La infancia y la adolescencia de los eritreos es distinta a la del resto del planeta. Carece de un ingrediente fundamental que tan felices nos hizo mientras fuimos creciendo, y que, para muchos, sigue siendo parte esencial de nuestras vidas. En Eritrea, el fútbol, lamentablemente, no se juega por diversión. Se lo tiene como una puerta de salida del infierno que se vive en el país gobernado por el dictador Isaias Afewerki. No sueñan con, algún día, ser reconocidos en las mejores ligas de Europa. Saben que, primero, deben lograr liberarse del régimen para luego pensar en grande. Esas noches en las que todos anhelamos vestirnos de futbolistas profesionales, no existen en este arrinconado país del noreste de África, donde sus políticos son corruptos, y las guerras interminables. El potencial de millones de niños se truncó cuando, en 2010, la Federación Eritrea de Fútbol, decidió, junto al gobierno, retirar a todas las Selecciones de las clasificatorias a torneos FIFA por “falta de ingresos para solventar los gastos”. Pero, lamento informarles, la historia posee otras caras. Puede ser que a la Federación le faltara dinero, pero así fue desde su creación. Lo que llevó a que la Selección dejara de jugar internacionalmente fue la cantidad de desertores. Los atletas eritreos habían encontrado una falla en el “estado policial” que, según la ONU, estaba -y continúa-  construyendo Afewerki. Una trama apasionante por donde se la mire, y dolorosa al mismo tiempo.

Esas noches en las que todos anhelamos vestirnos de futbolistas profesionales, no existen en este arrinconado país del noreste de África, donde sus políticos son corruptos, y las guerras interminables

Para entender la dimensión del calvario que se vive en Eritrea debemos mirar las estadísticas que los organismos internacionales publican cada año. Cifras oficiales hay muy pocas, por lo que sólo se pueden citar fuentes abocadas al estudio concreto de las naciones africanas. De acuerdo al Banco Mundial, el 69% de la población vive debajo de la línea de pobreza, mientras que la esperanza de vida es de solo 63 años de vida. En cuanto a tecnología, el país se quedó varias décadas atrás. De cada mil personas, sólo seis están abonadas a la telefonía móvil y menos del 20% tiene televisión (el Estado controla los canales disponibles). Estudiar no es sinónimo de progreso, por lo que no se esmeran en sacarse la carrera. Solo el 1% obtiene un título de educación terciaria, y no es por falta de recursos estatales o universidades privadas. La mayor parte de la población trabaja en el sector agropecuario, y se dedica plenamente al cultivo de cereales, garbanzo y patatas. Cuando terminan la primaria, pasan a trabajar en pro del bienestar de la familia. Las posibilidades de ser abogado o médico son mínimas, y de ese vacío profesional se abastece el deporte.

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Desde su independencia de Etiopía en 2001, las cosas fueron de mal en peor, y el éxodo creció exponencialmente año tras año. Son pocos los que apoyan al régimen, y muchos los que pretenden emigrar. Unas 50.000 personas escapan anualmente, y alrededor de 3.000 mueren en el intento de cruzar el mediterráneo. Muy pocas logran, en definitiva, el objetivo de evadirse de las garras de Afewerki, si tenemos en consideración que son 6.000.000 de habitantes. El propósito máximo de aquellos que practican algún deporte es integrar el seleccionado para salir del país de modo legal, y, una vez en el exterior, desertar en busca de un mejor futuro. Como les contaba anteriormente, la federación debió retirar a sus combinados de las clasificatorias internacionales por esa razón, y los números lo demuestran. No podían permitir que sus futbolistas desertaran en partidos oficiales FIFA, donde la exposición es mayor.

Los inconvenientes comenzaron en 2006, cinco años después de la finalización de la guerra con Etiopía. En aquel año, los primeros cuatro desertores pidieron asilo en Kenia. Un año más tarde, otros dieciocho aprovecharon un viaje y se refugiaron en Angola y Tanzania. A partir de allí, se tornó en costumbre: 2009, 12 a Kenia; 2012, 17 (incluido el médico) a Uganda; 2013, 11 (técnico inclusive) nuevamente en Kenia; 2015, 10 en Botswana. La mayoría se produjo mientras representaban a Eritrea en la Copa CEFACA, torneo de los más antiguos de África, pero de muy poca relevancia, administrado por la FIFA y el Consejo de Asociaciones de Fútbol para el Este y Centro de África. Sin embargo, no alcanza con abandonar el territorio eritreo. Aquel grupo de valientes que huyó en 2012, se mantuvo en el anonimato dos años, lapso que les demandó llegar a Holanda y emerger como refugiados políticos. La travesía fue eterna, pues no podían darse el gusto de que la dictadura los encontrara. Cruzaron África, surcaron el mediterráneo e ingresaron a Europa a través de Rumania. En palabras de Anton Barske, alcalde de Gorinchem, pueblo donde recalaron, “temen que sus familias sufran represalias si aparece su foto en la prensa. En nuestra ciudad disponemos de los medios y el alojamiento adecuados. Esperamos que se integren, porque lo han pasado muy mal”. La lista es extensa, y alcanza la escalofriante cifra de 75 desertores (sólo de equipos nacionales) en los últimos 11 años.

El dolor de cabeza de Afewerki va más allá de los seleccionados. Cada vez que los clubes salen de Eritrea para jugar torneos amistosos, muchos aprovechan para seguir el camino de los ex integrantes de la Selección: desertar

El dolor de cabeza de Afewerki va más allá de los seleccionados. Cada vez que los clubes salen de Eritrea para jugar torneos amistosos, muchos aprovechan para seguir el camino de los ex integrantes de la Selección. Los casos más importantes se dieron con el Red Sea FC, el más prestigioso y poderoso del país. Suelen tener menos oportunidades de competir internacionalmente, pero mayor iniciativa. Desde 2011 hasta la fecha, diecisiete jugadores de la institución se fueron para nunca regresar. Los demás conjuntos disponen de escasísimas chances para escapar. De suceder, rara vez se reportan en la prensa. También es una práctica común en otras disciplinas. El caso más conocido fue el de Weynay Ghebresilasie, quien, tras participar y alcanzar el decimonoveno puesto en los 3000 metros-vallas de los JJOO de Londres 2012, pidió asilo político en la capital inglesa. Sin avisar a sus compañeros, salió de la concentración en Stratford y comenzó el largo proceso para quedarse en suelo británico. Desde entonces su carrera declinó. Le denegaron el pedido y le pidieron que retornara a su lugar de origen. No obstante, optó por permanecer  sin permiso, y hoy corre riesgo de extradición. Durante sus primeros meses en el Reino Unido se asentó en Newcastle Upon Tyne, y contó su historia en una entrevista con la BBC. Weynay, en el 2013, se entrenaba en el Sunderland Harriers, un club provincial de atletismo. Aquella tarde, en la conversación con la cadena estatal, ratificó sus ganas de triunfar: ”Quiero ser de los mejores del mundo. Competir contra todos y ganar. Estoy convencido que con trabajo puedo lograrlo”. Desafortunadamente, su marcha de Eritrea, el alejamiento de sus seres queridos, y la falta de apoyo en Europa, truncaron, al menos de manera momentánea, sus esperanzas.

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Para finalizar este capítulo de la historia, es apropiado relatar la forma de vida de los jugadores que logran cruzar la frontera. Suelen fracasar en asentarse en alguna región aledaña, por razones lógicas. África, a pesar de ser un continente en constante crecimiento, sufre los mayores índices de desocupación y carencia. La mayoría se refugió en Kenia,Tanzania y Angola, naciones inestables, con altos porcentajes de pobreza: 50%, 68% y 70% respectivamente. Realidades que hacen imposible conseguir trabajo, e inclusive vivienda. Los diez futbolistas que desertaron en Botswana son un claro ejemplo de lo que sufren al momento de llegar. Se encuentran en el campo de acogidos en Duwaki, a 450 kilómetros de la capital, Gaborone. Pueden solicitar salir del campamento, pero en ese preciso instante deben mantenerse por sí solos, algo imposible en zonas con semejantes crisis humanitarias. Estos situaciones ayudan a entender porque aquella expedición de desertores tomó la decisión de intentar la hazaña de ingresar a Europa.

La mayoría se refugió en Kenia,Tanzania y Angola, naciones inestables, con altos porcentajes de pobreza: 50%, 68% y 70% respectivamente. Realidades que hacen imposible conseguir trabajo, e inclusive vivienda

El escenario es complejo, sin ilusiones de cambio a corto plazo. Las sanciones al gobierno dictatorial, que el año pasado realizó un acuerdo militar con Corea del Norte, se vienen endureciendo desde 2009, pero se limitan a la regulación en la compra y venta internacional de armas. Cuando uno hurga en internet se da cuenta que es casi imposible que la coyuntura se modifique. Los principales sostenes de Afewerki son China, India, Bulgaria, Canadá y Corea del Sur, que le entregan 400.000.000 de dólares anuales por la adquisición de cobre y mineral metálico, lo que hace que la balanza comercial cierre con un saldo positivo de 81.000.000 de dólares. Incomprensible.

Pocos países accionan directamente en territorio eritreo. Uno de ellos es Suiza, a través de la Comisión para el Desarrollo y Cooperación (COSUDE), que contribuye a proyectos sociales de cooperación en Asmara y el resto del país. Eritrea es incertidumbre, como también lo es su futuro. Se sabe poco de lo que sucede. En Europa y América no se la menciona. Mientras tanto, como si fuese una gran cárcel, los injustamente prisioneros idean planes de escape al mejor estilo Prison Break. La única certeza, entre tanto abuso de poder y miserias, es que el fútbol significa una de las pocas puertas al mundo libre.

Fuente imagen principal: Monirul Bhuiyan (AFP/Getty Images)

*Fotografía previa al inicio del partido entre Botswana y Eritrea, en Francistown. Diez futbolistas del equipo nacional eritreo pidieron asilo político en Botswana.

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