El Metropolitano y el Vicente Calderón son los lugares donde generación tras generación los aficionados del Atlético de Madrid se han sentido en casa. Son emplazamientos que en el corazón de todo colchonero desprenden un latido especial, una sensación de hogar, de reunión de familia a la búsqueda de un objetivo común que no era otro que arropar a los jugadores que defendían sus colores. Sin embargo, lejos de esos focos de cariño y de nostalgia, aparecen también dos estadios que en sus inicios contribuyeron de manera capital a engrandecer la figura del club fundado por estudiantes bilbaínos. El primero de ellos, el Estadio de Vallecas y el segundo, el más sorprendente de los dos, el viejo Estadio de Chamartín, hogar por aquel entonces del Madrid CF (desposeído de la condición de Real en la II República y cuyo título no recuperaría hasta 1940).

Atlético de Madrid y Real Madrid mezclan mal por eso hoy costaría asimilar que uno u otro jugasen como local en campo del máximo rival. Si bien, el contexto en el que se encontraba España, y el fútbol por extensión, al finalizar en 1939 la Guerra Civil era uno muy diferente al actual. El Atlético de Madrid de 1939, llamado por aquella época oficialmente Athletic Club (la coletilla “de Madrid” se añadía coloquialmente para diferenciarle de su homónimo bilbaíno), era un equipo cuya supervivencia era un incógnita y que por lo tanto, ante la urgencia de la situación, tomó medidas y decisiones extraordinarias que posteriormente se mostraron muy acertadas.

La rivalidad entre Atlético de Madrid y Real Madrid no hizo más que avivarse tras el fin de la Guerra Civil. El Madrid de la postguerra compaginó el hambre con la pasión por el deporte rey

En 1936, en la última liga disputada antes de la Guerra Civil, el conjunto rojiblanco descendió a segunda división tras perder frente al Sevilla en el encuentro definitivo. El penalti de Chacho, lanzado a falta de 5 minutos para el final, se fue directo al palo de la portería defendida por Eizaguirre y con él acabó la andadura del equipo de la capital en primera división. 3 años después, una vez finalizada la contienda nacional y estando próxima la reactivación de la competición liguera, el Athletic Club de Madrid era un equipo prácticamente desahuciado. En segunda división, con una plantilla compuesta únicamente por 6 jugadores, con sólo 125 socios, adeudando más de de 1 millón de pesetas y sin estadio donde disputar sus encuentros como local, el panorama era desolador. Ni el Stadium Metropolitano, hogar del conjunto rojiblanco entre 1923-1930 y cuyo abandono fue impuesto por el Comité Nacional de Fútbol al ser utilizado también como canódromo y pista de motociclismo, ni el Estadio de Vallecas, sustituto del Stadium Metropolitano, eran opciones aceptables. El primero de ellos al estar prácticamente derruido tras ser primera línea de combate en la guerra y el estadio vallecano por carecer del césped exigido por la Federación de Fútbol tras haber hecho las veces de campo de prisioneros franquista tras la caída de Madrid.

El futuro del que hoy es uno de los clubs más laureados de España no dependía de una sola acción sino de la concatenación de muchas buenas decisiones. La primera, y posiblemente la que hizo que todo cambiara, fue la decisión de fusionar el Athletic Club de Madrid con el Aviación Nacional. Éste último era el equipo del ejercito del aíre, surgido durante la Guerra Civil en Salamanca, y aglutinaba en sus filas a un ramillete importante de jugadores profesionales que habían sido militarizados. La fusión de ambos equipos dio lugar al Athletic-Aviación Club y fue muy beneficiosa para los dos. A los colchoneros les permitió poner fin tanto a sus penurias económicas (el ejercito del aíre subvencionaba esta actividad deportiva y le daba acceso a transporte preferencial en una España en ruinas) como a sus desdichas deportivas (el Aviación Nacional aportó jugadores de nivel a pesar de que algunos de éstos todavía contaban con contrato en vigor con otros equipos). Por el lado de la escuadra militar, la fusión supuso el acceso directo de ésta a segunda división, sin pasar previamente por categorías regionales tal y como le exigía la Federación de Fútbol. Antes de juntarse con el Athletic Club de Madrid el ejercito del aíre sondeó también al Madrid CF y al Nacional de Madrid pero fue finalmente el club rojiblanco quien mejor encajó con las necesidades y requisitos del Aviación Nacional.

La cercanía al poder político hizo que durante algunos años el Athletic-Aviación Club fuese considerado el equipo del Régimen. En 1947 la vinculación del equipo colchonero con el Ejército del Aire finalizó pasando a llamarse Club Atlético de Madrid

Consolidadas las finanzas del equipo colchonero, la segunda división se presentaba como una categoría menor. Un golpe de mala suerte, o mejor dicho varios impactos de cañón, habían inhabilitado también el Estadio Buenavista en Oviedo lo que hizo que su plaza en primera división quedara temporalmente vacía. Osasuna y Athletic-Aviación Club aspiraban a ocupar la misma y para ello recurrieron a favores debidos tras la Guerra Civil. Los navarros por su adhesión temprana y entusiasta al golpe militar y los rojiblancos por su reciente vinculación con el ejército victorioso. Finalmente, fue el fútbol el que felizmente hizo de juez y en un partido disputado en Valencia el Athletic-Aviación Club certificó su ascenso a primera división. Los astros se habían alineado en beneficio del equipo de Madrid y ahora sólo faltaba encontrar estadio.

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Wanda Metropolitano, actual estadio del Atlético de Madrid

La apuesta por el Estadio de Vallecas era clara pero replantar el césped y acondicionar el graderío no era cuestión de días. Por ello, la opción resultante, y de alguna manera la única posible, resultó ser el viejo Estadio de Chamartín. De esta forma, la casa blanca, con capacidad para 15.000 personas, pasaba a acoger durante la liga 39-40 los partidos que como local disputarían tanto el Madrid CF como el Athletic-Aviación Club. La condición impuesta por la directiva del Madrid CF fue sólo una. Los socios del Madrid CF tendrían acceso gratuito a los partidos que el equipo rojiblanco disputase en Chamartín. Esta única condición no era muy gravosa en lo económico pero resultó tremendamente dañina en lo emocional.

Pitos, abucheos e insultos por parte del supuesto respetable acompañaron cada uno de los partidos del Athletic-Aviación Club en Chamartín. El ambiente era tal que en un encuentro contra el Betis dos jugadores del equipo supuestamente local fueron amonestados económicamente por dirigirse de forma indecorosa hacia el público. Aquello no era sostenible y hasta la Federación Castellana de Fútbol emitió el siguiente comunicado intentado rebajar tensiones por el bien del deporte rey: “Este apasionamiento de alentar al tercero en discordia cuando su triunfo no beneficia ni indirectamente al nuestro y la hostilidad al equipo de casa en beneficio exclusivo del visitante, infiere grave daño al fútbol regional (castellano)”.

Jugar de local es siempre una ventaja, si bien el Athletic-Aviación Club nunca logró estar cómodo en el viejo Estadio de Chamartín. A pesar de ello, su casillero de puntos no paraba de crecer

Jugar jornada sí jornada no en casa del máximo rival no resultó tarea fácil para el club rojiblanco pero a pesar de ello los puntos seguían acumulándose en su casillero. Bien por la buena dirección desde el banquillo del “Divino” Zamora o bien por la calidad y férrea disciplina de la plantilla (Francisco Vives, primer presidente del club tras la Guerra Civil, indicaba que “…al ser militares o asimilados sus jugadores, no cabían discusiones de ninguna clase…”), la liga 39-40 iba camino de convertirse en la primera del hoy llamado Atlético de Madrid. Sin embargo, a falta de dos encuentros para el final del campeonato, cuando su ventaja era de 2 puntos con respecto a Madrid CF y Sevilla FC, una derrota en Vigo sembró de desesperanza al equipo del ejercito del aíre. En la última jornada, si el Sevilla FC igualaba el resultado del Athletic – Aviación Club, el título viajaría a Andalucía.

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Ricardo Zamora, primer gran portero del fútbol español y entrenador después del Athletic-Aviación Club

El cara y cruz final tendría lugar el 28 de abril de 1940 en dos escenarios separados por más de 400 kilómetros pero en encuentros disputados de forma simultánea. Alicante, donde el Hércules CF recibía al Sevilla FC y Madrid, donde el equipo rojiblanco se enfrentaría al Valencia CF, serían testigos finales de un torneo de máxima igualdad. La primera liga del Athletic-Aviación Club parecía alejarse y una derrota tan dolorosa sería aun más difícil de soportar entre las chanzas y risas de aquellos que de mala fe acudirían a Chamartín. Entonces, como si de una señal de esperanza se tratase, las obras de acondicionamiento del Estadio de Vallecas (plantación de césped incluido) llegaron a su fin. Mendigar en campo ajeno se había acabado, el equipo dirigido por el ex portero Ricardo Zamora podría por fin disputar un partido como local delante de los 25.000 espectadores que, ahora sí, estaban en disposición de llenar Vallecas.

Ante su público el Athletic-Aviación Club hizo los deberes imponiéndose por 2-0 al Valencia CF pero esto no era suficiente. A la misma hora, al menos de forma teórica, había comenzado el encuentro en Alicante y sólo el empate o la derrota del Sevilla FC darían su primer campeonato liguero a los rojiblancos. En 1940 en una España de post guerra las comunicaciones fallaban con frecuencia y así sucedió en esta ocasión. En Vallecas el fin del partido no se celebró, se imaginaban un Sevilla FC campeón, pero cuando la conexión telefónica se recuperó los gritos de alegría llenaron los pulmones de los aficionados rojiblancos. El equipo herculino había empatado a 3 con el club hispalense y el trofeo de campeón de liga, contra todo pronóstico, pasaba a ocupar un sitio preferencial en las entonces pobres vitrinas del Athletic-Aviación Club.

1939 marcó un antes y un después para el Atlético de Madrid. La posguerra más dulce que ningún aficionado colchonero podía haber imaginado tuvo lugar aquel lejano año, en el que en menos de ocho meses se pasó del abismo de la desaparición al éxito del campeonato

1939 marcó un antes y un después para el Atlético de Madrid. La posguerra más dulce que ningún aficionado colchonero podía haber imaginado tuvo lugar aquel lejano año, en el que en menos de ocho meses se pasó del abismo de la desaparición al éxito del campeonato. Y todo, de principio a fin, incluido el título que los rojiblancos revalidaron el curso siguiente, se logró jugando como local en el viejo Estadio de Chamartín y en el Estadio de Vallecas. Dos campos habitualmente alejados de la mitología colchonera pero, que de alguna manera pueden afirmar sin miedo a equivocarse, que con ellos sí empezó todo para el Atlético de Madrid.

Fuente imagen principal: Los 50.

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