El título de 1977 es un bálsamo para General Lamadrid. Significa su primera consagración y el ascenso de la Primera D, última categoría del fútbol argentino, hacia la C. Pero por aquel tiempo se iniciaba la dictadura militar más sangrienta y trágica de la historia nacional, y no era extraño que sobre el campo de juego aterrizaran helicópteros que traían gente encapuchada rumbo a la cárcel. Es que frente a la cancha del humilde club se encontraba el presidio, un establecimiento que se asentó previamente a la institución deportiva y que aún hoy funciona a su lado. Solo los separa una angosta calle y, durante más de medio siglo, la cárcel y el club han construido una relación de amor y odio que da lugar a muchas historias.

A día de hoy, Lamadrid se encuentra nuevamente en la divisional más baja, afrontando una competencia de la que le ha costado salir y a la que volvió más rápido que tarde tras sendos ascensos. Es un club de barrio más en Argentina, de esos que generan un arraigo que trasciende límites y son bastiones de identidad de los sitios donde están ubicados. Además de fútbol, allí se practican otras disciplinas deportivas y las instalaciones son muy serviciales para contener a los jóvenes. Villa Devoto, el sitio que aloja la pasión, se encuentra en Buenos Aires, aunque es un lugar de casas bajas en el que se vive alejado del fervor de Capital Federal.

Lamadrid se encuentra nuevamente en la divisional más baja, afrontando una competencia de la que le ha costado salir y a la que volvió más rápido que tarde tras sendos ascensos

El apodo de los hinchas del club ha sido tradicionalmente el de Carceleros. Pese a que en principio fue tomado como una consideración despectiva, pronto lo tomaron como propio. Y desde las tribunas a las ventanas enrejadas del predio penitenciario, las idas y vueltas han sido infinitas. Los aficionados protagonizan peleas dialécticas con los presos, más aún tras las decisiones gubernamentales de prohibir el ingreso de público visitante a las canchas de cualquier categoría. Así como para quienes están encerrados el fútbol es un motivo para evadirse de la oscuridad por unos instantes, los locales encuentran un rival con quien entablar los clásicos cantos de tribuna. Las miradas y gritos viajan de un sentido a otro, aunque no pasen de eso, y los convictos utilizan lo que tienen a su alcance para demostrar a quién apoyan: toallas de colores afines a la escuadra contraria, o camisetas que consiguen en la semana y les alcanzan las visitas.

Desde los pabellones que dan una vista privilegiada del campo, los apoyos al dueño de casa o al equipo visitante se multiplican. Existen casos de reos que alientan al adversario de Lamadrid y cambian de camiseta cada fin de semana, aunque también están quienes se volvieron fanáticos de la entidad blanquiazul después de ingresar al penal y observar cada partido del equipo por largos años. Un claro ejemplo es el de Mario Loco Oriente, hincha de Boca que fuera detenido en la década del ‘50; una vez que salió en libertad, se asentó en el barrio, atendió el buffet del club y hasta compuso su himno oficial.

Un centenar de pelotas, en tanto, van a parar al patio de la cárcel durante el año. Cada vez que llega una nueva, devuelven una vieja. Los presos también patean el balón como pasatiempo, y han llegado a hacerlo en la propia cancha de Lamadrid en jornadas de recreación

Un centenar de pelotas, en tanto, van a parar al patio de la cárcel durante el año. Cada vez que llega una nueva, devuelven una vieja. Los presos también patean el balón como pasatiempo, y han llegado a hacerlo en la propia cancha de Lamadrid en jornadas de recreación. El vínculo entre los dos ámbitos tuvo quiebres sentimentales, partidos en que presos e hinchas se fusionaron y también un nexo que trajo consigo las discusiones históricas por los terrenos del club. La prisión data de 1927, y Lamadrid fue fundado en 1950 por jóvenes deportistas de la región en un campo empedrado. Desde aquel tiempo a la actualidad, la entidad que milita en la D nunca ha tenido su territorio escriturado, y observó en numerosas oportunidades cómo el Servicio Penitenciario Nacional intentó tomar sus sectores. El punto álgido se dio en 1963, cuando guardiacárceles tomaron parte del predio que hoy se usa como depósito de camiones y que, de cierta manera, hasta esconde al club detrás de la mole. Por esos días, los hinchas se atrincheraron en las instalaciones y evitaron la usurpación. De hecho, construyeron un muro en una noche que salió en diagonal, y nunca más lo remodelaron. Acaso porque rememora aquellos momentos en que la gente del barrio dijo presente para salvar al equipo.

General Lamadrid es el único club del que se tenga registros en el mundo cuya cancha se ubique frente a una prisión. La directiva y los simpatizantes prefieren que la cárcel se mude cuanto antes, porque de ese modo atraerían más a las personas de la zona y podrían agrandar su aún módico presupuesto, aunque la promesa de que en 2015 sería trasladada aún no se cumplió. No obstante, la relación que se ha construido no escapa de ninguna manera a su identidad. El establecimiento correccional de Devoto es el único que queda en pie en la Ciudad de Buenos Aires, y pocas veces su infraestructura ha sido renovada. Dentro de sus celdas se dio el trágico motín de 1987 en que la quema de colchones propició 61 muertes, y de ellas se escaparon dos delincuentes que alcanzaron notoriedad en la Argentina: Luis Valor y Hugo Sosa.

Los relatos se suceden y se cruzan a cada paso. Al equipo supo dirigirlo en la década del ‘80 Juan Carlos Chango Cárdenas, autor de gol en 1967 que dio a Racing el título de Copa Europeo Sudamericana ante Celtic de Escocia. En medio de la campaña que finalizó con ascenso, los hinchas de Racing presos realizaban gestos de admiración y otros le pasaban información de jugadores contrarios. General Lamadrid, nombre proveniente de un ex militar argentino -la acepción también deriva de la leyenda de un español que atendía el bar frente al estadio y expresaba ofuscado “no soy gallego, soy de la Madrid”-, es un club que forzó su historia con el apoyo de socios a lo largo de los años.

Al equipo supo dirigirlo en la década del ‘80 Juan Carlos Chango Cárdenas, autor de gol en 1967 que dio a Racing el título de Copa Europeo Sudamericana ante Celtic de Escocia

Ahora mismo, el equipo de camiseta azul atravesada por una franja blanca se adentra en una nueva esperanza con el inicio del certamen. El sexto puesto alcanzado en la temporada pasada le permitió clasificar al Reducido (compiten por un segundo ascenso aquellos equipos ubicados entre el segundo y octavo puesto de la tabla), aunque la ilusión se desmoronó temprano. El Enrique Sexto, que posee capacidad para 3.500 personas aunque cada fin de semana acoge no más de 500, ve iniciarse una nueva ilusión, mientras los hinchas vuelven a cruzarse con aquellos que apoyan al Lama o al rival tras las rejas y a distancia de tan solo una calle angosta.

Fuente imagen principal: Globedia.

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