Soldados de Mirko

Soldados de Mirko

La historia del fútbol podría ser narrada por sus celebraciones. El deporte rey, desde el principio de los tiempos, ha ido coleccionando festejos de todas las formas y colores. Apasionados, desmedidos, acrobáticos o sentimentales. Muchas de ellas, semana tras semana, dan la vuelta al mundo por los actores que las componen. Aunque al margen de todas ellas, una preserva su lugar indeleble al paso de los años. Aquella en la que Vucinic, cada vez que introducía el balón en la portería, corría extasiado con los pantalones fuera de su sitio.

Mirko Vucinic pudo ser todo aquello que no fue. El caso del futbolista yugoslavo (1983, Niksic), de pasaporte y selección montenegrina, se corresponde con uno de esos tantos episodios donde calidad y constancia se soltaron muy pronto de la mano. Embajador de aquello que hoy en día conocemos como el delantero moderno, Vucinic puede presumir de ser uno de los mejores jugadores de los que presumió el Calcio. A pesar de su técnica y currículo, debió conformarse, sin embargo, con degustar la cúspide de su trayecto con la yema de los dedos.

Vucinic, una vez alcanzó la élite, lo tuvo absolutamente todo para dejar allí ensartada su propia bandera. De carrera esbelta, más ávida que lenta, siempre se caracterizó por su pericia en el manejo del esférico. Una calidad que, de hecho, no pasó desapercibida por el mismísimo Antonio Conte, quien decidió entregarse a sus formas para llevarlo a la Juventus en el año 2011. Esas que, como ha quedado descrito, llevaban al bueno de Mirko a despojarse de los pantalones en cada gol anotado y agitarlos, brazo en alto, por encima de su propia cabeza.

Mirko Vucinic levantó tres títulos de la Serie A, dos Copas de Italia y tres Supercopas nacionales

No es de extrañar, de hecho, que la Juventus de aquella época recibiese con los brazos abiertos un comportamiento tan excéntrico. Quizás, de haber sido en otro momento y no sacudiéndose aún el polvo de la caída a los infiernos, habría resultado chocante el imaginar a un loco zarandeando en calzoncillos la solemnidad que siempre ha acompañado al ilustre traje blanquinegro. Pero llegó, y la conjeturable estrategia de la Juventus pronto dio sus frutos: no solo recuperó visibilidad exterior sino que, a la postre, allanó el ciclo del que hoy presume.

Conte decidió explotar su movilidad ofensiva y Vucinic respondió de la mejor manera posible. No tanto por su faceta goleadora, donde consiguió 25 goles (nada desdeñables) en tres temporadas, sino por lo que ofrecía al colectivo: Si no nos sacrificamos todos, no iremos demasiado lejos. Mi verdadero rol es el de delantero, es cierto. Pero en Roma ya he jugado como extremo. Y, sinceramente, no creo que exista otro extremo que marque tantos goles como yo (10). ¿Que son pocos? Ponedme como punta y hablamos, reconoció a su llegada.

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Vucinic fue uno de los principales responsables de traer de vuelta el sistema de los tres centrales, dos carrileros, tres centrocampistas y una pareja de atacantes, siendo él una de estas dos últimas vacantes, que poco a poco ha ido extrapolando (de nuevo) en toda Europa. Aunque antes, eso sí, hubo tiempo para probar con otras fórmulas: “Con Conte es la primera vez que juego en un sistema 4-2-4. Siempre he jugado con dos o tres puntas, pero ahora es cierto que tendremos una solución más. El fútbol de Conte es muy claro: debes correr mucho, sobre todo hacia arriba. Correr, correr y correr para ayudar al equipo. Caracterizado por un potente disparo, Vucinic, en cambio, siempre quedará para el recuerdo como uno delantero de extrema movilidad, tanto para jugar por fuera como por dentro y potenciar así la llegada en segunda línea de los interiores que tanto destacaron en la Juventus de aquellos tiempos.

Había sido Pantaleo Corvino, en cambio, quien hizo aterrizar a Vucinic en Italia. El actual director deportivo de la Fiorentina, uno de los mejores cazatalentos del Calcio y que por aquel entonces prestaba sus servicios al Lecce, se fijó en un chico de apenas 17 años, procedente del FK Sutjeska de Montenegro, que venía de marcar cuatro goles en diez partidos: “En estas tierras siempre he pescado bien. A Mirko lo descubrí en el Sutijeska cuando no era más que un niño. Tenía 15 años cuando le vi, y había venido a Cerdeña para jugar un torneo alevín. Debo decir que jamás he tenido una red de ojeadores, siempre he creído en mis contactos de confianza. De hecho, fue un amigo mío, Bruno Contu, quien me apuntó cuatro chicos del equipo por los que no pagué más de 400.00 euros de aquel entonces”, reconoció Corvino.

La Roma desembolsó 19 millones de euros en el año 2006 por Vucinic. Cuatro millones más de los que pagó la Juventus por el montenegrino en 2011

Desde entonces y antes de aterrizar en Arabia, Vucinic desarrolló su carrera gracias a otras muchas más cosas que su acierto de cara a puerta. Fue en el Lecce, precisamente, donde alcanzó su mejor registro goleador jugando en Europa (22 tantos en 31 partidos). Una temporada en la que consiguió endosar un hat-trick a la Lazio y que, al poco tiempo, no por casualidad, despertó el interés de la Roma, quien desembolsó en torno a unos 19 millones de euros. Cuatro ‘kilos’ más de los que después pagaría la Juventus por el traspaso de su ficha.

Vucinic, como allá por donde pasa, dejó también huella en la capital. “A diferencia de Roma, en Turín puedes andar tranquilamente por la calle. No había tantas radios como en la capital. En Roma se sentía mucho más la presión. Recuerdo muchas conversaciones con mis compañeros diciendo qué había escuchado de quién cada uno. Era inevitable, incluso, ir escuchando qué decían de nosotros de camino al campo. Los aficionados de la Roma son así: dos partidos buenos para llevarte a las estrellas, pero haces algo mal… y la cosa cambia”.

Luciano Spalletti, uno de sus técnicos en la Roma, decidió situarle en un costado con motivo de no alterar el espacio natural de un tal Francesco Totti como punta. Y la reconversión, en lo que a números se refiere, no le sentó nada mal al de Montenegro: anotó 65 goles en cinco temporadas, a pesar de las diversas lesiones que debió ir esquivando a lo largo de estos años. Y para el recuerdo de esta época quedará su cabezazo en el Santiago Bernabéu, durante la temporada 2007/08, que apeó al Real Madrid en los octavos de final de la Champions League. Aunque entonces, cabe destacar, se conformó con agitar los brazos sin un destape explícito.

A punto estuvo de fichar por el Inter, en un intercambio con Freddy Guarín. Pero la operación no llegó a buen puerto y Conte, ya con Carlos Tévez y Fernando Llorente en el equipo, dejó de contar con sus servicios. Vucinic emigró al Al Jazira de Arabia. Una etapa que concluyó el año pasado, víctima de las lesiones, a sus 34 años recién cumplidos. Un futbolista que, sin levantar mucho ruido, completó 45 partidos como internacional por Montenegro y, a pesar de que la ordinaria retentiva lo encarne desde unos slips blancos, fue, en cambio, uno de los principales culpables de erigir a la Juventus que hoy en día conocemos. Larga vida al soldado de Niksic.

Fuente imagen principal: ANDREJ ISAKOVIC (AFP/Getty Images)

Florencia, treinta segundos muerta

Florencia, treinta segundos muerta

Giancarlo Antognoni está considerado uno de los mejores futbolistas italianos de la historia. Uno de tantos, a decir verdad, a quienes el destino privó de preservar su recuerdo de manera tangible. O al menos, mejor dicho, cuanto hubiesen merecido. Puesto que la de Antognoni rompe por distintas razones con la arquetípica historia de aquellos cuantos el tiempo engulló a su paso. Capitán de la Fiorentina, donde transcurrió gran parte de su trayectoria deportiva, su gran condecoración llegó con Italia, en el Mundial de 1982. Una estampa que sí pudo añadir a un memorial que meses antes transcurrió de golpe ante sus ojos, sobre el césped, cual preludio de una fatalidad que aquella vez, por segundos, regateó la tragedia a las puertas.

A causa de una lesión ante Polonia, en las semifinales, Antognoni debió conformarse con asistir desde la tribuna del Santiago Bernabéu a la final que coronó a Italia en la cúspide del fútbol mundial. El combinado de los Zoff, Scirea, Tardelli, Gentile o Rossi, a decir verdad, presumía del apogeo en el cual, aguerrido, táctico y meticulosamente defensivo, vivía el Calcio. Pues el escenario no parecía el idílico para un estilista como fue en su día Giancarlo Antognoni. De carrera erguida, rápida y acompasada con el trato a la pelota, en un estilo tan vistoso, técnico y efectivo, Giancarlo fue apodado Il Bello gracias a su fútbol, envuelto en una cabellera rubia, de tez fina, erigida a un metro setenta y tantos del suelo.

Pero esta historia, no obstante, se remonta meses antes de la ya mentada cita mundialista. En noviembre de 1981, en el Artemio Franchi de Florencia, la desgracia estuvo al borde de dirimir el rumbo de la historia viola. Y quién sabe, incluso, si del fútbol italiano en su totalidad. La selección italiana, aunque algo lejos quedará todavía la cita organizada en España, tuvo en parte que ver con el sino trágico que por poco sumió la vida del ‘10’ y capitán de la elástica florentina. Lo hizo, de hecho, durante unos treinta segundos. Treinta segundos de parada, de agonía, ante los que el público allí presente, atónito ante lo sucedido, pareció solidarizarse conteniendo también el aire, como si nadie quisiera entorpecer la esperanzadora bocanada que Antognoni, allí tumbado, no alcanzaba a insuflar. Un lapso que corresponde, sin duda, al medio minuto más dramático que hoy todavía aterra recordar en la capital toscana.

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Italia, dirigida por Enzo Bearzot, con quien se acabaría coronando con el cetro mundial, venía de empatar en Turín por uno a uno ante Grecia, certificando así su presencia en el torneo que organizaría España durante el verano. La Fiorentina, sin embargo, dos semanas antes del fin de semana más abajo detallado, llegaba de caer en una de las dos únicas derrotas que sufriría en toda la temporada. Fue ante la Roma, en el estadio Olímpico. Las críticas de la derrota, muchas de ellas por parte de la prensa, recayeron sobre un mismo futbolista, que no era la primera ni la segunda ocasión que veía su nombre, salpicado, en torno a todo tipo de connotaciones negativas. El mismísimo Antognoni, por ello, tras el regreso de la concentración internacional, decidió tomar la revancha por su cuenta. Sin malos gestos. Ni declaraciones. Sino como mejor sabía remediar cualquier ataque desde dentro o fuera del campo, jugando al fútbol.

“Además de aquella derrota en Cagliari que nos costó el Scudetto para la Fiorentina, no haber podido jugar la final del Mundial 1982 fue, sin duda, la desilusión más grande de mi carrera futbolística. Tuve que vivir el encuentro desde la tribuna de prensa del Santiago Bernabéu”.

El Genoa visitó Florencia un 22 de noviembre del 1981. Y la Fiorentina, dirigida desde hacía meses por Picchio De Sisti, quien reemplazó a Paolo Carosi del puesto, disfrutaba cada fin de semana de uno de los futbolistas más elegantes de los que todavía hoy se presume. Aquel día, con sed de revelarse ante sus seguidores, todos los curiosos que decidieron acercarse a Florencia disfrutaron de una elegancia visual que, a buen seguro, todavía hoy gran parte de los allí presentes no harán esfuerzo en recordar. Antognoni brilló por encima de lo que tenía acostumbrados por aquel entonces a propios y extraños. Asistió a Bertoni en el primero y convirtió, por su cuenta, el segundo desde la pena máxima. Hizo absolutamente de todo. Y los que estuvieron, aseguran, que no erró un solo pase. Un guión, de hecho, completamente distinto al que aquel ensimismado bullicio podía si acaso haber llegado imaginar.

De un balón largo, al espacio, entre la espalda de los defensores y el área rival, Antognoni corrió con el objetivo de rematar la faena de una vez por todas. Silvano Martina, portero del cuadro genovés, salió de sus dominios a buscar el esférico. Con todo. Con puños y rodillas por alto, a la vieja usanza, que por algo este relato data de los años ochenta. De los años ochenta en Italia, conviene matizar. Antognoni, pendiente del cuero, consiguió rematar el mismo hacia a un lado, lo justo para sortear la pelota a la salida del portero. Pero lo que no le dio tiempo a retirar del alcance de Martina, de su rodilla, y guantes, fue su propio cuerpo, el cual impactó violentamente contra el cancerbero. Del choque, el mediocentro italiano cayó a plomo, ya noqueado, con todo el peso de su cuerpo contra el verde, fuertemente golpeado por la salida en falso de su contrario, quien le puso con el impacto de espaldas contra el tapete de un Artemio Franchi que reclamó la falta. Y después enmudeció, ahogado en su propio lamento.

A su socorro acudió Carmine Gentile. O a su postura, mejor dicho, pues un visto y no visto duró su estancia al lado del cuerpo tendido de Antognoni. Gentile se llevó las manos a la cabeza, entre lágrimas, como si desesperara por despertar de aquella pesadilla en la que de repente se había visto inmerso. Él y los miles de espectadores que se agolparon aquella tarde en las gradas del paseo Manfredo Fanti de Florencia, alejado de su centro turístico. Claudio Onofri, capitán del cuadro genovés, fue más dramático aun si cabe en la reacción que la de su compañero. Entre sollozos y encubierto corrió hacia su propio banquillo vaticinando (por fortuna, de manera errónea) la noticia más temida por todos los allí presentes quienes, según cuentan, de acuerdo al ensordecedor silencio que calaba hasta el hormigón del estadio, escucharon su lamento: “¡Está muerto, está muerto!”, aspaventaba sin valor con el que torcer el rostro hacia su propia área, donde yacía Antognoni, abandonado a su propia suerte.

“La Fiorentina perdió el Scudetto 1981/1982 en la última jornada, tras empatar ante el Cagliari, en una temporada donde tan solo perdió dos encuentros (Roma y Cesena)”.

A su rescate acudieron médicos y fisioterapeutas de ambos equipos, además del árbitro, del resto de futbolistas y de una nube de fotógrafos que se agolpó al margen de la cal, una vez consiguieron transportar el cuerpo hacia la banda, donde le volvieron a practicar una vez más el masaje cardiorrespiratorio. Sobre el césped, a la llegada de los sanitarios, la situación era temible: sin pulso, ni respiración, Antognoni reposaba bocarriba sin signo aparente de vida. Treinta segundos de suspense, de un silencio sepulcral. Hasta que, por fin, uno de esos golpes sobre el pecho permitió al futbolista reconducir el aire entre sus pulmones. Fue trasladado de inmediato al hospital más cercano, donde permaneció ingresado durante varios días, no sin antes despedirse de aquella manera de su esposa, allí presente, por la fuerte conmoción sufrida. Aunque el susto no había terminado. El TAC reveló que Antognoni sufría diversas fracturas que revestían gravedad, y que por ello no podría volver a jugar en un largo periodo de tiempo. “Si no sucedía ningún imprevisto”, según reveló el doctor Mennon ante los medios.

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Cuatro meses, por ser más concretos. El 21 de marzo de 1982, Antognoni, a quien el Artemio Franchi le recibió a la altura de la ocasión con una pancarta que rezaba en la curva Fiesole “El infierno ya ha terminado, ahora te espera el paraíso”, volvió a hacer rodar la pelota, brazalete incluido, ante el Cesena, en la recta final de aquel mismo curso. Curiosamente, el otro equipo que, junto a la Roma, había sido el único capaz de batir a aquella Fiorentina, por dos goles a uno en la Emilia-Romagna, en un encuentro donde el propio Antognoni, para más inri, había realizado el único tanto viola. En su reaparición, sin embargo, el resultado acabó en victoria toscana, y esta vez con asistencia corriendo de su cuenta. Marcaría a pocas semanas del final, en Nápoles, para dar la victoria a los suyos en San Paolo con solo cuatro jornadas por delante. Pero el destino, una vez más, se la tendría jurada a Antognoni y los suyos. En la última semana del campeonato, empatados a puntos con la Juventus, la Fiorentina tropezó en su viaje a Cagliari. Y los bianconeri no fallaron ante el Catanzaro, coronándose así campeones del título.

Durante su obligada ausencia, De Sisti otorgó protagonismo a Luciano Miani, más bregador en sus funciones, lo que dio la brújula colectiva al otro fantasista de la plantilla, Eraldo Pecci. Nunca nadie, por desgracia, sabrá qué habría podido ser de esta Fiorentina si hubiese podido disponer de su capitán y emblema durante el cómputo global de la temporada. Aunque al menos, en Florencia, donde no se gana un Scudetto desde la 1968/69 (solo atesora dos, ese y el de 1955/56), se consuelan con haber visto a su rubio trazar el regate más difícil visto hasta el momento. El miedo, por poco tiempo, se llevó de lo terrenal al que para muchos será siempre el mejor futbolista que jamás ha vestido para la Fiorentina (durante 15 años consecutivos). Bandera de la entidad al ser de los pocos, a lo largo de la historia, que prefirieron mantenerse fieles a una ciudad, a cualquier precio, y también títulos, rechazando incluso en numerosas ocasiones a la Vecchia Signora, rival y archienemigo por excelencia. Porque a veces, y más en estos tiempos que corren, conviene recordar que no siempre existe montonera de ceros capaz de revocar el sentimiento más puro.

Fuente imagen principal: La Nazione.

Massimo Ferrero, una vida de película

Massimo Ferrero, una vida de película

El señor Ferrero molesta a mucha gente porque es transparente, marcha sin ningún tipo de protección y no está todos los días sentado rascándose las pelotas. De esa forma tan peculiar, hace no mucho tiempo, hablaba de sí mismo en tercera persona el presidente más extravagante del Calcio actual. Asegura ser de izquierdas, revolucionario en su juventud, que llegó incluso a pasar seis meses en un centro reformatorio, con una vida muy ligada al cine y “giallorosso (Roma) de cabeza, pero blucerchiato (Sampdoria) de corazón”. Massimo Ferrero, en menos tiempo que el resto, ya pertenece al salón de la fama de la incongruente presidencia italiana, donde nombres como Silvio Berlusconi, Aurelio De Laurentiis o Maurizio Zamparini cuentan con su propia estrella.

Nacido en 1951, en el barrio romano del Testaccio, desde muy joven inició su aventura cinematográfica. A los siete realizó su primera aparición. Y no muy aplicado en lo que a estudios se refiere, con los dieciocho años recién cumplidos comenzó su dedicación a la producción de la gran pantalla. A los veintitrés, ya como Director de Producción, dirigió su primera película A mezzanotte va la ronda del piacere (juzguen ustedes mismos con este extracto). Una afición que, junto al fútbol (mucho más tarde), ha mantenido distraído al único descendiente de un humilde matrimonio romano que persistió en la capital gracias a los salarios de un conductor de autobuses y una mercadora ambulante.

[pullquote]Ferrero ha participado en más de medio centenal de películas: en 8 de ellas fue actor; en 13, director de producción[/pullquote]

Su vocación se atribuye a la abuela paterna, quien fue actriz del Teatro Ambra Jovinelli de la propia Roma. En 1994 se convertiría en productor cinematográfico independiente. Y solo unos meses después llegaría su primer gran trabajo como cineasta. Viajó hasta el Caribe y en colaboración con el mismísimo Fidel Castro, proyectaron lo que más tarde sería conocido como el ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos). Un momento y un país muy presentes en la vida de un hombre, que sin ningún tipo de tapujos, igual que asegura seguir a la Roma de siempre, reconocería haber votado a Massimo D’Alema, antiguo dirigente del Partido Comunista Italiano.

Casado en un primer momento con la heredera de una importante quesería del país, el matrimonio dedicó sus primeros años a exportar productos a los Estados Unidos. Y con las ganancias, produjo su primera gran obra: Testimoni d’Amore. Una producción que ni siquiera sirvió como sobremesa de los fines de semana, y jamás llegó a recuperar la inversión hecha ni aparecer del todo proyectada. Una etapa de bonanza económica, en cuanto a quesos se refiere, de la cual hoy solo queda el recuerdo, la hija que tuvieron en común y una serie de denuncias que la expareja a menudo intercambia fruto de su separación (en 2016, incluso, fue investigado por no respetar la manutención de unos de sus varios matrimonios que han reportado hasta 6 hijos).

Años después, concretamente en 2006, Ferrero se hizo con los derechos de una película de origen alemana titulada ‘Bye, bye, Berlusconi!’ (tampoco pierdan detalle), que relata las consecuencias que podría desencadenar en Italia un secuestro de ‘Il Cavaliere’. La película, se sospecha, no cayó en gracia del propio Silvio, ya por aquel entonces Presidente del Consejo de Ministros de la República, y jamás encontró de recursos ni pantallas donde ser distribuida. Al parecer, ni para que las parejas se metiesen mano.

Incansable en su vocacional e impulsivo espíritu empresarial, solo dos años después, el bueno de Ferrero encontró la clave de su carrera profesional. A raíz de la quiebra de la cinematográfica cadena Finmavi dirigida por Cecchi Gori -expresidente de la Fiorentina, condenado a siete años de prisión debido a una serie de episodios fraudulentos-, a cambio de cincuenta y nueve millones de euros e innumerables prórrogas judiciales, se convirtió en el único dueño del circuito que incluía sesenta salas y el histórico Teatro Adriano de Roma (donde en su día tocaron los Beatles). De esta forma, en el año 2008, cobró vida el conocido como ‘Ferrero Cinemas Group’. Una marca que cuenta con su complejo principal valorado en 40 millones, y que tampoco ha tardado en estar bajo la lupa de la justicia italiana. Algo no encaja, pensaron muchos.

Massimo Ferrero: “Me considero ‘giallorosso’ (aficionado de la Roma) de cabeza y ‘blucerchiato’ (Sampdoria) de corazón”

Aún inconforme con sus logros empresariales, Ferrero decidió mirar al cielo, y en un ataque de ambición quiso invertir en los aviones. En el 2009, se hizo con la totalidad de ‘Livingston Energy Flight’, una compañía aérea dedicada a los vuelos chárter. Sin embargo, solo unos meses después, la ENAC (Entidad Nacional de Aviación Civil) suspendió a la empresa la totalidad de licencias para volar. Algo que, consecuentemente, ya en el 2010, propiciaría la quiebra total de la compañía. Pero no todo acabaría aquí, ni mucho menos. Pues acusado de protagonizar una bancarrota algo sospechosa -algo parecido a lo de Cecchio Gori con sus cines-, Ferrero fue condenado a un año y diez meses de prisión. Condena que, por el momento, ha esquivado de llegar al ingreso a cambio de una fianza de 850.000 euros y diversos trabajos sociales.

[pullquote]En 2014 se hizo dueño de la Sampdoria, gratis, pero con la obligación de hacer frente a la deuda (15 millones de euros)[/pullquote]

Dolido tras su fracaso en el mundo aéreo, encontró en la venta de la Sampdoria su oportunidad para resarcirse empresarialmente. Obteniendo la presidencia del club genovés de manera gratuita, con la obligación, eso sí, de hacerse cargo de la deuda administrativa -tasada en quince millones de euros-, y no sin antes haber intentado con menos éxito la adquisición de la Roma, el Lecce y la Salernitana; el 12 de junio de 2014 Edoardo Garrone anunció a su nuevo sustituto, en una comparecencia ante la prensa en la que se comenzó hablando del club y se terminó recordando los logros (o los hechos, mejor dicho) cinematográficos del nuevo adquisidor.

Víctima de su estilo guasón, sus incendiarias declaraciones y sus continuos saltos protocolarios, entre palcos, zonas de prensa y el propio césped, donde una vez llegó a adueñarse de una cámara televisiva para filmar el calentamiento previo ante el Torino, difieren, de acuerdo a quienes más de cerca lo conocen, con el espíritu que muestra en las trastiendas del Séptimo Arte; donde, no obstante, es popularmente conocido como la ‘Viperetta’ (tras defender, según se cuenta, a la actriz Monica Vitti de un agresor. Algo así, traducido, como el clásico dicho ‘pequeñito pero matón’. Aunque su propia versión, contada en su autobiografía Una vita al massimo, ed è il minimo che posso dirvi, relata que su origen tiene a un diseñador, el trabajo y unos azotes como premio de elementos protagonistas. Aunque esa es otra historia).

Hace pocos meses, en septiembre del año pasado para ser más exactos, la Procura de Roma le embargó alguna de sus cuentas, tras ser acusado de no pagar el IVA y el IRES en sus empresas, conocido como el impuesto de sociedades en Italia, en costes que alcanzaban los 200.000 y 1.176.000 euros de manera respectiva. Año en el que, además, compaginó unas investigaciones por violar sus obligaciones de atención familiar con el nacimiento de su sexto hijo, bautizado en el mismísimo Vaticano. Un hecho extravagante, cuanto menos, como todos aquellos que acompañan la vida del mandatario futbolístico, si uno atiende a que Ferrero va camino de cumplir los 66 años. O esa otra, aunque esta en 2015, cuando ordenó a Joma, la marca que viste desde hace tiempo a la entidad blucerchiata, de confeccionar las camisetas del primer equipo con un chip que reprodujese a los propios futbolistas cantando el himno de la entidad. La propuesta, indecente, más allá del aspecto económico, pues ninguna competición profesional permite vestir con este tipo de prendas, conformó al presidente con una tirada de tan solo 350 réplicas. Todo tal y como suena, nunca mejor dicho.

Conocido por sus insólitos espectáculos presidenciales, pronto consiguió ganarse el cariño de una afición que, en su figura, encontró el contraste más evidente a la Familia Garrone (antiguos propietarios de la Sampdoria).  Por el momento, en cerca de tres años en el cargo, donde una de sus hijas es dueña del 80% de las acciones, uno de sus nietos del 19% y el 1% todavía corresponde a los Garrone, su legislatura ya ha protagonizado diversas polémicas celebraciones, diversos golpes de mercato (como cuando le dio por fichar a Samuel Eto’o) y una inhabilitación -que tampoco ha cumplido- por dirigirse de manera despectiva en televisión al presidente indonesio del Inter de Milán (Erik Thohir); y que más tarde protestaría escenificando con una mordaza al realizar una entrevista.

[pullquote]Tiene 6 hijos, el último de ellos nació en el año 2016; Ferrero cumplirá 66 años en el próximo mes de agosto[/pullquote]

Un hombre de cine, que cuenta con 8 intervenciones como actor, 13 direcciones de producción, 20 producciones empresariales y 5 distribuciones. Y a lo que hay que añadir hasta 18 producciones ejecutivas de la gran pantalla. Siempre acostumbrado a protagonizar el papel principal de los palcos cada jornada allá donde juegue la Sampdoria, desde hace tiempo prepara con empeño su reparto más deseado: los puestos europeos. Prepárense si algún día llega. Aunque mientras tanto, dado que el próximo año tampoco será cuando el club genovés dispute alguna de las competiciones europeas, mejor es que se pongan cómodos. El espectáculo, bien lo sabe Ferrero, debe continuar.

Fuente imagen principal: Getty Images.

Massimo Ferrero gesticula durante un partido entre la Sampdoria y la Lazio.

Luciano Re Cecconi, el ángel de la Lazio

Luciano Re Cecconi, el ángel de la Lazio

Los años setenta siempre serán recordados como la década de las cabelleras pobladas y las patillas anchas. Los años de los pantalones acampanados y la buena música. Una década repleta de contrastes. De nacimientos, defunciones, acontecimientos y rupturas que marcarían un antes y un después en la historia del siglo XX. Gran parte del continente europeo vivía en continuas pretensiones políticas y sociales. Muchas de ellas, como respuesta a las recientes revoluciones universitarias de finales de los sesenta. Las cuales acabaron dejando espacio a una crisis cada vez más en auge: el terrorismo.

Mientras que en el Reino Unido, The Beatles producirían Let it Be como uno de los álbumes con mayor prestigio en la historia musical, en los Estados Unidos, la eléctrica ‘Freder Stratocaster’ de Jimmi Hendrix y el Jailhouse Rock de Elvis Presley se verían apagados para siempre. En Suecia, cuatro jóvenes compondrían ABBA, uno de los fenómenos musicales de mayor éxito en todo el mundo. A la vez que en Australia, AC/DC trasladaría a todos sus seguidores al infierno con Highway To Hell. Pero no todos los cambios iban a llegar en el terreno musical. En España, el atentado contra Luis Carrero Blanco, sucesor de Francisco Franco, y el posterior fallecimiento del mismo, introducirían al país en una época de caos, suspense y cambios sociales. En Múnich, un comando terrorista palestino, conocido como ‘Septiembre Negro’, acabaría con la vida de nueve atletas israelís durante los Juegos Olímpicos celebrados en el país alemán. Mientras que en Italia, el secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro -Presidente de la Democracia Cristiana- a manos de las Brigate Rosse (Brigadas Rojas), pondría freno a un acuerdo histórico entre cristianos y comunistas.

Pero estas tan solo serían algunas de las muchas mechas que se fueron prendiendo a lo largo del viejo continente europeo, como consecuencia de unas irrefrenables revoluciones sociales. Y es que, las explosiones, los disparos, la quema de mobiliario urbano, las manifestaciones, los secuestros y atracos estaban a la orden del día en Italia. Numerosos grupos terroristas alejados de la vida política fueron tomando la revolución por su cuenta. Al igual que el IRA en Irlanda o ETA en España, el país también iba a ser víctima del continuo azote de movimientos terroristas como los de las ‘Brigadas Rojas’ o ‘Primera Línea’. La situación de inseguridad e incertidumbre que vivía el país era tan evidente que las consecuencias también llegaron al mundo del Calcio. Prácticamente todos los jugadores de la Lazio de los setenta poseían licencia de armas de fuego, y al finalizar los entrenamientos utilizaban el campo como sala de tiro. Dos pasiones: el balón y las balas, que llegaron a compaginar diariamente.

Todos menos uno iban siempre acompañados de su revólver. Indiscutible para Tomasso Maestrelli, tanto dentro -por su fútbol- como fuera del campo -por su carácter apaciguador-, desde su estancia en la capital, Luciano Re Cecconi sería más conocido como L’Angelo Biondo (El Ángel Rubio). Pues fue en esta misma década de los setenta, con la ‘Lazio de las pistolas’ en su máximo esplendor, cuando el equipo consiguió su primer Scudetto de la historia. Corría el año 1974. Con un equipo repleto de futbolistas italianos, que conquistaría el título con una victoria clave, en la penúltima jornada del campeonato, frente al Foggia. Jugando en casa, en el Olímpico de Roma, en un récord todavía vigente de espectadores en un partido de liga. El rival, curiosamente, sería el mismo equipo que solo unos años antes había sacado a la luz a nuestro desarmado protagonista.

Luciano Re Cecconi nació a finales de 1948 en Nerviano, una localidad a las afueras de Milán. Hijo de un modesto albañil de la región, no fue hasta 1967 cuando Re Cecconi recaló en el fútbol profesional. Lo hizo en el Pro Patria, equipo con el que consiguió debutar en la Serie C italiana. Pero solo un año después, abriría una nueva etapa aterrizando en las filas del ya mencionado Foggia. Por aquel entonces el club lo dirigía Tommaso Maestrelli, y con Re Cecconi ya situado en la posición de regista (en el centro del campo) y, pese a lidiar con los descensos a Serie B, sus inesperados avances en la Coppa Italia, situaron al conjunto como unas de las revelaciones del Calcio en aquella época.

Meses después y por petición expresa del propio Maestrelli, el centrocampista italiano llegaría a las filas del conjunto laziale, donde se convirtió en pieza fundamental del histórico título liguero alzado en la temporada 1973/74. Una excelsa temporada a nivel individual lo llevaron a ser convocado para el Mundial de 1974, junto a otros dos futbolistas de la Lazio: Giuseppe Wilson y Giorgio Chinaglia (este último, finalizando la temporada como capocannoniere del torneo regular). Un título que, sin embargo, no permitió a la Lazio jugar la máxima competición europea la siguiente temporada, como consecuencia de una sanción impuesta por la propia UEFA debido a unos violentos enfrentamientos protagonizados por aficionados del conjunto laziale y del Ipswich Town inglés.

Pero volviendo al contexto de la violencia que las calles del país italiano respiraban día y noche durante la década de los setenta, Luciano Re Cecconi -el único futbolista de aquella ‘Lazio de las pistolas’ sin licencia para portar armas de fuego- iba a ser víctima de su propio sentido del humor. Era la noche del 18 de enero de 1977, cuando L’Angelo Biondo, convencido por Pietro Ghedin -también futbolista de la Lazio- y un amigo de ambos, decidieron hacer una visita a la joyería de otro viejo conocido por nuestro protagonista; Bruno Tabbochini.

Según versiones oficiales de los hechos, Re Cecconi irrumpió en el establecimiento ocultando sus cabellos rubios con la solapa del abrigo, al grito de “¡Manos arriba, esto es un atraco!”. Dichas palabras, causaron el estupor suficiente para que el joyero, quien más tarde reconocería haber sido víctima de otro reciente atraco -este sí verídico-, abriese fuego sin previo aviso contra el pecho del entonces futbolista de la Lazio. Una broma, una simple broma, fueron las últimas palabras de un Luciano que, media hora después y a sus 28 años de edad, dejaría huérfanos a un varón de dos años y a su hermana, que aún gestaba en el vientre de su enviudada madre.

Víctima de su propio juego, o de la continua inseguridad social que desolaba el país, aún a día de hoy la muerte de Luciano Re Cecconi sigue siendo una incógnita para el fútbol italiano. Pietro Ghedin (actualmente seleccionador de Malta) se negó a hablar públicamente acerca del tema; Bruno Tabbochini acabó puesto en libertad; la cinta de seguridad jamás fue publicada; e incluso Stefano Re Cecconi ha llegado a escribir un libro en defensa de su padre, a quien todo el mundo consideraba muy lejano de la actitud de un bromista irresponsable. Los Anni di Piombo (‘Los Años del Plomo’) supusieron cerca de 13.000 atentados, que se acabaron cobrando una cifra superior a las 300 víctimas, entre magistrados, policías, políticos, ciudadanos anónimos y entre los que hay que incluir a uno de los mejores centrocampistas italianos del último siglo. Quizás, uno de los mayores talentos de los que jamás haya gozado la capital del Calcio. Una cabellera rubia capaz de domar el esférico, de atravesar todo tipo de líneas y de conducir a la Lazio al que fuese su primer Scudetto. Una vez más, entre la comedia y la tragedia, Italia volvió a escribir su historia.

Fuente imagen principal: Agencias.

El vuelo de Gianluigi Donnarumma

El vuelo de Gianluigi Donnarumma

En la élite los errores se pagan caro. Y eso es algo que Gianluigi Donnarumma aprendió desde bien temprano. Corría el minuto 56 del partido entre el Milan y el Sassuolo. Hasta ese momento, el equipo rossonero se imponía doblemente en el aspecto numérico; cayó expulsado Consigli, el guardameta rival, por cometer un penalti que Carlos Bacca, quién sino, se encargó de transformar. Todo marchaba. El Milan ganaba, algo que no había conseguido en sus últimos tres encuentros oficiales (sin contar el Trofeo Berlusconi que también perdió frente al Inter), y además lo hacía con un jovencísimo guardameta italiano ocupando la portería de San Siro por vez primera en su carrera.

Donnarumma debutó en Serie A en octubre de 2015, a la edad de 16 años y 8 meses.

A lo largo de los últimos encuentros hasta la fecha, el nivel de Diego López se había alejado de aquel que sí llegó a alcanzar meses antes durante la anterior campaña. Poco después, el español reconocería una lesión en la rodilla que, sin ánimo de excusa, lo mantuvo apartado de los terrenos, y de una titularidad rossonera que hoy más que nunca parece imposible de volver a recuperar. Entonces, en el encuentro, el Milan cometió una falta en la frontal del área. Y Donnarumma, que hasta el momento estaba cuajando una primera actuación de intervenciones con manos y pies que no tardó en arrancar los aplausos del respetable público, ladeó su cuerpo en un equívoco amago. Sus pies apenas se levantaron a escasos milímetros del suelo. En su cabeza, la ecuación parecía del todo resulta. La estirada parecía hecha, así que solamente hacía falta ejecutarla. Cabía la posibilidad de que el balón, distanciando a unos metros más allá del balcón del área, no superase la hilera que sus compañeros emplearon por barrera, pero por si acaso, por si el balón la superaba, dispondría de un salto hacia el palo izquierdo en el que sus casi dos metros de altura harían el resto. Solo un preciso golpeo lo más cercano de la escuadra podría dejar en evidencia su estirada. Pero algo no salió según lo previsto. La comba del esférico superó las únicas cabezas de la barrera que no saltaron, las del Sassuolo, que rápidamente se agacharon a su paso. Y entonces todo resultó en vano. No hubo corrección posible. Los pasitos preparatorios al salto parecieron volverse kilométricas zancadas de distancia, y su estirada, tardía y arrítmica al compás que seguía el esférico, no llegó a evitar el tanto. Domenico Berardi, quien de hacer goles al Milan sabe bastante, lo había vuelto a hacer. Y esta vez, su envío a media altura se coló por el palo que, teóricamente, debería haber sido ocupado por el portero.

Una vez entró el balón [habla del gol de Berardi], no pensé en nada. El partido seguía adelante, y no había tiempo para enfadarse o ponerme a pensar. Después, revisé el partido más calmado en Milanello con Alfredo Magni (preparador de porteros del Milan); muchas veces, frente a la televisión, descubro cosas que me pasaron totalmente desapercibidas en el campo. Reviso incluso como he caminado durante el partido por el área”.

En pleno carrusel del domingo 25 octubre de 2015, San Siro que hasta entonces estaba disfrutando con el debut de una de sus perlas más prometedoras, y que además gozaba de la doble ventaja anteriormente mencionada, enmudeció como suele acostumbrar ante este tipo de situaciones que acaban con el balón en la portería contraria a sus intereses. Aunque esta vez, al silencio no le continúo la tradicional melodía de viento a compás de la insatisfacción, sino que inspiró al unísono un mismo nombre en sus pulmones. Gianluigi Donnarumma quedó postrado ante el que, desde esa precisa tarde de octubre, sería su escenario quincenal, y la realización televisiva pronto se centró en su rostro. Con barba, al contrario que en otras muchas ocasiones se ha podido describir sobre casos parecidos al debut de un futbolista, Donnarumma siempre se ha caracterizado por aparentar algo más de lo que tiene; en lo físico así como en lo futbolístico. ‘Gigio’ siempre ha desarrollado su (corta) carrera con futbolistas de mayor edad. Christian Brocchi, el último entrenador rossonero después de Mihajlovic y antes de Montella, comenzó a llevarlo con el equipo Primavera pese a ser claramente más pequeño que el resto (de edad que no de altura), y terminó por asentarlo como titular al año siguiente; en una trayectoria muy similar a la que ha tenido con el combinado nacional, donde disputó el Europeo Sub-17 del pasado verano, y no pudo continuar en la clasificación del siguiente torneo (también Sub-17) debido a una razón de causa mayor: su debut en el estadio San Siro. En marzo de este mismo año 2016 llegó su debut con la Squadra Sub-21. Donnarumma, que ya tenía 17 años, se convirtió en el futbolista más joven en debutar con la selección en dicha categoría.

¿Ser el portero del Milan durante los próximos 20 años? La idea de renovar es algo que agrada mucho. Y el sueldo, no es algo que me quite el sueño… Todavía no tengo edad ni para conducir un coche. Conceptualmente, no tendría problema alguno en realizar toda mi carrera en un mismo club. Y, como siempre he sido aficionado al Milan, digo que portar algún día el brazalete de capitán sería todo un sueño. Algo así como el coronamiento de mi carrera. Obviamente, todo deberá llegar a su tiempo”.

Pese a contar con solo 16 años y 8 meses en el momento de su debut frente al Sassuolo, dicha hazaña no entró sin embargo en el libro de los récords, ya que dicho hito continúa hoy perteneciendo a Paolo Maldini: que se estrenó como profesional dos meses antes que nuestro protagonista (16 años y 6 meses). Hachim Mastour, otro milanista, pudo reventar el récord del laureado defensor italiano, pero Clarence Seedorf -por entonces entrenador del Milan- decidió no darle entrada al campo en la última jornada de la temporada 2013/14. El joven, por aquel entonces de 15 años y 11 días, no ingresó en una jornada que, fruto del azar, también contaba con el Sassuolo como rival. Incluso el propio Donnarumma pudo batir sus propios registros, bajo las órdenes de Filippo Inzaghi. El portero apenas contaba con 15 años, y viajó como tercer cancerbero del equipo debido a la lesión de Agazzi, en el que a la postre sería el último partido del ‘Pippo’ desde el banquillo milanista. Sin embargo, debutó otro joven de la cantera, Davide Calabria, bajo la atenta mirada en la banda de un predestinado que, ni en sus mejores sueños, podría imaginarse que apenas unos meses después sería él, y además como titular, quien se vistiese de corto y con los guantes en el mismísimo feudo de Milán.

La decisión de Mihajlovic de hacer debutar al portero, bajo una necesidad máxima de resultados, se produjo la misma tarde de antes del encuentro (frente al Sassuolo). Aunque Donnarumma, en verano, ya se había vestido para jugar con el Milan en la International Champions Cup de 2015, sustituyendo a Diego López y protagonizando la tanda de penaltis frente al Real Madrid; donde detuvo un lanzamiento a Toni Kroos y erró en su duelo directo con los pies frente a Kiko Casilla (10-9 ganó el Real Madrid). Por edad, saltó al césped antes que otros como Buffon o Peruzzi; quienes debutaron a la edad de 17 años. Aunque su debut, como portero de club, tampoco fue el más temprano. En marzo de 1980, a los 16 años y 6 meses, Gianluca Pacchiarotti realizó su primera y única aparición en Serie A, ocupando los últimos minutos de la portería del Pescara en un partido frente al Perugia (que acabó con victoria abruza por un gol a cero).

Desde aquella fecha, Gianluigi Donnaruma dispuso como titular en las restantes jornadas de liga además de la final de Coppa (pese a que las rondas previas del torneo fueron cosa de Christian Abbiati). Su corta edad, así como la complicada situación en la que se ha visto inmerso el Milan durante los últimos años, no fueron impedimento para que el joven nacido en Castellammare di Stabia, una provincia de Nápoles, se erigiera como uno de los mayores talentos bajo los palos de todo el continente europeo. Canterano de la escuela del Nápoles, aunque aficionado al Milan debido a su hermano Antonio, también portero profesional que llegó a formar parte de las categorías inferiores rossoneras y, a día de hoy, guardameta (suplente) en el Genoa, provocaron que Gianluigi rechazara una oferta del propio Inter con tal de cumplir su sueño de jugar alguna vez para el Milan. Dicho y hecho. El caos defensivo del club milanista pronto acentuó el protagonismo sobre su portero que, pocas semanas después de su estreno, se convirtió en el guardameta con más intervenciones por partido de la Serie A. Admirador de Buffon, por su trayectoria, y de Neuer, por sus conceptos técnicos; Donnaruma es un portero ágil, pese a sus 197 centímetros de altura, con buen vuelo para despejar balones con altura, así como para salir por alto para atrapar cuando es necesario, aunque también se caracteriza por un desparpajo (en ocasiones que lleva incluso a cortar la respiración de sus propios aficionados) para jugar con los pies. Una faceta que, él mismo reconoce, debe seguir mejorando.

Recuerdo que el míster [Mihajlovic] me anunció mi titularidad el día antes del partido frente al Sassuolo. Me llamó al vestuario, me dio un pequeño discursó y me comunicó su elección. No podía creerlo. Tras el entrenamiento corrí a llamar a mis padres, y ambos marcharon desde Castellammare para venir a verme al partido. Fue un día difícil. En el autobús de camino al estadio uno se encuentra con sensaciones muy particulares. Pero… salté al césped, toqué el larguero y entonces solo pensé en una cosa: jugar”.

Las comparaciones siempre resultan odiosas. Aunque, en este caso, la misma resultó inevitable. Debutó algo más joven que, para muchos, su antecesor Gianluigi Buffon y el futuro parece destinado a cruzarlos. Debido al precoz impacto que supuso su irrupción en la élite, su carácter así como cualidades técnicas mostradas sobre el césped llegaron a situarlo en las quinielas como el sustituto favorito a relevar a Mattia Perin -debido a su grave lesión de rodilla- como suplente de la Nazionale. No acabó entrando en la convocatoria de la Eurocopa, en detrimento de otros guardametas más experimentados -y de máxima confianza para Antonio Conte- como Pastore Sirigu y Federico Marchetti. Aunque, el joven del Milan, ya resultó meses antes bendecido por el propio Buffon, en la previa del encuentro entre el Milan y la Juventus: [Donnarumma] puede hacer una carrera extraordinaria. Debe pensar en crecer con la calma necesaria, para no caer en la presión de estar entre los grandes, aunque, eso sí, ya ha saltado al césped con 16 años y vistiendo la camiseta del Milan… y ha sabido mantenerse al margen de la presión mediática; eso es símbolo de su grandeza. Ha debutado un año más joven que yo, y las señales apuntan todas en una misma dirección. En sus primeros partidos ya ha demostrado que podrá realizar una carrera fantástica. Yo, de corazón, le deseo toda la suerte del mundo. Y, si tuviese que darle un consejo, le diría que buscase madurar lo más rápido posible, para entender qué cosas son las correctas y cuáles no del entorno que nos rodea diariamente”. Con un adiós de Buffon que, cada año se avecina más cercano (él mismo reconoció sus intenciones de retirarse tras el próximo Mundial de 2018), el guardameta del Milan apunta a ser su principal sucesor por el puesto; en un relevo, eso sí, no necesariamente inmediato, ya que Italia (por suerte) cuenta con muy buenas garantías entre sus candidatos.

Pues, como decíamos, Donnarumma no es el típico joven de 17 años. Y esa confianza, impropia para cualquier otro joven de su quinta, lo convierte en un portero distinto. De esos que resultan estar tocados por algo, y que parecen encaminados desde bien temprano a abrazarse al éxito. Por ahora, él mismo se mantiene sereno pese a su situación profesional; pues, pese a su incremento salarial y contractual firmado en el pasado mes de marzo, continúa viviendo con sus amigos en un piso para estudiantes, a la vez que compagina los entrenamientos con las clases de su carrera universitaria de Contabilidad. Sobre el césped, sus paradas a lo largo de la temporada -y de mucho peso en las últimas jornadas, donde deslumbró con sus imposibles estiradas en dirección hacia ambas escuadras-, terminaron resultando fundamentales para que el Milan pelease hasta el final de la campaña por conservar sus aspiraciones de jugar en Europa la siguiente temporada (2016/17). Aunque el destino, con cierto toque romántico, quiso que fuera el Sassuolo quien terminara ocupando ese puesto con ronda previa a la UEFA Europa League. El Milan deberá esperar a la próxima campaña, que ya se encuentra a pocas semanas del arranque, para recuperar una gloria que dejó escapar hace ya tiempo. Y para ello, para no continuar alejándose de la misma, ha otorgado la responsabilidad de no seguir encajando golpes a un joven que todavía no alcanza la mayoría de edad, aunque su apariencia tanto dentro como fuera del campo choque con la fecha que refleja su carnet de identidad. Es, fruto de la ironía, el caso antagónico al que sucede con el histórico (y desde hace tiempo irreconocible) equipo de la ciudad de Milán.

Fuente imagen principal: Emilio Andreoli (Getty Images)

El momento de Gianluca Lapadula

El momento de Gianluca Lapadula

A lo largo de los siete años y medio que duró su estancia en la capital lombarda, donde consiguió levantar una Serie A, una Copa, una Supercopa de Italia, dos Champions, dos Supercopas de Europa y un Mundial de Clubes (porque sí, hasta hace no muchos años el Milan ganaba títulos), el paso de Carlo Ancelotti por Milán siempre quedará marcado por el debate de si era él, o Silvio Berlusconi, el encargado de hacer las alineaciones del primer equipo. Tertulia que tanto el entrenador como el todavía máximo mandatario rossonero siempre se han encargado de zanjar a favor de Carletto, y que él mismo quiso demostrar con la publicación de su libro (Mi Árbol de Navidad); ahora, una década después de todo esto, la malévola teoría acerca de Berlusconi y la rentabilidad de sus operaciones vuelve a incendiar portadas, platós y barras de bar.

A pocas semanas del cierre de la 2015/16, y de que el propio Berlusconi anunciara su despedida reiterando que solo cedería la entidad a alguien con la suficiente capacidad (económica, claro) de devolver al Milan a la primera línea del fútbol italiano y también europeo; y sin dar todavía por cerrado el candidato a dirigir el buque rossonero la próxima campaña, las numerosas turbulencias que se produjeron con la (incomprensible) salida de Sinisa Mihajlovic, la consecuente incorporación de Cristian Brocchi y, a lo que hay que añadir, la casi segura negación de Unai Emery, ha hecho soplar el humo de los rumores en dirección al neerlandés Frank De Boer. Por lo que, sin todavía entrenador fijo y, por lo tanto, proyecto definido, en un alarde de su intocable poderío Silvio Berlusconi ha decidido dar un paso adelante en la confección del próximo Milan con la contratación de Gianluca Lapadula. El fichaje no solo supone un zarpazo sobre rivales como el Napoli o la Juventus, también interesados en la contratación del delantero, sino la confirmación a la tremenda potestad que, 30 años después, mantiene Il Cavaliere sobre cualquier decisión del cuadro milanés.

A sus 26 años de edad, el Milan será su 12º club como profesional.

Hablar de Gianluca Lapadula, el nuevo fichaje del Milan, es hacerlo de un coleccionista de cesiones. Turinés de nacimiento y confeso seguidor bianconero, Lapadula entró a formar parte de las categorías inferiores de la Juventus con tan solo seis años de edad. Marchó a los catorce para probar fortuna en el Rivoli y posteriormente en el Treviso (y, curiosamente, los ocho años que estuvo en la cantera de la Juventus han completado su contrato más largo hasta la fecha). A partir de su salida de la ciudad natal, la carrera se convirtió en una ida y venida constante. Firmó por el Parma en el año 2009, y la competencia por el puesto le obligó a hacer las maletas a diferentes puntos del territorio, tanto dentro como fuera de Italia. Puesto que en el extenso currículo de Lapadula no solo hay equipos del Calcio, también de San Marino o incluso de Eslovenia. Sin todavía acercarse a la treintena de edad, el futbolista ya cuenta con los dedos de ambas manos (y la necesidad de una tercera) su extensa trayectoria profesional: Pro Vercelli, Calcio Ivrea, Parma, Atlético Roma, Ravenna, San Marino Calcio, Cesena, Frosinone, Gorica, Teramo y, por último, el Pescara.

Sin embargo, la 2015/16 ha sido la temporada de su explosión definitiva. O, al menos, de su reconocimiento. Llegó gratis al Pescara, procedente del Parma, debido a la quiebra económica que asoló al histórico Ennio Tardini durante el pasado verano de 2015. Ya en el equipo de la costa, y de la mano del también ex rossonero Massimo Oddo, el punta italiano ha conseguido su primer gran reto como futbolista profesional: un ascenso a la Serie A. Y no de cualquier forma, pues Lapadula ha sido artífice de hasta una treintena de goles (en sus 45 partidos disputados), muchos de ellos de una especial trascendencia, como los conseguidos durante el Play-Off por el ascenso; donde marcó dos tantos al Novara y uno al Trapani, en la fase final.

Pero, ¿cómo es el nuevo fichaje del Milan? A sus 26 años de edad, y sus casi 180 centímetros de altura, Gianluca Lapadula no es el clásico ‘9’ de área. Zurdo por naturaleza, una de las principales características del italiano reside en su golpeo, así como en su punta de velocidad, algo que lo convierte en un delantero de lo más interesante con espacios por delante. Potente y preciso, su disparo con la parte interior de la bota le hace de un buen lanzador a balón parado, si hablamos de cualquier infracción que se cometa a pocos metros de la frontal del área; competencia directa para Keisuke Honda y Giacomo Bonaventura, en cuanto a libres directos se refiere. Además de su gambeteo con la pierna izquierda, siendo un atacante de lo más autosuficiente (gracias, en parte, a su carácter); es su tremendo olfato, lo que le hace estar siempre en el momento indicado para marcar. A lo largo de esta temporada en la Serie B, a Lapadula lo hemos visto anotar goles de todo tipo: desde jugadas individuales, a balón parado, manejando recursos acrobáticos en el remate, de cabeza y también empujando asistencias.

Gianluca Lapadula, sobre su propio fútbol: “Alessandro Del Piero siempre ha sido mi referencia futbolística, fue un delantero superlativo. Hoy me veo reflejado en Simone Zaza: jugamos con la misma intensidad, pero en cuanto a calidad posiblemente él sea mejor futbolista. Quizás, también puedo tener cierto parecido con Jamie Vardy, ambos somos muy determinantes en los últimos metros, aunque él se maneje mejor con la pierna derecha”.

Con su fichaje, el Milan no solo se asegura un delantero con vistas de futuro, sino también refuerza así el principal quebradero rossonero durante la anterior campaña. Tras la lesión en el tobillo de Mbaye Niang a finales de febrero (víctima de un accidente de tráfico), que lo tuvo apartado de los terrenos de juego hasta hace pocas semanas, con la temporada 201/16 a punto de agonizar, cuando pudo volver a correr con normalidad; el Milan desesperó por encontrar al compañero ideal de Carlos Bacca (que, pese a todo, cerró la campaña con 18 dianas en su cuenta particular). Ni Ménez, Luiz Adriano o Mario Balotelli, los otros tres delanteros del primer equipo, respondieron a las expectativas y quien más perjudicado salió de todo esto fue el propio Sinisa Mihajlovic que, tras encontrar el equilibro de fútbol y también de puntos a partir de un 4-4-2 con la dupla del colombiano y el francés en el frente de ataque, la lesión de éste último desencadenó en una pobre racha de resultados que terminaría con el serbio siendo relegado del puesto. A pocas semanas del final, rozando los puestos de Champions League y con la final de Coppa Italia (frente a la Juventus) aún por disputar; el despido del técnico se tradujo en el enésimo bandazo por parte del excéntrico mandatario.

Sin embargo, no todo son connotaciones positivas en cuanto a la nueva incorporación rossonera. Con el reciente resquemor de los Luiz Adriano, Ménez o Balotelli aún muy presente, la primera incógnita se encuentra en la capacidad de encaje que tendrá Lapadula, de acuerdo a las exigencias que atañen en estos tiempos al equipo de Milán. A fin de cuentas, nadie puede olvidar que, a sus 26 años de edad, el combinado rossonero será su primera aventura en un club de la élite. Aunque sí bien es cierto que, no al alcance de todos, se sitúa la responsabilidad de echar sobre sus espaldas el ascenso de un equipo a la máxima categoría del fútbol italiano, como sí ha hecho Lapadula esta temporada sin ‘borrarse’ de ningún compromiso. Mientras que la segunda tiene que ver con su participación nacional. Como ya hemos dicho, Lapadula nació en Turín, aunque posee raíces (maternas) con sangre peruana. A la espera de una llamada por parte de Antonio Conte que, pese a sus envidiables registros durante esta temporada en Serie B, jamás llegó a producirse; hace pocas semanas, aún con la temporada en juego, el propio Ricardo Gareca viajó hasta Italia (acompañado de la madre del futbolista) para intentar convencerlo de que formase parte del combinado peruano en la presente Copa América Centenario. La presencia de la madre en la reunión no solo fue utilizada como un instrumento para ablandar la decisión del delantero (que, a día de hoy, continúa siendo negativa), sino que también ejerció como traductora, puesto que Gianluca Lapadula no maneja el castellano. Por el momento, y mientras Lapadula decide su futuro internacional y el Milan aclara su banquillo para la próxima temporada (donde tampoco jugará competición europea alguna), Silvio Berlusconi ya tiene atado a su nuevo delantero centro. Las malas lenguas ya hablan de que, visto de otra forma, el candidato a hacerse cargo del vestuario de San Siro ‘solo’ deberá buscar a diez titulares más que acompañen al nuevo fichaje de Silvio Berlusconi.

Ricardo Gareca, seleccionador peruano, sobre Lapadula (febrero de 2016): “Ponemos interés en todos los jugadores del mundo que tengan la posibilidad de ser peruanos. Lo de Lapadula no es de ahora, sino de hace ya tiempo. Tenemos interés en él, y por ello viajé a visitarlo, pero eso no acredita que vaya a ser convocado. Él tiene un gran interés. Es una decisión difícil, no conoce Perú y no habla español. Sin embargo, yo a ningún jugador con el que hablo le digo que va a ser convocado y que va a jugar seguro. Podrá ir, pero yo no le aseguro la titularidad a nadie. Necesita más tiempo para decidirse y sabe que tiene las puertas de la selección abiertas”.

Fuente imagen principal: Giuseppe Bellini (Getty Images)