Cruzar la frontera cavando por debajo de la verja que separa Pakistán de la India, salir abucheados de una plaza de toros en Madrid, recibir una goleada en Córdoba, visitar Vietnam en plena guerra, conseguir comida a cambio de balones… La gira del Dallas Tornado en 1967, además de ser la primera de un club norteamericano por Europa, es la mejor de todas con mucha diferencia sobre las que se organizaron después. Incluidas las de plástico, como las que programan hoy día los clubes.

Todo germinó cuando Lamar Hunt, uno de los más grandes promotores del deporte estadounidense y fundador de la antigua NASL (predecesora de la actual Mayor League Soccer), quedó prendado de la final mundialista que en 1966 enfrentó a Inglaterra con Alemania. Maravillado, quería importar semejante generador de pasiones en su país, Estados Unidos. Así que un año después, en su misión por incluir el soccer en el diccionario futbolístico, Hunt fundó el Dallas Tornado (equipo de la ciudad en la que se crió) para convertirlo en un detonador que obligara a expandir el círculo, aquel que dominaban Europa y Sudamérica a partes iguales. Quiso construir el primer “Cosmos de Pelé” pero se le escapó un detalle: no tenía a Pelé.

“En esa época, Dallas solo era conocido por ser la ciudad en la que dispararon a JFK. Sinceramente hasta entonces no había escuchado nada más acerca de ese lugar.” Mike Renshaw, ex jugador del Manchester United, formó parte de la expedición de 1967

Hunt decidió contratar a Bob Kap para encabezar una gira que consistió en disputar 45 partidos en 19 países diferentes durante un periodo de seis meses y medio. Kap, exiliado tras la Revolución húngara de 1954, era entrenador y ex alumno de la Academia húngara en la que estudió junto a un tal Ferenc Puskas. Su asistente Paul Waters había sido el encargado del trabajo de campo; durante los seis meses anteriores a la gira estuvo cruzando la Tierra a lo largo y ancho del globo. Tocó la puerta de intocables clubes y asociaciones mientras el club cazaba “talentos”. Todo un esfuerzo para cerrar la que sería la gira de sus vidas. La media de edad del equipo no alcanzaba la veintena, y el cuerpo técnico carecía de personal médico para prevenir lesiones.

En resumen, en aquel verano del 67′ el Dallas Tornado se lanzó al mundo con el único propósito de darse a conocer, generar marca, y situar el juego en el último cajón de sus prioridades. El equipo lo conformaban ocho ingleses (en su mayoría descartes de la liga inglesa como John Stewart, de quien Bill Shankly se deshizo, o jugadores amateurs como Bill Crosbie, un ex conductor de autobuses que vio un anuncio en el periódico), cinco noruegos, dos suecos, dos neerlandeses y tan solo un americano (Jay Moore). Sí, de 18 jugadores había tan solo un americano. Y sin embargo, la plantilla tenía la firme orden de lucir un aspecto propiamente yankee. “Eran los 60′, plena era hippie, por lo que muchos de nosotros lucíamos pelo largo. Pero Hunt no quería esa imagen para el equipo. Quería tipos altos, fuertes y totalmente afeitados”, comenta Jan Book, centrocampista sueco del equipo.

“Era una locura. Imagínate un grupo de jugadores como nosotros yendo al Irak de hoy en día. Los organizadores no sabían lo que hacían.” John Stewart (Fuente: FourFourTwo)

Tras una primera parada en Niza, el Dallas Tornado bajó a España para jugar un amistoso frente al Córdoba (el equipo andaluz venció 4-0), enfrentamiento que los estadounidenses afrontaban con un “miedo de muerte, ya que nunca habíamos jugado con luz artificial”, admitía Book recientemente. Días antes habían aprovechado el viaje para visitar Madrid, donde presenciaron una corrida de toros que terminó de la peor manera para el equipo texano; en un momento dado el matador lanzó la montera a la zona en la que estaban sentados los jugadores, y estos tuvieron la mala idea de devolvérsela al torero acto seguido, provocando la consiguiente reacción malhumorada del público local. Pero su paso por la capital también tuvo luces; tuvieron la oportunidad de conocer a la plantilla del Real Madrid debido a la relación que unía a Puskas (por entonces en el equipo blanco) con Kap. Un par de victorias después (ganaron al Alcalá y el Coria FC) cruzaron el estrecho de Gibraltar para derrotar al UD Tanger, partido en el que el árbitro llegó a añadir 15 minutos de descuento. La gira por la península ibérica finalizaría con un partido ante el Real Oviedo, contra el que perderían por 4-0.

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En octubre viajaron a Turquía, donde 25.000 espectadores presenciaron en Estambul un Fenerbahce-Dallas Tornado que finalizó 2-2.Un meritorio empate dado que en el plantel otomano jugaba Lefter Kucukandonyadis (considerado por muchos el mejor futbolista turco de todos los tiempos). Una semana después, estando en Atenas, el Dallas sumaría una nueva anécdota que resultaría ser un mito. Teóricamente el Dallas Tornado perdió un avión que debería haber trasladado al equipo hasta Chipre, para jugar allí un nuevo amistoso. Dicho avión estalló en pleno vuelo por un atentado de bomba dejando 66 muertos. “Nunca antes habíamos escuchado nada sobre explosiones en aviones. […] No es cierto que nosotros tendríamos que haber estado abordo de ese avión, pero es igualmente aterrador”, admite Book.

De Chipre a Irán. En el país pérsico disputaron cinco encuentros en seis días, jugando en mínimos (con varios lesionados) y en las peores condiciones (calor, transporte maltrecho, césped impracticable…) en un lugar donde la gente “se moría en la calle”. “Experiencias así no solo nos sirvieron para crecer no como jugadores, sino como personas”, cuenta Book. Sin ir más lejos, el guardameta del Tornado, Odd Lindberg, que posteriormente defendería la portería del IFK Göteborg que dirigió Sven-Goran Eriksson (1979-82), realizaría años después un doctorado en sociología tras ver escenas que en su querida Oslo hubiera sido impensable poder presenciar. “La gira me ayudó a entender a las nuevas culturas. Ninguno de los que conformábamos aquel equipo estaba preparado para ver lo que vimos”.

Tras Irán, turno de Pakistán. 35.000 espectadores se congregaron en Karachi para ver a su selección nacional enfrentarse a aquellos chicos de porcelana. El Tornado venció el primero de los dos partidos (2-1) y perdió el segundo (4-2). Más adelante, de camino a la India, en la frontera varios jugadores (aquellos que no pertenecían a la Commonwealth) se quedaron sin poder cruzar al otro lado de la valla. Aún peor, lo que parecía que iban a ser un par de horas por un tema burocrático de visados, terminó alargándose. “El pueblo en el que estábamos atrapados era pequeño y creo que los habitantes no habían visto a un blanco en su vida. No teníamos comida, así que la gente nos ofrecía pollo y naranjas a cambio de balones”, cuenta Book. Al día siguiente, cuando creían que la espera llegaba a su fin, la desesperación se estiró un poco más. Era medianoche cuando los agentes recibieron el permiso de dejarles pasar, pero el general al cargo del cuartel estaba dormido, así que no tendrían el OK definitivo hasta la mañana siguiente. “Llevábamos 48 horas sin dormir y algunos jugadores estaban enfermos, pero nos avisaron de que si no obedecíamos e intentábamos cruzar la frontera nos pegarían un tiro”. Ante aquella encrucijada y asumiendo el riesgo de dicha amenaza, decidieron romper parte de la cerca y cavar un agujero por el que atravesar todo el equipaje.

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Una vez en la India, el estado físico había pasado a ser el principal aspecto por el que preocuparse. Los resultados (vencieron un partido de siete disputados), menos importantes, fueron consecuentes. Para más inri en el siguiente destino, Singapur, fueron recibidos al grito de “Go Home, Yankees” y “Kennedy Killers” (el comunismo chino latía con fuerza en el país singapurense). Ante 50.000 almas, el equipo estadounidense abandonó el campo “a pedradas”, tal y como recoge la crónica del partido que jugó contra la selección nacional. El encuentro no pudo llegar al minuto 90, y al igual que sus siguientes compromisos en el país, se suspendió. Los jugadores esperaron durante varias horas en el vestuario hasta que los aficionados locales, que esperaban enfurecidos fuera del estadio, se marcharan. Pero el conflicto no acababa aquí. La próxima parada sería una nueva puerta del infierno: Vietnam esperaba.

“Si veis que hay humo blanco ahí fuera, es el enemigo que nos está disparando. Por lo tanto vamos a volar muy alto y aterrizaremos muy rápido.”

La advertencia del piloto del avión era un pequeño esbozo de lo que se iban a encontrar. “Nada más aterrizar vimos las bolsas que utilizaban para guardar los cuerpos de los caídos”, cuenta Bill Crosbie. En los desplazamientos el equipo viajaba en pequeños grupos para evitar ser un blanco fácil para el enemigo. “La situación era surrealista. Estuvimos sentados hablando con las tropas americanas en plena guerra. Nos dijeron que las cosas no iban muy bien”, apunta Stewart. El Dallas Tornado empató por partida doble contra la selección vietnamita y el Saigon. “En el estadio los soldados se encaraban contra los espectadores con armas mientras nosotros jugábamos a fútbol. Era la parte sur de Vietnam, por lo que la gente era más pacífica, pero era una situación extraña”, comenta Crosbie.

“Estábamos mental y físicamente destrozados”. Bill Crosbie (Fuente: The Guardian)

Terminado el calvario, en las últimas semanas antes de la vuelta a casa, el Dallas Tornado se reencontró con la normalidad visitando países como Taiwan, Japón, Filipinas, Australia y Nueva Zelanda. Una vez vuelto al continente americano, y a quince días de inaugurarse la primera temporada de la historia de la NASL, el conjunto texano cerró la gira en Centroamérica (Costa Rica, Honduras, Guatemala) sin conquistar ninguna victoria. Exhaustos, comenzaron -y finalizaron, dicho sea de paso- la liga en un estado de forma desconsolador. A la derrota por 6-0 de la primera jornada le seguiría una retahíla de desastres incontrolables (el Tornado venció 4 de los 32 partidos que jugó, con una diferencia negativa de 81 goles al término de la competición). La experiencia “podría haber ido mejor, pero si tuviera que ir de nuevo mañana, lo haría”, confesaba Stewart. En sus palabras y en la de sus compañeros de viaje se advierte un cambio vital en un grupo humano precursor que, con la pelota como excusa, asentaron las primeras bases modernas del verano futbolístico.

Fuente imagen principal: The Nutmeg News.

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