Pantaleo Corvino es una de las pocas personas en todo el mundo que puede presumir de tener dos cumpleaños. Y conviene insistir que el del italiano no es un caso aislado, por increíble que parezca. Corvino nació hace ya más de medio siglo en Vernole, una pequeña localidad de la provincia de Lecce (una pequeña región del tacón de la bota, para que todos nos entendamos), en 1949, y he aquí el truco: aunque naciese el 12 de diciembre de ese mismo año, sus progenitores, debido a la gran pobreza que azotaba el sur en aquellos tiempos de entreguerras, decidieron que a la economía de la familia le salía a cuenta la manutención de su nuevo hijo si este fuese inscrito el primero de enero de 1950. Una práctica muy común que se fue extendiendo a lo largo de todas estas regiones. Y con la que retrasando oficialmente el nacimiento de los pequeños, se posponía así su matriculación -y el pago correspondiente- un año más tarde. Hecho por el que Corvino no fue el único elegido en tener dos celebraciones.

Pero hablar de fútbol italiano es hacerlo de Pantaleo Corvino. Este hombre bonachón, sureño de pura cepa por su bronceado, la forma con la que observa al escurrir sus gafas por la nariz y su deje en el habla, no cuenta en su recuerdo con ninguna proeza desde dentro del área. Ninguna intervención milagrosa. Ni siquiera el festejo de un gran título en el portarretratos de alguna estantería. Corvino, como lleva haciendo desde hace más de cuarenta años, llega siempre pronto al estadio. Coge la clásica hoja de las alineaciones que se distribuye entre la prensa y el palco de autoridades. Y, boli en mano, no pierde un solo detalle de cuanto suceda sobre el césped, desde el calentamiento y hasta que el árbitro considera que se ha jugado el tiempo justo. Está práctica de Corvino, que ahora realiza como director deportivo de la Fiorentina, es la misma que le ha acompañado desde sus inicios, cuando apenas superaba la veintena e iba recorriendo, según él mismo, indistintas plazas y parques en busca de nuevas promesas. Hoy, entre sus conocidos, además de jactarse de su doble aniversario lo hace de haber descubierto a futbolistas como Stevan Jovetic, Mirko Vucinic, Adem Ljajic o Fabrizio Miccoli.

Pantaleo Corvino ha sido campeón en doce trofeos juveniles: uno con el Casarano, siete con el Lecce y cuatro con la Fiorentina

Su sueño siempre ha sido que la plantilla que confecciona durante el verano se convierta en alguna ocasión campeona del Scudetto italiano. Aunque su trayectoria profesional, sin embargo, a punto estuvo de conducir por otros derroteros. Dejó el fútbol como profesional muy joven e ingresó a estudiar la Ingeniería Aeronáutica, como siempre le había ordenado su padre. Pero entre clases y números, cuentan quienes más le conocen, Corvino salía provisto de una pequeña libreta negra y sus gafas de sol para ir parando de plaza en plaza e ir tomando notas de los partidos callejeros. Para después, hablamos durante los setenta, acudir con dichas anotaciones a los equipos de fútbol de la localidad, de donde recibía pequeñas retribuciones.

Hasta que en 1987, el Casarano, club de la Serie C italiana, le propuso su primer contrato como cazatalentos profesional. “Me ofrecían mucho menos de lo que me pagaban por haber estudiado la ingeniería, pero siempre ha sido algo que he tenido muy claro. Ya por aquel entonces tenía tres hijos pequeños y nunca se me olvidará el momento en el que mi mujer me responsabilizó totalmente de la situación: ‘Ahora vas tú a tu padre y se lo comentas’. Me preparé hasta un discurso para decírselo de la manera más tibia, pero cuando se lo dije me retiró la palabra durante aproximadamente uno o dos meses”, reconoció el propio Corvino en una entrevista con el periodista italiano Giorgio Burreddu. Pero se salió con la suya. Y se quedó más de una década en aquel equipo, tratando con los más jóvenes que iba reclutando por los distintos barrios del sur de Italia.

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A finales de los noventa llegaría el Lecce. Y es aquí, en el equipo de su región natal, donde Corvino comenzó a desarrollar una parte importante de su método. Poco antes de empezar cada temporada, reunía a los entrenadores de las distintas categorías en torno a una gran mesa, y en dichas reuniones les decía cómo y de qué manera deberían organizar a sus equipos. Del director deportivo al entrenador, por extraño que pueda parecer imaginarlo. Pero si Corvino tiene dos fechas de cumpleaños, por qué no iba a poder desarrollar así una metodología con la que siempre se pretendía que el joven que llegase a debutar algún día con el primer equipo del Lecce, ya hubiese ido amamantando el estilo desde bien pequeño.

Las otras dos ramas de su dogma se basan en la intuición y la confianza. La primera, en palabras de su misma boca, le ha llevado siempre “a tomar riesgos. Cuando me fío de una cosa, apuesto. Necesito hacerlo, uno no puede andar siempre sobre seguro”. Mientras que la segunda, y he aquí la parte más estridente de todo su mecanismo, se sustenta en una serie de confidentes que mantiene repartidos a lo largo y ancho de Italia, y también en los países vecinos, para mantenerle siempre informado de todo cuanto sucede en los terrenos de juego más inhóspitos a los que hoy Corvino, por edad y obligaciones profesionales, ya no llega a cubrir con el coche de segunda mano que ya empleaba para recoger y traer de vuelta de los entrenamientos a los chicos durante sus andanzas por las categorías más mundanas del Calcio.

Pantaleo Corvino es responsable de que por la Fiorentina hayan pasado futbolistas como Luca Toni, Riccardo Montolivo, Adem Ljajic, Stevan Jovetic o Adrian Mutu

A lo largo de su ostensible trayectoria Corvino ha sido partícipe de doce títulos juveniles distintos. Aunque, por encima de todos, el del año 2003 siempre será especial. El Lecce, donde prestaba sus servicios, dirigido por Roberto Rizzo, disputaba la final del campeonato Primavera ante el Inter. En el equipo nerazzurro jugaría Oba Oba Martins, quien ya había disputado minutos con el primer equipo interista. Y a pesar de que Rizzo podía echar mano -por edad- de algunos como Ledesma, Vucinic o Chevantón, el propio Corvino interpuso la estrategia: “Jugaremos con los chicos que nos han traído hasta aquí. Ellos deben ganar este torneo”, según desveló el propio Rizzo la discusión que mantuvo con Pantaleo durante la noche previa al partido. Así sucedió. Y el Lecce se impuso por tres a dos. En total, Corvino consiguió un título con el Casarano, siete con el Lecce (dos ligas consecutivas) y cuatro con la Fiorentina.

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En 2012 debió hacer un punto y aparte para cuidar de su madre enferma. En el 2013 fichó por el Bologna, en la Serie B, donde consiguió reclutar a importantes piezas como Da Costa, Sansone (ahora en el Villarreal), Gastaldello o Krsticic, quienes consagraron el ascenso al poco tiempo de su llegada. Aunque por todos ellos, no obstante, decidió tomar una decisión trascendental: desprenderse del máximo artillero del equipo por aquellos tiempos, Matteo Mancosu. “En todos los sitios me ha sucedido lo mismo: los aficionados me terminan viendo como el hombre que compra a los futbolistas y al poco tiempo los acaba vendiendo. Porque la gente no se da cuenta de que yo, como buen director deportivo, debo saber conciliar el resultado deportivo con el económico”, reconocía hace algunos años a Tuttomercatoweb.

Corvino regresó el año pasado a la Fiorentina, donde ya estuvo por más de siete (entre 2005 y 2012) y consiguió vestir de morado a futbolistas como Sebastien Frey, Alessandro Gamberini, Alessio Cerci, Riccardo Montolivo, Luca Toni, Matija Nastasic, Adrian Mutu, Alberto Gilardino, Felipe Melo, Juan Manuel Vargas, Stevan Jovetic, Adem Ljajic o Christian Vieri. Aunque el equipo de su corazón, sin embargo, desde siempre ha sido el Genoa. Motivo por el cual, llegó incluso a rechazar una oferta de trabajo por parte de la Sampdoria. Y a pesar de todo, este último ha sido uno de los más complicados de toda su trayectoria, cuando ha debido deshacerse de importantes futbolistas de la Fiorentina como Federico Bernardeschi -a quien él mismo tuteló desde las categorías inferiores-, Borja Valero o Nikola Kalinic. Pero Corvino, entre partido y partido de la Fiorentina, se sigue acercando allí donde los niños corretean en torno a una pelota. Toma notas, rememora tiempos con menos canas y se consuela al pensar que, aunque quizás nunca llegue a alcanzar su Scudetto, muchos de los que un día fueron sus niños lo han hecho gracias a él. “Cada vez que me siento ante un partido no hay cosa que más me enorgullezca que ver a muchos de mis chicos”, siempre ha reconocido.

Foto imagen principal: Mario Carlini/Getty Images Europe.

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