Houseman, un wing ilusionista

Houseman, un wing ilusionista

Un pueblo no olvida a quien lo ilusiona. René Houseman entusiasmó a cada argentino en los albores de la década del ‘70. Sus gambetas eran indescifrables, se escapaba de la marca como en un acto de magia y desbordaba por las bandas. Era impredecible cuando tomaba la pelota, los espectadores se levantaban de sus asientos para asistir a otra de sus acciones desequilibrantes. Por lo generado en aquel tiempo se explica, aún en estos tiempos donde todo es urgencia y la noticia algo efímero, el vacío que causó su fallecimiento a los 64 años en el último mes de marzo. Quienes lo vieron destacar, lo despidieron con honores, incluso cuando hacía tiempo que estaba alejado de los grandes focos.

Sus gambetas eran indescifrables, se escapaba de la marca como en un acto de magia y desbordaba por las bandas. Era impredecible cuando tomaba la pelota, los espectadores se levantaban de sus asientos para asistir a otra de sus acciones desequilibrantes

Su nombre era sinónimo del talento de potrero, ese que adquirió en las villas donde se crió y llevó luego a las canchas de primera división. Más allá de que su época de esplendor no abarcó un gran espacio temporal, sí alcanzó para deleitar a propios y extraños, como sucedió en el Mundial de Alemania 1974. Convocado por el entrenador Vladislao Cap, Houseman llevó a tierra europea sus quiebres de cintura, su dinámica cada vez que entraba en juego. Formaba parte por ese año de un Huracán que había conseguido ganar un campeonato meses antes, mientras César Luis Menotti se despedía de su cargo de entrenador para revolucionar el fútbol argentino desde la Selección Nacional. Años luego, René y Menotti se unirían nuevamente para consagrarse.

Durante el campeonato disputado en lares germanos, anotó un gol antológico ante Dino Zoff, el arquero de Italia que archivó su nombre en los libros de historia. Con un gesto técnico propio de su depurada técnica, colocó la pelota por encima de la figura del guardavalla. Tuvo una actuación soberbia ante el combinado transalpino e ilusionaba a los argentinos, pero aquel equipo quedó eliminado en segunda fase. René hacía un arte del engaño. Eran épocas en las cuales los citados del fútbol doméstico se imponían sobremanera en número a los que provenían del fútbol extranjero (recién en aquella Copa del Mundo del ‘74, aparecieron los tres primeros argentinos del ‘exterior’), y el hombre del club de Parque Patricios era una gran figura nacional.

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Desnivelaba una y otra vez. Jugaba con las medias bajas, sin canilleras que protegieran sus piernas, sufriendo una y otra vez los embates de defensores rivales. De cualquier manera, era casi imposible atraparlo una vez cambiaba el ritmo, se deshacía con facilidad de sus perseguidores y patentó varias jugadas. Una de ellas era el caño de costado, cuando aguardaba la llegada del marcador y pasaba la pelota entre sus piernas para irse en libertad hacia dentro. En la otra, se enfrentaba a dos defensores, inventaba una finta inesperada y se escapaba mientras sus adversarios chocaban entre sí.

Su llama, no obstante, comenzó a apagarse de a poco. Fue poco menos de un lustro a gran nivel, partiendo desde la posición del wing. Aún así, Huracán aún lo disfrutaba al tiempo que se mantenía en los lugares de vanguardia del fútbol argentino. Menotti lo conocía tras el título conseguido juntos en 1973, y lo citó para el Mundial del ‘78 en que Argentina sería local. Pese a que se entregó en cuerpo y alma a la causa, su talento fue esporádico y sólo anotó un gol, en la ciudad de Rosario ante Perú. Argentina venció en la final a Holanda con la maravillosa actuación de Mario Kempes, y Houseman alzó la copa. Sus gambetas no tenían ya la asiduidad de antaño, pero había logrado subir al podio, ese sitio por el que tantos méritos había hecho.

Llegó a la élite, se mantuvo y fue pieza importante en la consecución del trofeo más preciado. Se había criado en la ciudad de La Banda, en Santiago del Estero, y pronto se radicó en una villa de Buenos Aires. Era ese su lugar, donde se sentía cómodo y se movía como pez en el agua

Proveniente de una familia de bajos recursos, el hombre casa, como lo bautizó una conocida publicidad, representaba el triunfo de aquellos que siempre quisieron ser y no han podido. Llegó a la élite, se mantuvo y fue pieza importante en la consecución del trofeo más preciado. Se había criado en la ciudad de La Banda, en Santiago del Estero, y pronto se radicó en una villa de Buenos Aires. Era ese su lugar, donde se sentía cómodo y se movía como pez en el agua. Vivía alejado de las estridencias, fuera de las grandes escenas y entregado al fútbol. De hecho, sostuvo alguna vez que compraría una villa en caso de contar con el dinero que quisiese. En entrevista con El Gráfico, durante la pasada década, manifestó: “Vivir ahí fue lo mejor que me pasó. En ningún lugar estaba tan tranquilo como en la villa. Yo era un pibe feliz al que no le faltaba nada, me pasaba el día entero pateando contra un paredón”:

Hacía referencia a la periferia de la ciudad, esos lugares muchas veces discriminados por la sociedad y que suelen trascender por fuera de las grandes luces. Allí, Houseman no necesitaba mucho para crecer haciendo lo que sabía. Jugaba diferentes torneos por plata, e incluso lo hizo siendo jugador profesional. Una tarde, Menotti no lo encontró en el predio de concentración y fue a buscarlo. Le preguntó qué hacía allí apenas arribó a la cancha de tierra y escaso césped; René, sentado en el banco de suplentes, contestó “qué quiere que haga, mire cómo la mueve el wing nuestro”.

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Inclusive, convirtió un gol estando borracho, según comenta en el libro “Esto (también) es fútbol”, de Javier Tabares y Eduardo Bolaños. “Fue contra River, en 1977, jugando para Huracán. Había sido el cumpleaños de mi viejo y llegué a la concentración el día del partido a las 11 de la mañana, totalmente dado vuelta. Me dieron doscientas duchas de agua fría y como mil termos de café. Un poco despabilado quedé, jugué un tiempo y 20 minutos. Hice el gol, pedí el cambio y me fui”, relató.

En aquella nota que le realizara la mítica revista argentina, decía tener miedo a morir. También expresaba ya no tener problemas con el alcohol, un hábito que lo alejó de las canchas conforme a ir deteriorando su vida. Sin un gran sostén económico, recibió pocas ayudas. Sí fue amado en Excursionistas, una institución del ascenso argentino que primero no lo quiso en sus filas de joven, aunque luego lo cobijó en los últimos compases de su carrera. Años antes, había pasado por River, Independiente, el fútbol chileno y hasta el sudafricano.

Lejos del profesionalismo extremo, fue adorado porque siempre cultivó a los fanáticos. Daba muestras en cada intervención de que algo mágico podía suceder. Y eso, todavía en sus horas bajas, era oro para quienes se ilusionaban con su brillantez.

Fuente imagen principal: AP Photo.

Alejandro Barbaro, un argentino al otro lado de Siberia

Alejandro Barbaro, un argentino al otro lado de Siberia

Ya habréis oído hablar del SKA de Jabárovsk. Juanvi Safont radiografió al milímetro a un equipo que no solo vive alejado en la clasificación de la Premier Rusa, sino también a miles de kilómetros de todos sus rivales. «Mi familia está en Buenos Aires y hay 13 horas de diferencia con ellos. Cada vez que quiero hablar con mi hijo se me complica, solo puedo hablar dos veces al día porque cuando aquí es de mañana, en Argentina todavía no han hecho la cena del día anterior. Es mucha diferencia, pero siempre veo el lado positivo de todo».

Alejandro Barbaro (20 de enero de 1992, Lomas de Zamora, Argentina), jugador argentino del SKA, ilustra la dificultad de jugar al otro lado del mundo. Con experiencia en clubes como Banfield o Nacional de Montevideo, llegó a Rusia con la expectativa de poder lucirse y llegar a alguna de las grandes ligas europeas tras curtirse en Sudamérica. «En Nacional pude coincidir con Abreu, Eguren, Fucile, Seba Fernández… Grandes jugadores de los que he aprendido un montón. El mismo Nacho Fernández ha jugado en todos lados y eran una referencia para mí. Nos quedamos con la espina de perder contra Boca y no poder ganar la Libertadores, que es un gran sueño para todos en Uruguay, pero sentir la exigencia de un grande como Nacional y el cariño de toda su gente fue una experiencia maravillosa».

El equipo de Alejandro Barbaro recorre medio continente en cada una de las 15 salidas que marca el calendario liguero desde un rincón bastante ajeno al mundo occidental

El relato de Barbaro resultaría increíble si no tuviéramos un mapa en la mano. Su equipo recorre medio continente en cada una de las 15 salidas que marca el calendario liguero desde un rincón bastante ajeno al mundo occidental. «Tengo dos compañeros que hablan inglés y con ellos tengo más relación, pero para todo lo demás tengo que ir con un traductor al lado que me ayude a relacionarme. Es complicado, pero son sacrificios que uno tiene que hacer».

Fuente: Undergroundfootball.com

A falta de ocho jornadas para el final del campeonato, el colista visitaba esta semana la casa del equipo más en forma del torneo, la del Spartak de Moscú. Sin Barbaro en el once, la estrella fue el veterano portero del SKA, Alexander Dovbnya. Con once paradas, entre ellas un penalti detenido, dejó a los suyos muy cerca de la victoria. «Hay muchos partidos que perdemos por detalles, en los últimos minutos» advertía Barbaro en la entrevista antes del partido. Es el principal mal de «un club grande, con unas instalaciones magníficas que no se ven en todas partes en Sudamérica». Como si de una premonición se tratara, Fernando pondría una falta inalcanzable ya en el tiempo de descuento que dejaría al SKA sin puntos y con una salvación bastante complicada.

«Jugar aquí es difícil. Es otra cultura, otro idioma, otro clima… Incluso otra forma de ver el fútbol. Muchas veces jugamos con cinco defensas y para un delantero a veces es complicado. Pero es una liga que paga bien, con buen nivel y que puede abrirte una puerta a jugar en las grandes ligas. De momento está bien, en verano veremos qué pasa», concluye nuestro protagonista de esta semana.

LA PELEA POR LA LIGA

Fue un partido denso de un Spartak que cerca estuvo de pinchar, en una semana donde Krasnodar y Zenit volvieron a facilitar al Lokomotiv su camino hacia el título con sendos empates a cero ante Dinamo y Rostov. Tan solo el CSKA pareció dar la cara ganando en Chechenia ante el Akhmat Grozny para homenajear a los gemelos Berezutski, que la pasada semana anunciaron su retiro de la selección nacional.

Desde Rusia con Balón, todos los lunes en Underground Football.

Foto de portada: Amurmedia.ru

Tilcara y la selección argentina, entre promesas y verdades

Tilcara y la selección argentina, entre promesas y verdades

Al guía turístico se le iluminan los ojos y muestra una sonrisa amplia que enseña los dientes y el acullico de coca, aplastado contra uno de sus cachetes. Rememora aquella gira de la Selección Argentina en enero de 1986 y se expresa ante los visitantes. “Aquí hizo la preparación el equipo argentino que después se consagró campeón en México, meses más tarde”. Cinco meses antes del Mundial, un grupo de jugadores más Carlos Bilardo y su cuerpo técnico llegaron a Tilcara para comenzar a aclimatarse a los efectos de la altura.

Tilcara, pequeño pueblo de Jujuy, una provincia del Norte argentino que limita con Bolivia, tiene casi 3.000 metros de altitud sobre el nivel del mar, un número similar al que afrontaría el equipo en el Mundial de México. Por aquel entonces, la localidad contaba con solo 2.000 habitantes (hoy llega casi a 10 mil) y recibió con asombro la llegada del grupo de futbolistas que había clasificado a la Copa del Mundo en las últimas circunstancias. Entre ellos, había muchos del fútbol local, aunque se ausentaban figuras como Diego Maradona, Oscar Ruggeri, Jorge Valdano y Jorge Burruchaga dado que jugaban ya para equipos europeos.

Cinco meses antes del Mundial, un grupo de jugadores más Carlos Bilardo y su cuerpo técnico llegaron a Tilcara para comenzar a aclimatarse a los efectos de la altura

El pueblo norteño fue creciendo conforme al paso de las tres décadas hasta hoy en día, tras aquella mini pretemporada que duró una semana y comenzó el día de Reyes Magos. Pero lo que no se modificó fue su esencia, como así también la de su gente, humilde y siempre alegre, al ritmo del folclore y los carnavales. En Tilcara, el tiempo vale unas pocas monedas y todo parece detenerse. Cualquiera que lo visite se siente un mortal más y se libera, rodeado de cerros, montañas, casas bajas, calles angostas y personas siempre serviciales.

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Hacia allí viajó el seleccionado argentino, que se entrenó en canchas de tierra y piedra, dado que los espacios verdes escaseaban. El guía mastica hojas de coca como una costumbre para evitar el apunamiento y la falta de aire en las alturas, rejuntado como una pelota que descansa sobre uno de los costados de la boca. Aquel pueblo es el más turístico de la zona, siempre pintoresca y declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco hace 15 años. A solo 70 kilómetros de San Salvador de Jujuy, la capital provincial que ha dado algunos pasos hacia la modernidad, las localidad de Purmamarca, Humahuaca y Tilcara atraen por su naturalidad y colores únicos.

El camino serpenteante recorre las montañas y hace llegar a las plazas de artesanos. El adobe y el barro sirven como materia prima para la construcción de las casas, pero también para la realización de artesanías cuyas ventas a los turistas significarán un pilar de sustento familiar. El Cerro de los Siete Colores deja atónitos a los visitantes; la explicación está en que la oxidación de los minerales (hierro, azufre, cobre, etc) fue tiñendo la tierra. De cualquier manera, también existe una creencia tan popular como legendaria, así como lo es la Quebrada Humahuaca que rodea los pueblos y al Río Grande. Según diferentes lugareños, el cerro fue pintado durante muchas noches por niños que se aburrían de la monotonía de colores.

Llega la Paleta del Pintor y los matices de colores siguen dominando la escena. En Humahuaca se rinde honor a la Pachamama, la madre tierra, colocando en un pozo cigarrillos, agua, bebidas alcohólicas, hojas de coca, comida cocinada en ollas de barro, cubriendo todo luego con piedras. El objetivo se centra en agradecer a la tierra, hacer un tributo, aguardando que ella espante las heladas, beneficie a los artesanos y permita que los agricultores puedan continuar con su trabajo, una labor sustancial para un estado de bienestar.

En Tilcara, conocían a los jugadores por las revistas El Gráfico, que llegaban siempre unos días luego de su publicación. De hecho, para poder ver los partidos durante la Copa, personas tilcareñas debían subir a la punta del cerro con baterías de auto que posibilitaran la transmisión

Sobre las laderas hay cementerios, puesto que los incas, que conquistaron el territorio mucho tiempo atrás, pensaban que así acercaban a los difuntos al sol. No obstante, si algo identifica a Tilcara, el último pueblo de la quebrada, es su devoción por la Virgen María. En medio de los amistosos ante la gente que oficiaba de local, trabajadores que hacían de sparrings, los jugadores iban de la cancha a un hotel con comodidades básicas y salían a caminar con los habitantes. Sin prisa y bajo un sol que abrasaba, se sentaban en la plaza a tomar mate (infusión tradicional argentina y uruguaya) sin que nada ni nadie interrumpa la tranquilidad. Por aquel entonces, el pueblo estaba revolucionado, aunque no contaba con televisión. Conocían a los jugadores por las revistas El Gráfico, que llegaban siempre unos días luego de su publicación. De hecho, para poder ver los partidos durante la Copa, personas tilcareñas debían subir a la punta del cerro con baterías de auto que posibilitaran la transmisión.

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Hubo amistosos allí y en Humahuaca, con resultados dispares según a quién se cuestione. La información oficial sentencia que el seleccionado ganó dos partidos por 5-0 y 5-1, aunque también gente de lugar manifiesta que ellos se impusieron por tres goles en uno de ellos. El equipo de Bilardo era muy cuestionado en los primeros días de 1986, por la opinión pública y muchísimo más por la publicada. Las críticas se mantuvieron hasta iniciado el Mundial, con jugadores a los que la prensa les auguraba un rápido retorno tras los pobres resultados de la preparación y una convivencia colectiva que, aseguraban los medios, no era óptima.

La información oficial sentencia que el seleccionado ganó dos partidos por 5-0 y 5-1, aunque también gente de lugar manifiesta que ellos se impusieron por tres goles en uno de ellos

Treinta y dos años más tarde de la estadía de los jugadores en los casi 3.000 metros de altura, una duda se mantiene y es motivo de debate nacional. Según los habitantes de Tilcara, los dirigidos por Bilardo y el propio entrenador prometieron a la Virgen de Copacabana del Abra de Punta Corral retornar al pueblo si se coronaban en México. Sin embargo, el plantel argentino nunca regresó y siempre desestimó que haya existido una promesa. En los últimos meses surgió la posibilidad del regreso ante la insistencia del intendente local, Ricardo Romero, pero muchos de los campeones la dejaron de lado. Ante cada participación de Argentina en un certamen mundial, frente a las sucesivas eliminaciones y las tres finales perdidas recientemente de forma consecutiva, la puerta de la historia vuelve a abrirse.

José Luis Brown, Sergio Batista, Oscar Garré, Ruggeri y Bilardo negaron siempre haber hecho un juramento ante la Virgen. Igualmente, los dos primeros visitaron Tilcara unos años atrás, cuando dirigían al seleccionado (entre 2010 y 2011). Los lugareños apuntan a que los hombres del conjunto nacional llegaron a la Iglesia de la Candelaria en el camino a uno de los partidos en aquel enero de 1986. Otras versiones señalan que los futbolistas, atraídos por la devoción de la gente, dijeron que volverían si la Virgen era tan poderosa como se creía y los ayudaba a coronarse con el trofeo.

“Lo de Tilcara para nosotros fue una experiencia muy buena. Si bien el lugar parece inhóspito visto desde afuera, nos acogieron muy bien. La gente nos demostró mucho cariño”, exteriorizó Garré en la serie documental “La Historia detrás de la Copa”, que se puede ver en YouTube. “Nos defraudó la selección. Durante ese tiempo en que estuvo acá, y durante el Mundial, hacíamos las misas pidiendo a la Virgen que la selección ganara. Cada día que ganaba, salíamos a la plaza a festejar. Un paso más, un paso más, y otro”, espeta Sara Vera, dirigente de Pueblo Nuevo -el club que aportó los jugadores contra los que actuaron los dirigidos por Bilardo-, en la misma producción audiovisual.

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Las versiones se retroalimentan y no parece que haya una predisposición de los campeones del ‘86 por volver en grupo a Tilcara para cumplir una promesa que muchos aseguran no haber hecho. Otros habitantes aducen que fue sólo una frase dicha al pasar, pero dicha al fin: “Lo de la promesa a la Virgen fue verdad, aunque digan que no. A ellos les interesaba saber sobre la vida del tilcareño, y les contamos que la gente aquí es muy creyente. No fue una expresión formal, fue al pasar, pero lo dijeron”, dijo David Gordillo, jugador en aquel tiempo de Pueblo Nuevo.

Las excelsas y antológicas intervenciones de Maradona, la flexibilidad táctica de aquel equipo que se fue haciendo conforme a la competencia, el liderazgo de Ruggeri, el nivel sobresaliente de Burruchaga o Valdano, los maravillosos goles ante Italia, Inglaterra o Bélgica -tan asombrosos como el paisaje del norte argentino- derivaron en la consagración. En el medio quedó la baja de Daniel Passarella, capitán del conjunto campeón en 1978, por una intoxicación, o aquella tarde previa al partido frente a Inglaterra en que se debieron confeccionar camisetas nuevas cuando el tiempo apremiaba. Son historias que construyen un relato sin fin. Y entre ellas, la de Tilcara tiene un rol central, en la que existen diferentes verdades.

Batista, cuya palabra es publicada en un artículo del diario Página 12 que retrata las distintas opiniones y relatos de los protagonistas, expresó que fue una de las pretemporadas más duras de su vida. Pero al mismo tiempo, junto a Ricardo Bochini, acepta que se trató de una de las experiencias más lindas. Uno de sus rivales amateurs en las canchas de tierra y piedra, Carlos Cabrera, cierra su testificación en el documental antes mencionado. “La mamita de los cerros se hace escuchar. Quizás en un café digan ‘che, ¿por qué no vamos, comemos un asado con los changos de Tilcara y recorremos los 15 kilómetros hasta la Virgen?’ Puede ser que se destrabe todo, puede que no”.

Fuente imagen principal: La Nación.

Ferro y aquellos gloriosos años ochenta

Ferro y aquellos gloriosos años ochenta

Es un hombre sapiente Carlos Timoteo Griguol. Cerca de los terrenos de juego, fue educador y formador al tiempo que conducía estratégicamente a sus equipos. Hombre inteligente, viejo sabio, durante las décadas del ochenta y noventa dejó su huella indeleble en el fútbol argentino por la filosofía de sus equipos, pero también por hacer crecer a sus dirigidos no solo dentro de la cancha sino también fuera. Alejado del fútbol, vive hoy cerca de la cancha de Ferro, el club donde marcó un hito y fue el líder de una etapa gloriosa, poco más de 30 años atrás.

Llevó al equipo a pelear entre las primeras posiciones durante un lustro, siendo que históricamente Ferro había estado alejado de los puestos de vanguardia. Consiguió dos títulos (’82 y ’84) en aquel período, los únicos de los que goza aún la institución en su palmarés. El barrio de Caballito se vestía de gala cada vez que Ferro jugaba a comienzos de los ochenta, y el fútbol desplegado atraía a mucha gente de zonas cercanas para ver jugar al conjunto. Cosechaba frutos de un progreso ininterrumpido que fue encontrado las meritorias coronaciones.

Con Carlos Griguol, Ferro peleó entre las primeras posiciones durante un lustro, siendo que históricamente había estado alejado de los puestos de vanguardia. Consiguió dos títulos (’82 y ’84) en aquel período, los únicos de los que goza aún la institución en su palmarés

Por esos tiempos, Ferro, un club de barrio tradicional enclavado en el centro de la ciudad de la ciudad de Buenos Aires, era un modelo de gestión a copiar. No solamente se veían los buenos dividendos en el fútbol, en las instalaciones coexistían muchos deportes y los socios se acercaban en masa a practicarlos. Los logros deportivos fueron captando nuevas personas que se acercaban a realizar actividades recreativas, en años donde los gimnasios no existían. Se construían relaciones y el club evolucionaba. De esa manera, el porvenir de los títulos no era una quimera, más bien se configuraba como la respuesta a las correctas administraciones.

Griguol fue contratado con la idea específica de alejarse por completo de los puestos de descenso. Poco a poco, de arrimarse al podio pasó a subirse al primer escalón. Al Verde había llegado por su relación con León Najnudel, a quien conocía de Atlanta en sus días como jugador. Precisamente Najnudel fue el conductor del equipo de básquet de Ferro que se coronó a nivel local y sudamericano, y luego sería el padre de la liga nacional con un nuevo formato de disputa y su modernización. Decididamente, León se constituyó en uno de los ejes principales del crecimiento argentino en básquetbol. Las ideas de Griguol calaron hondo en el equipo instantáneamente, y no era raro verlo reunido junto al entrenador de básquet con el objetivo siguiente de replicar movimientos en su deporte.

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Durante 1981, amenazó a los dos grandes del país con quitarle la corona, aunque no pudo superar al Boca de Diego Armando Maradona y al River de Mario Alberto Kempes. Fue así que no se consagró en el Metropolitano ni en el Nacional, pero comenzaba a avizorarse como un hueso duro de roer. Lejos de dejarse llevar por las dos finales perdidas, el entrenador solicitó a la dirigencia comandada por Santiago Leyden y Ricardo Etcheverri que no vendieran jugadores y sostuviesen la base. El año siguiente sería histórico.

Ante la cercanía de la Copa del Mundo de España 1982, se invirtió la forma de jugar los certámenes y el Nacional se disputó primero, dado que era más breve. Ferro jugó 22 partidos y logró ser campeón invicto, habiendo ganado 16 partidos y empatado los seis restantes. Se tomó revancha en la final ante Quilmes, al que derrotó como local por 2-0 tras el empate sin goles en la ida. Era el triunfo de la humildad, de un equipo modesto que había sabido crecer bajo las sombras. Aquel torneo tuvo la singularidad de que ninguno de los equipos grandes pudo pasar la primera ronda y llegar a cuartos de final; la decisión de César Luis Menotti y la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) de no poder utilizar a los jugadores que serían convocados para el Mundial jugó un papel fundamental. Durante ese semestre, no jugaron Maradona, Daniel Passarella, Ramón Díaz, Juan Barbas ni Ubaldo Fillol, entre otros.

Ferro salía al campo bajo el sistema de 4-3-3, aunque era un equipo que apostaba por el orden y tenía un gran compromiso holístico dentro del campo. Los jugadores eran solidarios y formaban una base sólida impenetrable. Era un equipo muy físico que apabullaba a los rivales más allá de no conseguir grandes diferencias en el marcador. Fue cultor del pressing en campo rival y atacaba siendo directo, con asociaciones de calidad. En caso de no poder recuperar alto, inmediatamente los once futbolistas se agrupaban detrás de la línea del balón para no permitir que el rival trascienda. Tuvo varios nombres propios el campeón, como Héctor Cúper (hoy entrenador del seleccionado de Egipto), Juan Rocchia (el líder de la zaga), Claudio Crocco y Miguel Ángel Juárez. Este último, que había llegado como apuesta, acabó convirtiendo 22 goles y fue el máximo artillero.

“Al empezar este año, me reuní con todos los jugadores y les dije que Ferro tenía que ser campeón en todo: partidos ganados, goleadores, defensa menos vencida, y por supuesto con el título. Ahora que llegó el final, siento que no me defraudaron. ¿Nuestras razones? Orden, respeto y disciplina. Y una institución que nos brindó un apoyo emocionante” – Carlos Griguol, entrenador de aquel equipo

Minutos antes de la finalización del encuentro ante Quilmes, los hinchas saltaron al campo de juego. Desbordados de emoción, no pudieron aguantar el poco tiempo que faltaba con el fin de celebrar. Los verdolagas tenían una defensa férrea, un mediocampo que brindaba equilibrio y una delantera con mucho talento. Carlos Arregui era incansable de un área a otra, situado al lado de Gerónimo Saccardi, un mediocentro de galera y bastón. Los laterales se proyectaban hacia el ataque -entre ellos, Oscar Garré, que luego sería campeón mundial con Argentina en 1986- y la dinámica ofensiva pasaba por las botas del paraguayo Adolfino Cañete. Asimismo, comenzaba a mostrar sus grandes maneras Carlos Alberto Márcico, para pasar a tener mucho más lugar en el equipo.

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Fue en 1983 que el equipo terminó tercero en la tabla de posiciones, aunque en 1984 repitió el título. Perdió un solo partido y derrotó en la final a River, con una base de futbolistas parecida a la que había llegado a la gloria dos años antes. Fue 3-0 en el Monumental, en una tarde que aún se recuerda en Caballito como la más importante en 113 años de vida del club, y ventaja por la mínima como dueño de casa. Tampoco pudo finalizar el partido de vuelta, con incidentes en la tribuna visitante. Días después, la federación dio por ganado el partido a los de Griguol, que ya habían festejado sin miramientos la tarde de la suspensión.

Mantenía sus  señas identidad, pero el Beto Márcico le había dado un salto de calidad inigualable. De una técnica muy depurada, se había convertido en el conductor. Así como los jugadores parecían multiplicarse en el campo propio y todos ayudaban en los relevos, en ofensiva el equipo se juntaba con la pelota y creaba con fases largas de posesión. Ya no estaban Rocchia, Saccardi y Crocco, pero la aparición de nuevos juveniles era un complemento perfecto y el equipo repetía el título. El arquero Eduardo Basigalup, el defensa Oscar Agonil y las fantasías de Cañete tuvieron su rol preponderante en la conquista.

Las copas Libertadores del ‘83 y el ‘85 tuvieron a Ferro entre sus participantes, aunque el equipo del Oeste no pudo superar la primera fase en ambas ediciones. Fue un período próspero para el club, que entre los festejos en el ámbito profesional acumulaba cerca de 50.000 socios que desarrollaban cualquier actividad. Griguol dirigió desde 1979 por ocho años al equipo en su primera etapa, y volvió en 1988 posteriormente a un año a cargo de River. En 1993 dijo adiós, habiendo dejado atrás ambos títulos y un legado que propició el crecimiento de todas las disciplinas. Sin embargo, el club ya no era el mismo.

Las correctas gestiones dieron paso a malos manejos, y todas las cuestiones favorables fueron arrojadas por la borda. Ferro nunca pudo regresar a sus mejores días y jugó su último partido en primera división allá por julio de 2000. Su estadio de tablones de madera había sido escenario de grandes cotejos del fútbol argentino

Las correctas gestiones dieron paso a malos manejos, y todas las cuestiones favorables fueron arrojadas por la borda. Ferro nunca pudo regresar a sus mejores días y jugó su último partido en primera división allá por julio de 2000. Su estadio de tablones de madera había sido escenario de grandes cotejos del fútbol argentino, el sitio de las consagraciones con Timoteo. La pendiente del tobogán lo hizo descender a la B Metropolitana (tercera categoría) y, a fines de 2002, fue sentenciada la quiebra. Llegó un gerenciamiento que se mantuvo largos años controlando las finanzas del club, mientras una dirigencia residual se reunía a cada instante analizando cómo devolver el club a la gente. Los socios son, desde tiempos originarios, los verdaderos dueños de los clubes en el fútbol argentino. Sobre todo, las instituciones son sitios de encuentro de la comunidad.

No obstante, todo tiene una culminación y hubo una nueva piedra basal. El 23 de diciembre de 2014, cuando el club corría riesgo de desaparecer, llegaron los avales y Ferro volvió a nacer. La masa societaria, que había bajado considerablemente, despegó otra vez y pasó de 8.000 personas al doble. Actualmente, el 100% de los adheridos llega a las instalaciones a realizar alguna actividad. Las divisiones formativas dieron un pase adelante, el estadio modernizó su estructura y se inauguró un nuevo jardín de infantes y la escuela primaria. Lejos quedaron los días en que llegó al summum, pero el club del ferrocarril, hoy en segunda división, sueña con volver a ser.

Fuente imagen principal: Los Juegos Sagrados.

El futuro pasa por Leandro Paredes

El futuro pasa por Leandro Paredes

El Zenit de San Petersburgo está construyendo los cimientos para convertirse en una dinastía, con oportunidades de ganar títulos como nunca antes. A los ojos del público, el plantel del equipo ruso puede pasar desapercibido, pero posee futbolistas de gran calidad técnica y entendimiento táctico, además de un balance entre la voracidad de los jóvenes y la experiencia de los veteranos. Uno de sus mayores exponentes es Leandro Paredes, llegado desde Roma hace apenas unos meses. El mediocampista defensivo argentino, que comenzó actuando como nexo entre el centro del campo y los delanteros cuando jugaba en Boca Juniors, aprendió de los mejores profesores mientras duró su aventura en tierras italianas, y mutó su posición de la mano de Luciano Spalletti en la capital, tras su estadía en Empoli. El puesto evolucionó, y en Europa comienzan a dominar los futbolistas de su estilo. La venta al Zenit obligó  a Monchi a tener que reemplazarlo, y eligió ,en consecuencia, a Lorenzo Pellegrini, proveniente del Sassuolo. Aunque Paredes disponga de mayor visión estratégica, en una plaza centrada en lo defensivo ambos cuentan con la ventaja de conocer en profundidad las zonas altas del campo.

El mediocampista defensivo argentino, que comenzó actuando como nexo entre el centro del campo y los delanteros cuando jugaba en Boca Juniors, aprendió de los mejores profesores mientras duró su aventura  en tierras italianas

A pesar de haber sido titular indiscutido, el paso a préstamo por el Empoli no le permitió, por razones de engranaje táctico, mostrar sus mejores atributos. Marco Giampaolo prefería colocar dos puntas (Maccarone y Pucciarelli) y eso forzó al argentino, ya consolidado como mediocampista defensivo, a recurrir al pase corto y al juego asociado, impidiéndole mostrar lo que mejor sabe hacer: quitar prolijamente el balón, gambetear para generar espacio, y jugar largo para alguno de sus dos compañeros en banda, los encargados de tejer el ataque. También pudimos verle, por una cuestión de inmadurez y prematura inclusión en el once titular, falencias a la hora del retroceso. Estos fallos, sobre los que trabajó Spalletti en Roma, fueron los responsables de que su impacto en Europa no fuera inmediato. A día de hoy le siguen persiguiendo, razón por la cual Jorge Sampaoli considera que otros futbolistas están más capacitados que el ex Boca para salir de arranque en el seleccionado argentino. Percibe en Ever Banega, Enzo Pérez y Lucas Biglia un orden del cual carece el nacido en San Justo.

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Su irrupción en la capital fue abrupta. Protagonistas de clase mundial como Mohamed Salah y Stephan El-Shaarawy se potenciaron con la ubicación de Paredes en la medular. Además, al saber cuando recurrir al toque de primera, le facilitó el armado de la ofensiva por carriles internos a Radja Nainggolan, pues la subida se le simplificaba al contar con un pivote de tanta habilidad como Leandro. En Italia  hubo discrepancias acerca de si su salida iba a implicar una baja considerable para la Roma. Lo cierto es que hubo una correlación positiva entre la titularidad de Paredes y los triunfos romanos sobre el final de la temporada anterior. De los once encuentros finales, fue titular en siete, y todos terminaron exitosamente. Cuando no alineó, se produjeron dos victorias (goleada 3-0 a Bologna y ajustado  3-2 frente Genoa), un empate (1-1 ante Atalanta) y una derrota (caída contra Lazio por 1-3). En el presente, quien tomó la titularidad fue Kevin Strootman, que se benefició con el cambio de esquema. La base continúa estando, pero el rombo central (Nainggolan-De Rossi-Strootman), más ajustado, acercó a Nainggolan a los gestadores, sector que la pasada campaña no frecuentó debido a la presencia de nuestro protagonista, situación que lo catapultaba y liberaba de obligaciones.

Es sólo cuestión de tiempo para que Paredes sea de la partida en la Selección. Resta que Sampaoli le conceda la oportunidad y que él, como hizo cada vez que se la dieron, la aproveche…

Es sólo cuestión de tiempo para que Paredes sea de la partida en la Selección. Circunstancias tales como su apresurada salida de Boca, la cesión al Empoli, club pequeño al cual llegó luego de asomar en uno grande de la Argentina, y la venta de la Roma cuando atravesaba un momento fantástico, lo han convertido en un futbolista maduro, listo para enfrentar cualquier obstáculo que se le presente en el futuro. Resta que Sampaoli le conceda la oportunidad y que él, como hizo cada vez que se la dieron, la aproveche…

Fuente imagen principal: Epsilon/Getty Images.

Lamadrid y la prisión, una relación histórica

Lamadrid y la prisión, una relación histórica

El título de 1977 es un bálsamo para General Lamadrid. Significa su primera consagración y el ascenso de la Primera D, última categoría del fútbol argentino, hacia la C. Pero por aquel tiempo se iniciaba la dictadura militar más sangrienta y trágica de la historia nacional, y no era extraño que sobre el campo de juego aterrizaran helicópteros que traían gente encapuchada rumbo a la cárcel. Es que frente a la cancha del humilde club se encontraba el presidio, un establecimiento que se asentó previamente a la institución deportiva y que aún hoy funciona a su lado. Solo los separa una angosta calle y, durante más de medio siglo, la cárcel y el club han construido una relación de amor y odio que da lugar a muchas historias.

A día de hoy, Lamadrid se encuentra nuevamente en la divisional más baja, afrontando una competencia de la que le ha costado salir y a la que volvió más rápido que tarde tras sendos ascensos. Es un club de barrio más en Argentina, de esos que generan un arraigo que trasciende límites y son bastiones de identidad de los sitios donde están ubicados. Además de fútbol, allí se practican otras disciplinas deportivas y las instalaciones son muy serviciales para contener a los jóvenes. Villa Devoto, el sitio que aloja la pasión, se encuentra en Buenos Aires, aunque es un lugar de casas bajas en el que se vive alejado del fervor de Capital Federal.

Lamadrid se encuentra nuevamente en la divisional más baja, afrontando una competencia de la que le ha costado salir y a la que volvió más rápido que tarde tras sendos ascensos

El apodo de los hinchas del club ha sido tradicionalmente el de Carceleros. Pese a que en principio fue tomado como una consideración despectiva, pronto lo tomaron como propio. Y desde las tribunas a las ventanas enrejadas del predio penitenciario, las idas y vueltas han sido infinitas. Los aficionados protagonizan peleas dialécticas con los presos, más aún tras las decisiones gubernamentales de prohibir el ingreso de público visitante a las canchas de cualquier categoría. Así como para quienes están encerrados el fútbol es un motivo para evadirse de la oscuridad por unos instantes, los locales encuentran un rival con quien entablar los clásicos cantos de tribuna. Las miradas y gritos viajan de un sentido a otro, aunque no pasen de eso, y los convictos utilizan lo que tienen a su alcance para demostrar a quién apoyan: toallas de colores afines a la escuadra contraria, o camisetas que consiguen en la semana y les alcanzan las visitas.

Desde los pabellones que dan una vista privilegiada del campo, los apoyos al dueño de casa o al equipo visitante se multiplican. Existen casos de reos que alientan al adversario de Lamadrid y cambian de camiseta cada fin de semana, aunque también están quienes se volvieron fanáticos de la entidad blanquiazul después de ingresar al penal y observar cada partido del equipo por largos años. Un claro ejemplo es el de Mario Loco Oriente, hincha de Boca que fuera detenido en la década del ‘50; una vez que salió en libertad, se asentó en el barrio, atendió el buffet del club y hasta compuso su himno oficial.

Un centenar de pelotas, en tanto, van a parar al patio de la cárcel durante el año. Cada vez que llega una nueva, devuelven una vieja. Los presos también patean el balón como pasatiempo, y han llegado a hacerlo en la propia cancha de Lamadrid en jornadas de recreación

Un centenar de pelotas, en tanto, van a parar al patio de la cárcel durante el año. Cada vez que llega una nueva, devuelven una vieja. Los presos también patean el balón como pasatiempo, y han llegado a hacerlo en la propia cancha de Lamadrid en jornadas de recreación. El vínculo entre los dos ámbitos tuvo quiebres sentimentales, partidos en que presos e hinchas se fusionaron y también un nexo que trajo consigo las discusiones históricas por los terrenos del club. La prisión data de 1927, y Lamadrid fue fundado en 1950 por jóvenes deportistas de la región en un campo empedrado. Desde aquel tiempo a la actualidad, la entidad que milita en la D nunca ha tenido su territorio escriturado, y observó en numerosas oportunidades cómo el Servicio Penitenciario Nacional intentó tomar sus sectores. El punto álgido se dio en 1963, cuando guardiacárceles tomaron parte del predio que hoy se usa como depósito de camiones y que, de cierta manera, hasta esconde al club detrás de la mole. Por esos días, los hinchas se atrincheraron en las instalaciones y evitaron la usurpación. De hecho, construyeron un muro en una noche que salió en diagonal, y nunca más lo remodelaron. Acaso porque rememora aquellos momentos en que la gente del barrio dijo presente para salvar al equipo.

General Lamadrid es el único club del que se tenga registros en el mundo cuya cancha se ubique frente a una prisión. La directiva y los simpatizantes prefieren que la cárcel se mude cuanto antes, porque de ese modo atraerían más a las personas de la zona y podrían agrandar su aún módico presupuesto, aunque la promesa de que en 2015 sería trasladada aún no se cumplió. No obstante, la relación que se ha construido no escapa de ninguna manera a su identidad. El establecimiento correccional de Devoto es el único que queda en pie en la Ciudad de Buenos Aires, y pocas veces su infraestructura ha sido renovada. Dentro de sus celdas se dio el trágico motín de 1987 en que la quema de colchones propició 61 muertes, y de ellas se escaparon dos delincuentes que alcanzaron notoriedad en la Argentina: Luis Valor y Hugo Sosa.

Los relatos se suceden y se cruzan a cada paso. Al equipo supo dirigirlo en la década del ‘80 Juan Carlos Chango Cárdenas, autor de gol en 1967 que dio a Racing el título de Copa Europeo Sudamericana ante Celtic de Escocia. En medio de la campaña que finalizó con ascenso, los hinchas de Racing presos realizaban gestos de admiración y otros le pasaban información de jugadores contrarios. General Lamadrid, nombre proveniente de un ex militar argentino -la acepción también deriva de la leyenda de un español que atendía el bar frente al estadio y expresaba ofuscado “no soy gallego, soy de la Madrid”-, es un club que forzó su historia con el apoyo de socios a lo largo de los años.

Al equipo supo dirigirlo en la década del ‘80 Juan Carlos Chango Cárdenas, autor de gol en 1967 que dio a Racing el título de Copa Europeo Sudamericana ante Celtic de Escocia

Ahora mismo, el equipo de camiseta azul atravesada por una franja blanca se adentra en una nueva esperanza con el inicio del certamen. El sexto puesto alcanzado en la temporada pasada le permitió clasificar al Reducido (compiten por un segundo ascenso aquellos equipos ubicados entre el segundo y octavo puesto de la tabla), aunque la ilusión se desmoronó temprano. El Enrique Sexto, que posee capacidad para 3.500 personas aunque cada fin de semana acoge no más de 500, ve iniciarse una nueva ilusión, mientras los hinchas vuelven a cruzarse con aquellos que apoyan al Lama o al rival tras las rejas y a distancia de tan solo una calle angosta.

Fuente imagen principal: Globedia.