirko lo descubrí en el Sutijeska cuando no era más que un niño. Tenía 15 años cuando le vi, y había venido a Cerdeña para jugar un torneo alevín. Debo decir que jamás he tenido una red de ojeadores, siempre he creído en mis contactos de confianza. De hecho, fue un amigo mío, Bruno Contu, quien me apuntó cuatro chicos del equipo por los que no pagué más de 400.00 euros de aquel entonces”, reconoció Corvino.

La Roma desembolsó 19 millones de euros en el año 2006 por Vucinic. Cuatro millones más de los que pagó la Juventus por el montenegrino en 2011

Desde entonces y antes de aterrizar en Arabia, Vucinic desarrolló su carrera gracias a otras muchas más cosas que su acierto de cara a puerta. Fue en el Lecce, precisamente, donde alcanzó su mejor registro goleador jugando en Europa (22 tantos en 31 partidos). Una temporada en la que consiguió endosar un hat-trick a la Lazio y que, al poco tiempo, no por casualidad, despertó el interés de la Roma, quien desembolsó en torno a unos 19 millones de euros. Cuatro ‘kilos’ más de los que después pagaría la Juventus por el traspaso de su ficha.

Vucinic, como allá por donde pasa, dejó también huella en la capital. “A diferencia de Roma, en Turín puedes andar tranquilamente por la calle. No había tantas radios como en la capital. En Roma se sentía mucho más la presión. Recuerdo muchas conversaciones con mis compañeros diciendo qué había escuchado de quién cada uno. Era inevitable, incluso, ir escuchando qué decían de nosotros de camino al campo. Los aficionados de la Roma son así: dos partidos buenos para llevarte a las estrellas, pero haces algo mal… y la cosa cambia”.

Luciano Spalletti, uno de sus técnicos en la Roma, decidió situarle en un costado con motivo de no alterar el espacio natural de un tal Francesco Totti como punta. Y la reconversión, en lo que a números se refiere, no le sentó nada mal al de Montenegro: anotó 65 goles en cinco temporadas, a pesar de las diversas lesiones que debió ir esquivando a lo largo de estos años. Y para el recuerdo de esta época quedará su cabezazo en el Santiago Bernabéu, durante la temporada 2007/08, que apeó al Real Madrid en los octavos de final de la Champions League. Aunque entonces, cabe destacar, se conformó con agitar los brazos sin un destape explícito.

A punto estuvo de fichar por el Inter, en un intercambio con Freddy Guarín. Pero la operación no llegó a buen puerto y Conte, ya con Carlos Tévez y Fernando Llorente en el equipo, dejó de contar con sus servicios. Vucinic emigró al Al Jazira de Arabia. Una etapa que concluyó el año pasado, víctima de las lesiones, a sus 34 años recién cumplidos. Un futbolista que, sin levantar mucho ruido, completó 45 partidos como internacional por Montenegro y, a pesar de que la ordinaria retentiva lo encarne desde unos slips blancos, fue, en cambio, uno de los principales culpables de erigir a la Juventus que hoy en día conocemos. Larga vida al soldado de Niksic.

Fuente imagen principal: ANDREJ ISAKOVIC (AFP/Getty Images)

Florencia, treinta segundos muerta

Florencia, treinta segundos muerta

Giancarlo Antognoni está considerado uno de los mejores futbolistas italianos de la historia. Uno de tantos, a decir verdad, a quienes el destino privó de preservar su recuerdo de manera tangible. O al menos, mejor dicho, cuanto hubiesen merecido. Puesto que la de Antognoni rompe por distintas razones con la arquetípica historia de aquellos cuantos el tiempo engulló a su paso. Capitán de la Fiorentina, donde transcurrió gran parte de su trayectoria deportiva, su gran condecoración llegó con Italia, en el Mundial de 1982. Una estampa que sí pudo añadir a un memorial que meses antes transcurrió de golpe ante sus ojos, sobre el césped, cual preludio de una fatalidad que aquella vez, por segundos, regateó la tragedia a las puertas.

A causa de una lesión ante Polonia, en las semifinales, Antognoni debió conformarse con asistir desde la tribuna del Santiago Bernabéu a la final que coronó a Italia en la cúspide del fútbol mundial. El combinado de los Zoff, Scirea, Tardelli, Gentile o Rossi, a decir verdad, presumía del apogeo en el cual, aguerrido, táctico y meticulosamente defensivo, vivía el Calcio. Pues el escenario no parecía el idílico para un estilista como fue en su día Giancarlo Antognoni. De carrera erguida, rápida y acompasada con el trato a la pelota, en un estilo tan vistoso, técnico y efectivo, Giancarlo fue apodado Il Bello gracias a su fútbol, envuelto en una cabellera rubia, de tez fina, erigida a un metro setenta y tantos del suelo.

Pero esta historia, no obstante, se remonta meses antes de la ya mentada cita mundialista. En noviembre de 1981, en el Artemio Franchi de Florencia, la desgracia estuvo al borde de dirimir el rumbo de la historia viola. Y quién sabe, incluso, si del fútbol italiano en su totalidad. La selección italiana, aunque algo lejos quedará todavía la cita organizada en España, tuvo en parte que ver con el sino trágico que por poco sumió la vida del ‘10’ y capitán de la elástica florentina. Lo hizo, de hecho, durante unos treinta segundos. Treinta segundos de parada, de agonía, ante los que el público allí presente, atónito ante lo sucedido, pareció solidarizarse conteniendo también el aire, como si nadie quisiera entorpecer la esperanzadora bocanada que Antognoni, allí tumbado, no alcanzaba a insuflar. Un lapso que corresponde, sin duda, al medio minuto más dramático que hoy todavía aterra recordar en la capital toscana.

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Italia, dirigida por Enzo Bearzot, con quien se acabaría coronando con el cetro mundial, venía de empatar en Turín por uno a uno ante Grecia, certificando así su presencia en el torneo que organizaría España durante el verano. La Fiorentina, sin embargo, dos semanas antes del fin de semana más abajo detallado, llegaba de caer en una de las dos únicas derrotas que sufriría en toda la temporada. Fue ante la Roma, en el estadio Olímpico. Las críticas de la derrota, muchas de ellas por parte de la prensa, recayeron sobre un mismo futbolista, que no era la primera ni la segunda ocasión que veía su nombre, salpicado, en torno a todo tipo de connotaciones negativas. El mismísimo Antognoni, por ello, tras el regreso de la concentración internacional, decidió tomar la revancha por su cuenta. Sin malos gestos. Ni declaraciones. Sino como mejor sabía remediar cualquier ataque desde dentro o fuera del campo, jugando al fútbol.

“Además de aquella derrota en Cagliari que nos costó el Scudetto para la Fiorentina, no haber podido jugar la final del Mundial 1982 fue, sin duda, la desilusión más grande de mi carrera futbolística. Tuve que vivir el encuentro desde la tribuna de prensa del Santiago Bernabéu”.

El Genoa visitó Florencia un 22 de noviembre del 1981. Y la Fiorentina, dirigida desde hacía meses por Picchio De Sisti, quien reemplazó a Paolo Carosi del puesto, disfrutaba cada fin de semana de uno de los futbolistas más elegantes de los que todavía hoy se presume. Aquel día, con sed de revelarse ante sus seguidores, todos los curiosos que decidieron acercarse a Florencia disfrutaron de una elegancia visual que, a buen seguro, todavía hoy gran parte de los allí presentes no harán esfuerzo en recordar. Antognoni brilló por encima de lo que tenía acostumbrados por aquel entonces a propios y extraños. Asistió a Bertoni en el primero y convirtió, por su cuenta, el segundo desde la pena máxima. Hizo absolutamente de todo. Y los que estuvieron, aseguran, que no erró un solo pase. Un guión, de hecho, completamente distinto al que aquel ensimismado bullicio podía si acaso haber llegado imaginar.

De un balón largo, al espacio, entre la espalda de los defensores y el área rival, Antognoni corrió con el objetivo de rematar la faena de una vez por todas. Silvano Martina, portero del cuadro genovés, salió de sus dominios a buscar el esférico. Con todo. Con puños y rodillas por alto, a la vieja usanza, que por algo este relato data de los años ochenta. De los años ochenta en Italia, conviene matizar. Antognoni, pendiente del cuero, consiguió rematar el mismo hacia a un lado, lo justo para sortear la pelota a la salida del portero. Pero lo que no le dio tiempo a retirar del alcance de Martina, de su rodilla, y guantes, fue su propio cuerpo, el cual impactó violentamente contra el cancerbero. Del choque, el mediocentro italiano cayó a plomo, ya noqueado, con todo el peso de su cuerpo contra el verde, fuertemente golpeado por la salida en falso de su contrario, quien le puso con el impacto de espaldas contra el tapete de un Artemio Franchi que reclamó la falta. Y después enmudeció, ahogado en su propio lamento.

A su socorro acudió Carmine Gentile. O a su postura, mejor dicho, pues un visto y no visto duró su estancia al lado del cuerpo tendido de Antognoni. Gentile se llevó las manos a la cabeza, entre lágrimas, como si desesperara por despertar de aquella pesadilla en la que de repente se había visto inmerso. Él y los miles de espectadores que se agolparon aquella tarde en las gradas del paseo Manfredo Fanti de Florencia, alejado de su centro turístico. Claudio Onofri, capitán del cuadro genovés, fue más dramático aun si cabe en la reacción que la de su compañero. Entre sollozos y encubierto corrió hacia su propio banquillo vaticinando (por fortuna, de manera errónea) la noticia más temida por todos los allí presentes quienes, según cuentan, de acuerdo al ensordecedor silencio que calaba hasta el hormigón del estadio, escucharon su lamento: “¡Está muerto, está muerto!”, aspaventaba sin valor con el que torcer el rostro hacia su propia área, donde yacía Antognoni, abandonado a su propia suerte.

“La Fiorentina perdió el Scudetto 1981/1982 en la última jornada, tras empatar ante el Cagliari, en una temporada donde tan solo perdió dos encuentros (Roma y Cesena)”.

A su rescate acudieron médicos y fisioterapeutas de ambos equipos, además del árbitro, del resto de futbolistas y de una nube de fotógrafos que se agolpó al margen de la cal, una vez consiguieron transportar el cuerpo hacia la banda, donde le volvieron a practicar una vez más el masaje cardiorrespiratorio. Sobre el césped, a la llegada de los sanitarios, la situación era temible: sin pulso, ni respiración, Antognoni reposaba bocarriba sin signo aparente de vida. Treinta segundos de suspense, de un silencio sepulcral. Hasta que, por fin, uno de esos golpes sobre el pecho permitió al futbolista reconducir el aire entre sus pulmones. Fue trasladado de inmediato al hospital más cercano, donde permaneció ingresado durante varios días, no sin antes despedirse de aquella manera de su esposa, allí presente, por la fuerte conmoción sufrida. Aunque el susto no había terminado. El TAC reveló que Antognoni sufría diversas fracturas que revestían gravedad, y que por ello no podría volver a jugar en un largo periodo de tiempo. “Si no sucedía ningún imprevisto”, según reveló el doctor Mennon ante los medios.

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Cuatro meses, por ser más concretos. El 21 de marzo de 1982, Antognoni, a quien el Artemio Franchi le recibió a la altura de la ocasión con una pancarta que rezaba en la curva Fiesole “El infierno ya ha terminado, ahora te espera el paraíso”, volvió a hacer rodar la pelota, brazalete incluido, ante el Cesena, en la recta final de aquel mismo curso. Curiosamente, el otro equipo que, junto a la Roma, había sido el único capaz de batir a aquella Fiorentina, por dos goles a uno en la Emilia-Romagna, en un encuentro donde el propio Antognoni, para más inri, había realizado el único tanto viola. En su reaparición, sin embargo, el resultado acabó en victoria toscana, y esta vez con asistencia corriendo de su cuenta. Marcaría a pocas semanas del final, en Nápoles, para dar la victoria a los suyos en San Paolo con solo cuatro jornadas por delante. Pero el destino, una vez más, se la tendría jurada a Antognoni y los suyos. En la última semana del campeonato, empatados a puntos con la Juventus, la Fiorentina tropezó en su viaje a Cagliari. Y los bianconeri no fallaron ante el Catanzaro, coronándose así campeones del título.

Durante su obligada ausencia, De Sisti otorgó protagonismo a Luciano Miani, más bregador en sus funciones, lo que dio la brújula colectiva al otro fantasista de la plantilla, Eraldo Pecci. Nunca nadie, por desgracia, sabrá qué habría podido ser de esta Fiorentina si hubiese podido disponer de su capitán y emblema durante el cómputo global de la temporada. Aunque al menos, en Florencia, donde no se gana un Scudetto desde la 1968/69 (solo atesora dos, ese y el de 1955/56), se consuelan con haber visto a su rubio trazar el regate más difícil visto hasta el momento. El miedo, por poco tiempo, se llevó de lo terrenal al que para muchos será siempre el mejor futbolista que jamás ha vestido para la Fiorentina (durante 15 años consecutivos). Bandera de la entidad al ser de los pocos, a lo largo de la historia, que prefirieron mantenerse fieles a una ciudad, a cualquier precio, y también títulos, rechazando incluso en numerosas ocasiones a la Vecchia Signora, rival y archienemigo por excelencia. Porque a veces, y más en estos tiempos que corren, conviene recordar que no siempre existe montonera de ceros capaz de revocar el sentimiento más puro.

Fuente imagen principal: La Nazione.

Massimo Ferrero, una vida de película

Massimo Ferrero, una vida de película

El señor Ferrero molesta a mucha gente porque es transparente, marcha sin ningún tipo de protección y no está todos los días sentado rascándose las pelotas. De esa forma tan peculiar, hace no mucho tiempo, hablaba de sí mismo en tercera persona el presidente más extravagante del Calcio actual. Asegura ser de izquierdas, revolucionario en su juventud, que llegó incluso a pasar seis meses en un centro reformatorio, con una vida muy ligada al cine y “giallorosso (Roma) de cabeza, pero blucerchiato (Sampdoria) de corazón”. Massimo Ferrero, en menos tiempo que el resto, ya pertenece al salón de la fama de la incongruente presidencia italiana, donde nombres como Silvio Berlusconi, Aurelio De Laurentiis o Maurizio Zamparini cuentan con su propia estrella.

Nacido en 1951, en el barrio romano del Testaccio, desde muy joven inició su aventura cinematográfica. A los siete realizó su primera aparición. Y no muy aplicado en lo que a estudios se refiere, con los dieciocho años recién cumplidos comenzó su dedicación a la producción de la gran pantalla. A los veintitrés, ya como Director de Producción, dirigió su primera película A mezzanotte va la ronda del piacere (juzguen ustedes mismos con este extracto). Una afición que, junto al fútbol (mucho más tarde), ha mantenido distraído al único descendiente de un humilde matrimonio romano que persistió en la capital gracias a los salarios de un conductor de autobuses y una mercadora ambulante.

[pullquote]Ferrero ha participado en más de medio centenal de películas: en 8 de ellas fue actor; en 13, director de producción[/pullquote]

Su vocación se atribuye a la abuela paterna, quien fue actriz del Teatro Ambra Jovinelli de la propia Roma. En 1994 se convertiría en productor cinematográfico independiente. Y solo unos meses después llegaría su primer gran trabajo como cineasta. Viajó hasta el Caribe y en colaboración con el mismísimo Fidel Castro, proyectaron lo que más tarde sería conocido como el ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos). Un momento y un país muy presentes en la vida de un hombre, que sin ningún tipo de tapujos, igual que asegura seguir a la Roma de siempre, reconocería haber votado a Massimo D’Alema, antiguo dirigente del Partido Comunista Italiano.

Casado en un primer momento con la heredera de una importante quesería del país, el matrimonio dedicó sus primeros años a exportar productos a los Estados Unidos. Y con las ganancias, produjo su primera gran obra: Testimoni d’Amore. Una producción que ni siquiera sirvió como sobremesa de los fines de semana, y jamás llegó a recuperar la inversión hecha ni aparecer del todo proyectada. Una etapa de bonanza económica, en cuanto a quesos se refiere, de la cual hoy solo queda el recuerdo, la hija que tuvieron en común y una serie de denuncias que la expareja a menudo intercambia fruto de su separación (en 2016, incluso, fue investigado por no respetar la manutención de unos de sus varios matrimonios que han reportado hasta 6 hijos).

Años después, concretamente en 2006, Ferrero se hizo con los derechos de una película de origen alemana titulada ‘Bye, bye, Berlusconi!’ (tampoco pierdan detalle), que relata las consecuencias que podría desencadenar en Italia un secuestro de ‘Il Cavaliere’. La película, se sospecha, no cayó en gracia del propio Silvio, ya por aquel entonces Presidente del Consejo de Ministros de la República, y jamás encontró de recursos ni pantallas donde ser distribuida. Al parecer, ni para que las parejas se metiesen mano.

Incansable en su vocacional e impulsivo espíritu empresarial, solo dos años después, el bueno de Ferrero encontró la clave de su carrera profesional. A raíz de la quiebra de la cinematográfica cadena Finmavi dirigida por Cecchi Gori -expresidente de la Fiorentina, condenado a siete años de prisión debido a una serie de episodios fraudulentos-, a cambio de cincuenta y nueve millones de euros e innumerables prórrogas judiciales, se convirtió en el único dueño del circuito que incluía sesenta salas y el histórico Teatro Adriano de Roma (donde en su día tocaron los Beatles). De esta forma, en el año 2008, cobró vida el conocido como ‘Ferrero Cinemas Group’. Una marca que cuenta con su complejo principal valorado en 40 millones, y que tampoco ha tardado en estar bajo la lupa de la justicia italiana. Algo no encaja, pensaron muchos.

Massimo Ferrero: “Me considero ‘giallorosso’ (aficionado de la Roma) de cabeza y ‘blucerchiato’ (Sampdoria) de corazón”

Aún inconforme con sus logros empresariales, Ferrero decidió mirar al cielo, y en un ataque de ambición quiso invertir en los aviones. En el 2009, se hizo con la totalidad de ‘Livingston Energy Flight’, una compañía aérea dedicada a los vuelos chárter. Sin embargo, solo unos meses después, la ENAC (Entidad Nacional de Aviación Civil) suspendió a la empresa la totalidad de licencias para volar. Algo que, consecuentemente, ya en el 2010, propiciaría la quiebra total de la compañía. Pero no todo acabaría aquí, ni mucho menos. Pues acusado de protagonizar una bancarrota algo sospechosa -algo parecido a lo de Cecchio Gori con sus cines-, Ferrero fue condenado a un año y diez meses de prisión. Condena que, por el momento, ha esquivado de llegar al ingreso a cambio de una fianza de 850.000 euros y diversos trabajos sociales.

[pullquote]En 2014 se hizo dueño de la Sampdoria, gratis, pero con la obligación de hacer frente a la deuda (15 millones de euros)[/pullquote]

Dolido tras su fracaso en el mundo aéreo, encontró en la venta de la Sampdoria su oportunidad para resarcirse empresarialmente. Obteniendo la presidencia del club genovés de manera gratuita, con la obligación, eso sí, de hacerse cargo de la deuda administrativa -tasada en quince millones de euros-, y no sin antes haber intentado con menos éxito la adquisición de la Roma, el Lecce y la Salernitana; el 12 de junio de 2014 Edoardo Garrone anunció a su nuevo sustituto, en una comparecencia ante la prensa en la que se comenzó hablando del club y se terminó recordando los logros (o los hechos, mejor dicho) cinematográficos del nuevo adquisidor.

Víctima de su estilo guasón, sus incendiarias declaraciones y sus continuos saltos protocolarios, entre palcos, zonas de prensa y el propio césped, donde una vez llegó a adueñarse de una cámara televisiva para filmar el calentamiento previo ante el Torino, difieren, de acuerdo a quienes más de cerca lo conocen, con el espíritu que muestra en las trastiendas del Séptimo Arte; donde, no obstante, es popularmente conocido como la ‘Viperetta’ (tras defender, según se cuenta, a la actriz Monica Vitti de un agresor. Algo así, traducido, como el clásico dicho ‘pequeñito pero matón’. Aunque su propia versión, contada en su autobiografía Una vita al massimo, ed è il minimo che posso dirvi, relata que su origen tiene a un diseñador, el trabajo y unos azotes como premio de elementos protagonistas. Aunque esa es otra historia).

Hace pocos meses, en septiembre del año pasado para ser más exactos, la Procura de Roma le embargó alguna de sus cuentas, tras ser acusado de no pagar el IVA y el IRES en sus empresas, conocido como el impuesto de sociedades en Italia, en costes que alcanzaban los 200.000 y 1.176.000 euros de manera respectiva. Año en el que, además, compaginó unas investigaciones por violar sus obligaciones de atención familiar con el nacimiento de su sexto hijo, bautizado en el mismísimo Vaticano. Un hecho extravagante, cuanto menos, como todos aquellos que acompañan la vida del mandatario futbolístico, si uno atiende a que Ferrero va camino de cumplir los 66 años. O esa otra, aunque esta en 2015, cuando ordenó a Joma, la marca que viste desde hace tiempo a la entidad blucerchiata, de confeccionar las camisetas del primer equipo con un chip que reprodujese a los propios futbolistas cantando el himno de la entidad. La propuesta, indecente, más allá del aspecto económico, pues ninguna competición profesional permite vestir con este tipo de prendas, conformó al presidente con una tirada de tan solo 350 réplicas. Todo tal y como suena, nunca mejor dicho.

Conocido por sus insólitos espectáculos presidenciales, pronto consiguió ganarse el cariño de una afición que, en su figura, encontró el contraste más evidente a la Familia Garrone (antiguos propietarios de la Sampdoria).  Por el momento, en cerca de tres años en el cargo, donde una de sus hijas es dueña del 80% de las acciones, uno de sus nietos del 19% y el 1% todavía corresponde a los Garrone, su legislatura ya ha protagonizado diversas polémicas celebraciones, diversos golpes de mercato (como cuando le dio por fichar a Samuel Eto’o) y una inhabilitación -que tampoco ha cumplido- por dirigirse de manera despectiva en televisión al presidente indonesio del Inter de Milán (Erik Thohir); y que más tarde protestaría escenificando con una mordaza al realizar una entrevista.

[pullquote]Tiene 6 hijos, el último de ellos nació en el año 2016; Ferrero cumplirá 66 años en el próximo mes de agosto[/pullquote]

Un hombre de cine, que cuenta con 8 intervenciones como actor, 13 direcciones de producción, 20 producciones empresariales y 5 distribuciones. Y a lo que hay que añadir hasta 18 producciones ejecutivas de la gran pantalla. Siempre acostumbrado a protagonizar el papel principal de los palcos cada jornada allá donde juegue la Sampdoria, desde hace tiempo prepara con empeño su reparto más deseado: los puestos europeos. Prepárense si algún día llega. Aunque mientras tanto, dado que el próximo año tampoco será cuando el club genovés dispute alguna de las competiciones europeas, mejor es que se pongan cómodos. El espectáculo, bien lo sabe Ferrero, debe continuar.

Fuente imagen principal: Getty Images.

Massimo Ferrero gesticula durante un partido entre la Sampdoria y la Lazio.

Luciano Re Cecconi, el ángel de la Lazio

Luciano Re Cecconi, el ángel de la Lazio

Los años setenta siempre serán recordados como la década de las cabelleras pobladas y las patillas anchas. Los años de los pantalones acampanados y la buena música. Una década repleta de contrastes. De nacimientos, defunciones, acontecimientos y rupturas que marcarían un antes y un después en la historia del siglo XX. Gran parte del continente europeo vivía en continuas pretensiones políticas y sociales. Muchas de ellas, como respuesta a las recientes revoluciones universitarias de finales de los sesenta. Las cuales acabaron dejando espacio a una crisis cada vez más en auge: el terrorismo.

Mientras que en el Reino Unido, The Beatles producirían Let it Be como uno de los álbumes con mayor prestigio en la historia musical, en los Estados Unidos, la eléctrica ‘Freder Stratocaster’ de Jimmi Hendrix y el Jailhouse Rock de Elvis Presley se verían apagados para siempre. En Suecia, cuatro jóvenes compondrían ABBA, uno de los fenómenos musicales de mayor éxito en todo el mundo. A la vez que en Australia, AC/DC trasladaría a todos sus seguidores al infierno con Highway To Hell. Pero no todos los cambios iban a llegar en el terreno musical. En España, el atentado contra Luis Carrero Blanco, sucesor de Francisco Franco, y el posterior fallecimiento del mismo, introducirían al país en una época de caos, suspense y cambios sociales. En Múnich, un comando terrorista palestino, conocido como ‘Septiembre Negro’, acabaría con la vida de nueve atletas israelís durante los Juegos Olímpicos celebrados en el país alemán. Mientras que en Italia, el secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro -Presidente de la Democracia Cristiana- a manos de las Brigate Rosse (Brigadas Rojas), pondría freno a un acuerdo histórico entre cristianos y comunistas.

Pero estas tan solo serían algunas de las muchas mechas que se fueron prendiendo a lo largo del viejo continente europeo, como consecuencia de unas irrefrenables revoluciones sociales. Y es que, las explosiones, los disparos, la quema de mobiliario urbano, las manifestaciones, los secuestros y atracos estaban a la orden del día en Italia. Numerosos grupos terroristas alejados de la vida política fueron tomando la revolución por su cuenta. Al igual que el IRA en Irlanda o ETA en España, el país también iba a ser víctima del continuo azote de movimientos terroristas como los de las ‘Brigadas Rojas’ o ‘Primera Línea’. La situación de inseguridad e incertidumbre que vivía el país era tan evidente que las consecuencias también llegaron al mundo del Calcio. Prácticamente todos los jugadores de la Lazio de los setenta poseían licencia de armas de fuego, y al finalizar los entrenamientos utilizaban el campo como sala de tiro. Dos pasiones: el balón y las balas, que llegaron a compaginar diariamente.

Todos menos uno iban siempre acompañados de su revólver. Indiscutible para Tomasso Maestrelli, tanto dentro -por su fútbol- como fuera del campo -por su carácter apaciguador-, desde su estancia en la capital, Luciano Re Cecconi sería más conocido como L’Angelo Biondo (El Ángel Rubio). Pues fue en esta misma década de los setenta, con la ‘Lazio de las pistolas’ en su máximo esplendor, cuando el equipo consiguió su primer Scudetto de la historia. Corría el año 1974. Con un equipo repleto de futbolistas italianos, que conquistaría el título con una victoria clave, en la penúltima jornada del campeonato, frente al Foggia. Jugando en casa, en el Olímpico de Roma, en un récord todavía vigente de espectadores en un partido de liga. El rival, curiosamente, sería el mismo equipo que solo unos años antes había sacado a la luz a nuestro desarmado protagonista.

Luciano Re Cecconi nació a finales de 1948 en Nerviano, una localidad a las afueras de Milán. Hijo de un modesto albañil de la región, no fue hasta 1967 cuando Re Cecconi recaló en el fútbol profesional. Lo hizo en el Pro Patria, equipo con el que consiguió debutar en la Serie C italiana. Pero solo un año después, abriría una nueva etapa aterrizando en las filas del ya mencionado Foggia. Por aquel entonces el club lo dirigía Tommaso Maestrelli, y con Re Cecconi ya situado en la posición de regista (en el centro del campo) y, pese a lidiar con los descensos a Serie B, sus inesperados avances en la Coppa Italia, situaron al conjunto como unas de las revelaciones del Calcio en aquella época.

Meses después y por petición expresa del propio Maestrelli, el centrocampista italiano llegaría a las filas del conjunto laziale, donde se convirtió en pieza fundamental del histórico título liguero alzado en la temporada 1973/74. Una excelsa temporada a nivel individual lo llevaron a ser convocado para el Mundial de 1974, junto a otros dos futbolistas de la Lazio: Giuseppe Wilson y Giorgio Chinaglia (este último, finalizando la temporada como capocannoniere del torneo regular). Un título que, sin embargo, no permitió a la Lazio jugar la máxima competición europea la siguiente temporada, como consecuencia de una sanción impuesta por la propia UEFA debido a unos violentos enfrentamientos protagonizados por aficionados del conjunto laziale y del Ipswich Town inglés.

Pero volviendo al contexto de la violencia que las calles del país italiano respiraban día y noche durante la década de los setenta, Luciano Re Cecconi -el único futbolista de aquella ‘Lazio de las pistolas’ sin licencia para portar armas de fuego- iba a ser víctima de su propio sentido del humor. Era la noche del 18 de enero de 1977, cuando L’Angelo Biondo, convencido por Pietro Ghedin -también futbolista de la Lazio- y un amigo de ambos, decidieron hacer una visita a la joyería de otro viejo conocido por nuestro protagonista; Bruno Tabbochini.

Según versiones oficiales de los hechos, Re Cecconi irrumpió en el establecimiento ocultando sus cabellos rubios con la solapa del abrigo, al grito de “¡Manos arriba, esto es un atraco!”. Dichas palabras, causaron el estupor suficiente para que el joyero, quien más tarde reconocería haber sido víctima de otro reciente atraco -este sí verídico-, abriese fuego sin previo aviso contra el pecho del entonces futbolista de la Lazio. Una broma, una simple broma, fueron las últimas palabras de un Luciano que, media hora después y a sus 28 años de edad, dejaría huérfanos a un varón de dos años y a su hermana, que aún gestaba en el vientre de su enviudada madre.

Víctima de su propio juego, o de la continua inseguridad social que desolaba el país, aún a día de hoy la muerte de Luciano Re Cecconi sigue siendo una incógnita para el fútbol italiano. Pietro Ghedin (actualmente seleccionador de Malta) se negó a hablar públicamente acerca del tema; Bruno Tabbochini acabó puesto en libertad; la cinta de seguridad jamás fue publicada; e incluso Stefano Re Cecconi ha llegado a escribir un libro en defensa de su padre, a quien todo el mundo consideraba muy lejano de la actitud de un bromista irresponsable. Los Anni di Piombo (‘Los Años del Plomo’) supusieron cerca de 13.000 atentados, que se acabaron cobrando una cifra superior a las 300 víctimas, entre magistrados, policías, políticos, ciudadanos anónimos y entre los que hay que incluir a uno de los mejores centrocampistas italianos del último siglo. Quizás, uno de los mayores talentos de los que jamás haya gozado la capital del Calcio. Una cabellera rubia capaz de domar el esférico, de atravesar todo tipo de líneas y de conducir a la Lazio al que fuese su primer Scudetto. Una vez más, entre la comedia y la tragedia, Italia volvió a escribir su historia.

Fuente imagen principal: Agencias.