Un pueblo no olvida a quien lo ilusiona. René Houseman entusiasmó a cada argentino en los albores de la década del ‘70. Sus gambetas eran indescifrables, se escapaba de la marca como en un acto de magia y desbordaba por las bandas. Era impredecible cuando tomaba la pelota, los espectadores se levantaban de sus asientos para asistir a otra de sus acciones desequilibrantes. Por lo generado en aquel tiempo se explica, aún en estos tiempos donde todo es urgencia y la noticia algo efímero, el vacío que causó su fallecimiento a los 64 años en el último mes de marzo. Quienes lo vieron destacar, lo despidieron con honores, incluso cuando hacía tiempo que estaba alejado de los grandes focos.

Sus gambetas eran indescifrables, se escapaba de la marca como en un acto de magia y desbordaba por las bandas. Era impredecible cuando tomaba la pelota, los espectadores se levantaban de sus asientos para asistir a otra de sus acciones desequilibrantes

Su nombre era sinónimo del talento de potrero, ese que adquirió en las villas donde se crió y llevó luego a las canchas de primera división. Más allá de que su época de esplendor no abarcó un gran espacio temporal, sí alcanzó para deleitar a propios y extraños, como sucedió en el Mundial de Alemania 1974. Convocado por el entrenador Vladislao Cap, Houseman llevó a tierra europea sus quiebres de cintura, su dinámica cada vez que entraba en juego. Formaba parte por ese año de un Huracán que había conseguido ganar un campeonato meses antes, mientras César Luis Menotti se despedía de su cargo de entrenador para revolucionar el fútbol argentino desde la Selección Nacional. Años luego, René y Menotti se unirían nuevamente para consagrarse.

Durante el campeonato disputado en lares germanos, anotó un gol antológico ante Dino Zoff, el arquero de Italia que archivó su nombre en los libros de historia. Con un gesto técnico propio de su depurada técnica, colocó la pelota por encima de la figura del guardavalla. Tuvo una actuación soberbia ante el combinado transalpino e ilusionaba a los argentinos, pero aquel equipo quedó eliminado en segunda fase. René hacía un arte del engaño. Eran épocas en las cuales los citados del fútbol doméstico se imponían sobremanera en número a los que provenían del fútbol extranjero (recién en aquella Copa del Mundo del ‘74, aparecieron los tres primeros argentinos del ‘exterior’), y el hombre del club de Parque Patricios era una gran figura nacional.

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Desnivelaba una y otra vez. Jugaba con las medias bajas, sin canilleras que protegieran sus piernas, sufriendo una y otra vez los embates de defensores rivales. De cualquier manera, era casi imposible atraparlo una vez cambiaba el ritmo, se deshacía con facilidad de sus perseguidores y patentó varias jugadas. Una de ellas era el caño de costado, cuando aguardaba la llegada del marcador y pasaba la pelota entre sus piernas para irse en libertad hacia dentro. En la otra, se enfrentaba a dos defensores, inventaba una finta inesperada y se escapaba mientras sus adversarios chocaban entre sí.

Su llama, no obstante, comenzó a apagarse de a poco. Fue poco menos de un lustro a gran nivel, partiendo desde la posición del wing. Aún así, Huracán aún lo disfrutaba al tiempo que se mantenía en los lugares de vanguardia del fútbol argentino. Menotti lo conocía tras el título conseguido juntos en 1973, y lo citó para el Mundial del ‘78 en que Argentina sería local. Pese a que se entregó en cuerpo y alma a la causa, su talento fue esporádico y sólo anotó un gol, en la ciudad de Rosario ante Perú. Argentina venció en la final a Holanda con la maravillosa actuación de Mario Kempes, y Houseman alzó la copa. Sus gambetas no tenían ya la asiduidad de antaño, pero había logrado subir al podio, ese sitio por el que tantos méritos había hecho.

Llegó a la élite, se mantuvo y fue pieza importante en la consecución del trofeo más preciado. Se había criado en la ciudad de La Banda, en Santiago del Estero, y pronto se radicó en una villa de Buenos Aires. Era ese su lugar, donde se sentía cómodo y se movía como pez en el agua

Proveniente de una familia de bajos recursos, el hombre casa, como lo bautizó una conocida publicidad, representaba el triunfo de aquellos que siempre quisieron ser y no han podido. Llegó a la élite, se mantuvo y fue pieza importante en la consecución del trofeo más preciado. Se había criado en la ciudad de La Banda, en Santiago del Estero, y pronto se radicó en una villa de Buenos Aires. Era ese su lugar, donde se sentía cómodo y se movía como pez en el agua. Vivía alejado de las estridencias, fuera de las grandes escenas y entregado al fútbol. De hecho, sostuvo alguna vez que compraría una villa en caso de contar con el dinero que quisiese. En entrevista con El Gráfico, durante la pasada década, manifestó: “Vivir ahí fue lo mejor que me pasó. En ningún lugar estaba tan tranquilo como en la villa. Yo era un pibe feliz al que no le faltaba nada, me pasaba el día entero pateando contra un paredón”:

Hacía referencia a la periferia de la ciudad, esos lugares muchas veces discriminados por la sociedad y que suelen trascender por fuera de las grandes luces. Allí, Houseman no necesitaba mucho para crecer haciendo lo que sabía. Jugaba diferentes torneos por plata, e incluso lo hizo siendo jugador profesional. Una tarde, Menotti no lo encontró en el predio de concentración y fue a buscarlo. Le preguntó qué hacía allí apenas arribó a la cancha de tierra y escaso césped; René, sentado en el banco de suplentes, contestó “qué quiere que haga, mire cómo la mueve el wing nuestro”.

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Inclusive, convirtió un gol estando borracho, según comenta en el libro “Esto (también) es fútbol”, de Javier Tabares y Eduardo Bolaños. “Fue contra River, en 1977, jugando para Huracán. Había sido el cumpleaños de mi viejo y llegué a la concentración el día del partido a las 11 de la mañana, totalmente dado vuelta. Me dieron doscientas duchas de agua fría y como mil termos de café. Un poco despabilado quedé, jugué un tiempo y 20 minutos. Hice el gol, pedí el cambio y me fui”, relató.

En aquella nota que le realizara la mítica revista argentina, decía tener miedo a morir. También expresaba ya no tener problemas con el alcohol, un hábito que lo alejó de las canchas conforme a ir deteriorando su vida. Sin un gran sostén económico, recibió pocas ayudas. Sí fue amado en Excursionistas, una institución del ascenso argentino que primero no lo quiso en sus filas de joven, aunque luego lo cobijó en los últimos compases de su carrera. Años antes, había pasado por River, Independiente, el fútbol chileno y hasta el sudafricano.

Lejos del profesionalismo extremo, fue adorado porque siempre cultivó a los fanáticos. Daba muestras en cada intervención de que algo mágico podía suceder. Y eso, todavía en sus horas bajas, era oro para quienes se ilusionaban con su brillantez.

Fuente imagen principal: AP Photo.

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