Cualquier aficionado piensa y le llueven los ejemplos de wonderkids que han deslumbrado al mundo en su juventud pero que nunca han terminado de mostrar todo lo que su talento apuntaba. Martin Ødegaard cumplía todos los requisitos para ser uno más. Se había paseado por media Europa probando las instalaciones de los mejores clubes del continente para decidir dónde y con quién quería jugar. Podía elegir prácticamente cualquiera, los destinos posibles se contaban por decenas. Una beca Erasmus sin necesidad de nota de corte ni nivel de idiomas mínimo. Las razones podían ser infinitas, solo él y su familia las conocen en profundidad. Pero aquel adolescente imberbe decidió jugar en el Real Madrid, el club más grande de Europa, con todo lo que ello conllevaba. No quería esconderse.

Sería el centro de los focos de cada partido que jugase en La Fábrica blanca. Los partidos del filial comenzaron a ocupar hueco en los medios convencionales y cualquiera con pluma y papel opinaba sobre si su sueldo era el adecuado, si estaba siendo justo con sus compañeros del Castilla entrenando con el primer equipo y jugando en Segunda B o si el sistema de filiales en España era el adecuado, tanto para clubes modestos como para proyectos de estrellas.

Las informaciones sobre el mal ambiente que generaba en el vestuario del Alfredo di Stéfano no se hicieron esperar, al igual que las críticas por no rendir al nivel del impacto mediático que tenía. Increíble o no, cada fin de semana se echaba en cara a un chico de 16 años que no arrasase en una competición tan dura para jugadores técnicos y débiles físicamente, aspectos a los que habría que añadir la adaptación de un adolescente a una sociedad antagónica a la que acostumbrada. Una vida -también futbolística- totalmente nueva.

La presión era máxima. Parecía que Ødegaard generaba mucha rabia por haber fichado por el Madrid con 16 años.

La afición lo esperó y le aplaudió en su debut, pero el entorno general era muy hostil. Evidentemente, las condiciones no eran las ideales para su progresión. La fórmula cesión o venta + opción de recompra había dado muchos réditos a la dirección deportiva del Bernabéu, que había visto cómo Morata o Carvajal se habían ido como niños y habían vuelto futbolistas. El problema era claro: necesitaba un destino que le permitiese jugar cada fin de semana de la mayor calidad posible. Las grandes ligas estaban descartadas por la falta de minutos, por lo que comenzaron a barajarse las de segundo nivel. Entonces, apareció una ofensiva y amante del juego técnico y asociativo Eredivisie.

Sin embargo, aunque el Heerenveen es un club de la clase media – alta de una liga menor, el sitio no está asegurado para nadie. Tampoco para la estrellita que viene del Madrid y que cree que va a enseñarles a jugar al fútbol. El 4-3-3 de Jurgen Streppel era inamovible y el gran nivel de Larsson y Zeneli por las bandas y Reza en el puesto del gol bloqueaba cualquier cambio de esquema o posición del ataque. Si bien es cierto que Ødegaard no estuvo mal en estos primeros seis meses, tenía el mismo problema individual que colectivo tenía el equipo. Más fútbol que resultados, jugaban mejor que ganaban.

Las previsiones después de que Larsson, la estrella del equipo, se marchase al Feyenoord no eran muy esperanzadoras, pero también se esperaba que Italia se clasificase jugando la repesca contra Suecia y Buffon se retiró de la azurra llorando. Obviamente, se había abierto un hueco en la banda izquierda que rápidamente ocupó Zeneli, hasta el momento habitual por la derecha. Ahora Ødegaard podría jugar cerca del área, donde se marcan las diferencias individuales. Con el 10.

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El noruego no está para dirigir el centro del campo. Tiene 18 años y sus botas no le piden pausa y control, mirar al compañero ni meterse una carrera de veinte metros para volver a su posición de presión al rival. No está en el momento de su vida en el que se vale de su increíble técnica para mover el equipo y colocarlo con el balón como Modrić, sino de controlar el balón y descubrir hasta dónde puede llegar regateando. Así ha nacido un nuevo Martin Ødegaard.

Los primeros vídeos que se vieron en España de él los destacaron en un programa de Maldini, como cabría esperar. Las plataformas de scouting y los típicos vídeos de Youtube también llegaban, pero a un público muchísimo más minoritario. Aquel Martin destacaba por hacer jugadas maradonianas o, adaptándolo a su generación, messiánicas, compartiendo la maravillosa capacidad de conducir con el balón pegado al pie. Desde el puesto de interior o mediapunta esa libertad estaba coartada, por ello su progresión se pudo ver desacelerada. Pero su fútbol no se le ha olvidado y la Eredivisie lo está notando.

Cuando controla, solo quiere descubrir hasta dónde puede llegar regateando. Su fútbol no se le ha olvidado.

Con espacios y defensas desorganizadas, Ødegaard se encuentra como pez en el agua conduciendo hacia la portería. Ha vuelto encontrar su chispa con el regate y desborda a cualquiera que se interponga en su camino. Se ha vuelto un desbordador nato, cuando antes destacaba más por su último pase y visión de juego. Su técnica en la zurda es maravillosa, una delicia cómo conduce los contragolpes y actúa de lanzador. Los vídeos que rápido se viralizan en internet de sus regates no son capaces de mostrar lo que estos generan. Es increíble ver que la conocida sensación de que va a pasar algo cuando coge el balón ocurre cuando es un chico de 18 años quien recibe el pase.

Se siente libre y puede volar. Es una de las revelaciones de la Liga y por fin está mostrando parte del potencial que se le adivinaba en sus inicios. Han dejado de exigirle que juegue como un veterano para que sea más niño que nunca. Su carrera y sus aficionados lo están agradeciendo.

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Fuente imagen de portada: Getty Images / Dean Mouhtaropoulos

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