Cuando uno entra a un estadio de fútbol, las historias se suceden. Un número determinado de personas tiene su propio relato, su visión, algo que cuenta y que incluye perspectivas parecidas o diametralmente opuestas. Pero es algo que siempre puede, y debe, ser contado. Algunas de esas historias tienen que ver con lo que pasa en sus vidas; otras tienen que ver con las vidas de otro. Pero todas ellas tienen que ver con una pelota, tres jueces (o alguno más) y veintidós jugadores, con un grupo de personas en el banquillo y otros catorce involucrados más, testigos todos ellos, de los cuentos, de los mitos y de las leyendas que surgen a partir de lo que pasa. Algo que acaricia lo divino y, al mismo tiempo, surge desde lo terrenal, de lo humano, de la vinculación que hay entre error y acierto. La cancha siempre cuenta una historia y cada uno cuenta la suya. Se puede creer o no, pero eso siempre estará ahí.

Quizá Marco Reus cuente la suya desde una perspectiva divina, aunque eso no tiene que implicar que sea un fußbalgott, que para más de un aficionado del Borussia Dortmund y teutón lo será. Reus puede contar la historia de su propia resurrección a través de unas enseñanzas morales de lo que es correcto y lo que no. En esa perenne metáfora de creer en lo que no parece posible o probable, Reus bien podría encarnar un auténtico via crucis sobre el verde. Un auténtico Jesucristo de amarillo y negro cuyo camino nunca fue el más sencillo por culpa de su estado físico o de algunas malas decisiones, sean de él o de otros, eso es lo de menos.

Marco Reus es un auténtico Jesucristo de amarillo y negro cuyo camino nunca fue el más sencillo por culpa de su estado físico o de algunas malas decisiones, sean de él o de otros, eso es lo de menos.

Marco Reus hoy está en la lista de los veintitrés imprescindibles de Joachim Lów. Los alemanes han viajado a Rusia con más dudas que certezas, a pesar de su relativamente sencilla e inmaculada clasificación para la cita mundialista. El verde de los estadios que cuenta historias, también tiene algo de justicia, debido al camino que ha recorrido ese joven rubio, de 1,81 metros de altura, facciones teutonas clásicas y una habilidad para interpretar el juego como lo hacen los elegidos. Una historia con épica que busca su cenit, su cima particular.

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Como todo relato, es necesario dibujar un contexto que recuerde de qué clase de futbolista estamos hablando. Marco, nacido en la misma ciudad de Dortmund, no fue profeta en su tierra hasta que le llegó su oportunidad en 2012. Antes, le costó alcanzar una altura “aceptable” para ser admitido entre los juveniles del Dortmund. Pese a haberse desarrollado en su Borussia desde la temprana edad de 7 años, a Reus le dijeron “que se buscase la vida” en otros clubes. Le faltaba “condición física” y “mentalidad” para poder tener oportunidades en el primer equipo. Así que, como otros tantos chicos que buscan su camino en el fútbol profesional (algo que él eligió por encima de ser un gran estudiante), ingresó en el filial de un modesto equipo del Rot-Weiß Ahlen, un pequeño equipo de una pequeña ciudad a una hora de camino hasta Dortmund, y que pronto se le quedaría pequeña a Marco Reus. Su ascenso al primer equipo fue una cuestión de meses. Allí habían decidido bien, muy al contrario de lo que parecieron decidir los técnicos del Borussia aurinegro. Se convirtió en un héroe, pese a que sus cifras se podrían considerarse discretas. Debutó en la entonces tercera categoría del fútbol alemán y conseguiría uno de los goles que le daba el ascenso al Rot-Weiß Ahlen al fútbol profesional, frente al conocido e histórico Osnabrück. En ese equipo, Reus aún no era el jugador que era hoy día: recibía, de manera habitual, en zona de interiores. Canalizaba más que finalizaba; hacía jugar, más que sacar provecho del juego colectivo. Fueron esos años donde Reus aprendió a leer mejor el juego, a interpretarlo y consagrarle como el mediapunta que estaba destinado a ser en un futuro inmediato.

Fueron sus años en el Rot-Weiß Ahlen donde Reus aprendió a leer mejor el juego, a interpretarlo y consagrarle como el mediapunta que estaba destinado a ser en un futuro inmediato.

Un futuro que apuntaba a incógnita. Por entonces, el Borussia Mönchengladbach miraba más hacia abajo que a las zonas nobles de la tabla. Lo entrenaba el conocido Michael Frotzeck. Reus había sido desplazado a la banda y, pese a que encaja en el once titular, sus actuaciones pasan bastante desapercibidas. Ocho goles y cuatro asistencias es su bagaje en liga, con un entrenador que pertenecía más a una escuela clásica y que no explotaba el potencial suficiente a los futbolistas. Eso se demostraría la temporada siguiente, donde Lucièn Favre sustituye a Frontzeck, tras una desastrosa primera vuelta y con una situación que parecía desembocar hacia un nuevo descenso a segunda, tal como había pasado tres temporadas atrás. El técnico helvético, clave para el desarrollo del propio Marco Reus o Marc André ter Stegen, era alguien conocido por su pasado en el Hertha Berlín. Favre salva al equipo, destapa a Reus y lo convierte en una segunda punta que cae a banda, que se mueve con libertad por todo el frente atacante. Ese 1-4-4-2 hace que Reus eclosione al amparo del Borussia Park. Diez goles y nueve asistencias para un equipo que consigue salvarse en la promoción, casi in extremis.

Favre salva al equipo, destapa a Reus y lo convierte en una segunda punta que cae a banda, que se mueve con libertad por todo el frente atacante. Ese 1-4-4-2 hace que Reus eclosione al amparo del Borussia Park

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Prácticamente la misma plantilla en la 2011-12 para afrontar una temporada histórica. Reus se destapa como una de las grandes claves de ese equipo a mediados de 2012: 18 goles y 8 asistencias ayudan al Gladbach a clasificar para la ronda previa de Champions League. Es entonces cuando en Dortmund, cuatro años después de que Reus se marchase por la puerta trasera de Ardystraße, paga 17 millones de euros por su pase. Reus encaja con Klopp casi al instante. El 1-4-2-3-1 del hoy técnico del Liverpool con aquel Dortmund va a las mil maravillas. Pese a todo, el Dortmund queda a unos 25 puntos del Bayern de Heynckes, en la que los bávaros hacen un triplete histórico; al fin y al cabo, ese Borussia Dortmund que explota los espacios como nadie, que revienta a los rivales a través de sus contras, se había encontrado con problemas en la construcción de juego. A pesar de todo eso, Reus encuentra en Robert Lewandowski un socio inestimable y consigue anotar 14 goles en Bundesliga y dar 10 asistencias, amén de ser finalistas en Champions League.

En la selección nacional, las opciones de consolidarse con un puesto no paraban de crecer; Joachim Löw intentaba construir un equipo que pelease por el título Mundial en 2014, tras caer con España cuatro años antes, y con Italia en la Eurocopa de 2012, ambas en semifinales. Marco había entrado ya en la lista en 2012 pero no obtuvo plaza de titular hasta el paso a 2013, la verdadera temporada de su consagración con el Dortmund a nivel individual. Reus no solo era bueno yendo al espacio, sino bajando una marcha, recibiendo de cara y haciendo girar a todo su equipo entre líneas; el alemán hace mejor a Lewandowski y viceversa, pero nuevamente se ve opacado por un doblete del Bayern de Pep Guardiola. Ante la falta de nueves en la selección alemana, los mediapuntas toman el relevo y Reus se erige como un jugador tan valioso como lo es Thomas Müller. Había sido una temporada convulsa para el Dortmund, una muy mala primera vuelta termina con los aurinegros en descenso. Una buena segunda vuelta les lleva hasta la séptima plaza. Las cifras y el impacto de Reus esa temporada eran discretas debido, entre otras cosas, a las sucesivas molestas y lesiones musculares.

Cuando se disponía a comenzar el Mundial de 2014, Alemania se encuentra con la mala noticia de una nueva lesión de Marco: el tobillo le deja fuera del que, a la postre, sería el cuarto entorchado mundialista para la Mannschaft. Las siguientes dos temporadas han sido un calvario. Pasaban muchos sucesos alrededor de Reus y del cuadro aurinegro. Tres entrenadores distintos en menos de tres años, temporadas discretas y con la sensación de que el Dortmund aún no ha podido superar del todo a Jürgen Klopp.

Tras el Mundial de 2014, que se perdió por una lesión en el tobillo, las siguientes temporadas fueron un calvario para Marco Reus

Thomas Tuchel devuelve a Reus a un nivel alto, pero en el desarrollo de la segunda temporada del exentrenador del Mainz en el banquillo aurinegro fue peor debido, entre otras cosas, a una a la prolongada ausencia de Reus, uno de los líderes y capitanes del equipo. El Dortmund gana la Copa nacional, pero no convence. Diferentes desacuerdos entre entrenador y directiva hacen que Tuchel se vaya y venga Peter Bosz como segunda opción, por lo difícil que estaba la contratación del entonces técnico del Niza, Lucièn Favre, otra vez en escena. El neerlandés Bosz, que venía con una fama de ser un entrenador de ser continuista con la atractiva propuesta de Tuchel, consigue un arranque de temporada fulgurante en Bundesliga y dubitativo en Champions, terminando con el neerlandés fuera del club y la contratación, en el parón invernal, del despedido técnico del Colonia, Peter Stöger. Tiempos convulsos donde lo único bueno es la recuperación total de Marco, quien se había pasado prácticamente todo 2017 en el dique seco.

Sus problemas con las lesiones no han impedido demostrar que, una y otra vez, Reus está entre los elegidos para llevar a la selección alemana a conseguir una reedición del titulo conseguido en Brasil. Reus se ha encontrado crucificado por las lesiones, un camino de espinas, de subida a los cielos y bajada a los infiernos. Su vuelta, a con 29 años recién cumplidos, puede considerarse como una resurrección, como un milagro de que no está todo perdido y aún puede seguir siendo ese jugador importante y con impacto suficiente en la selección. No será fácil, pero… ¿Quién dijo que lo fuera?.

Fuente imagen principal: Agencias.

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