La droga y el narcotráfico viajaban de la mano allá por la década de los 80 en Colombia. El fútbol se veía como una forma eficaz y sencilla para el blanqueo de dinero, compraventa de jugadores, colegiados, partidos, apuestas ilegales y desgraciadamente, muertes. Así nacería el denominado Narcofútbol colombiano.

Desde 1987 y hasta 1990, Francisco Pacho Maturana sería el encargado de dirigir los años más brillantes de Nacional de Medellín; Liga, Copa y Libertadores. Desde entonces su nombre se asociaría a la selección colombiana, aquel enorme plantel que hizo las delicias de un país y alejó en muchos casos a la población de la pobreza y la delincuencia en la que estaban inmersos. Al menos, el balón sirvió como vía de escape, quizás momentánea en algún caso; en otros fue algo más, una salida, otra forma de vida desconocida. Colombia, fútbol….

“Estábamos en la época de la violencia y la agresividad, era un país que vivía unos gravísimos problemas sociales que evidentemente no podían ser ajenos al balón. El narcotráfico toca a todo, es un pulpo. Sin embargo ahí estaba el fútbol, ¿es una isla? No. Pero llegado el momento citaba a los 22 jugadores, sacaba mi lista y la entregaba a la Federación. Ellos, un grupo que quiere a su país, era nuestro país y con el fútbol lo íbamos a defender” – Pacho’ Maturana.

En boca del propio técnico, hasta entonces el fútbol en Colombia no existía. Pero todo cambiaría. La primera decisión del profesor Maturana sería la de incorporar a un chico de las inferiores de Nacional, Andrés Escobar. Con él comienza nuestra historia un año más tarde.

Wembley sería testigo de un gol que no daría un título, ni siquiera significaba la victoria en un partido oficial, sin embargo ese día, aquel 24 de mayo de 1988 en tierras inglesas y en un escenario único, el que para muchos ha sido el mejor defensa en la historia de la selección de Colombia, el joven Andrés Escobar, con apenas un año sobre los campos profesionales, remataría un córner provocado por Reyes y Valderrama, sacado por Alexis García. Ponía las tablas en el marcador.  Aquel empate, aquel gol, no suponía otra cosa que hacer que Colombia creyese en ese deporte, en unos jugadores que llevarían a su país a participar en un Mundial 28 años después.
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Para lograr el billete a Italia, Colombia sufrió. No fue hasta la repesca (por aquel entonces frente a un equipo europeo) en Israel donde firmaría su viaje al mayor escenario del fútbol de selecciones. Argentina, Uruguay y Brasil se clasificaron de forma directa, por su parte los colombianos en botas del Palomo Usuriaga ganarían al combinado europeo en Barranquilla, con dicha victoria y el empate sin goles en Ramat Gan, los de Sudamérica eran equipo mundialista. Aquel campeonato de 1990 significó la vuelta de la selección cafetera al panorama del balón.

En tierras transalpinas Colombia logró la que hasta el momento es la mejor posición en un Mundial de fútbol, lograron avanzar hasta octavos de final donde caerían en manos de la Camerún liderada por el gran Roger Milla

En tierras transalpinas Colombia logró la que hasta el momento es la mejor posición en un Mundial de fútbol, lograron avanzar hasta octavos de final donde caerían en manos de la Camerún liderada por el gran Roger Milla. Pero aquella eliminatoria que aún es historia vino precedida de un gol que sigue en la mente del buen aficionado al balón. Corrían los últimos minutos del partido frente a Alemania, a la postre campeona del Mundo, y el resultado no se había movido, a dos del final y pese al dominio sudamericano, Littbarski anotó para el conjunto europeo. Cuando todo parecía perdido y rozaba la eliminación, en la agonía del partido, en un minuto 92 inolvidable, Freddy Rincón pasaría a los textos del deporte colombiano. Empataba la contienda, nada pudo hacer Illgner… Colombia era historia y el país explotó. Gracias Dios mío, Viva Colombia” gritó el narrador cafetero William Vinasco, quién minutos antes exclamó tras el tanto alemán: “No hay derecho, no nos lo merecíamos”. Esa tarde el fútbol fue justo con Colombia.

Cuatro años más tarde y en E.E.U.U, quien acogería por primera vez un Mundial de fútbol, la selección de Maturana volvería a estar presente. Pese a las expectativas enormes de aquel combinado, incluso llegó a salir en muchas apuestas como campeón, Colombia no daría la talla, no pasaría la primera fase en un grupo donde eran los grandes favoritos. Tal vez ese enorme listón con el que viajó el conjunto desde tierras colombianas fue uno de los causantes de aquel terrible desenlace. El resto viene ahora.

Antes de conocer que Suiza, Rumanía y el anfitrión Estados Unidos serían los rivales, Colombia paseó su bandera por el continente sudamericano y con él, aquel juego que cautivó al fútbol, aquella magia que hacía sonreír al mundo del esférico, un plantel a recordar, quizás el mejor de la historia del país, esa generación que hizo soñar a un pueblo en la que los problemas asolaban por todos sus rincones. Una vez más el deporte separó las dificultades cotidianas y unió a jóvenes y veteranos.

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A las órdenes del Profe estaban Higuita, Leonel Álvarez, Córdoba, Mondragón, Lozano, De Avila, Adolfo Valencia, Aristizabal, Luis Carlos Perea, Barrabás Gómez, Mendoza, René Valenciano, Herrera, Valderrama, Asprilla, Andrés Escobar Freddy Rincón, entre otros. Una plantilla que no sólo logró la clasificación a tierras americanas sino que además lo hizo de manera espectacular.

Por siempre será recordada la victoria ante Argentina en Buenos Aires por cinco goles a cero que terminó con el público argentino ovacionando a los jugadores cafeteros y convenciendo a Maradona para regresar a defender la diez argentina para la repesca frente Australia. Era el 5 de septiembre de 1993 y tras dicha goleada, Colombia certificaba el pase al Mundial y su candidatura al mismo. Repito, con Alemania, Italia, Brasil o la propia Argentina, tal vez un techo demasiado alto.

Ya en el primer encuentro del grupo A, Colombia sufrió un duro traspiés del que no se levantaría. Rumanía con Hagi y Raducioiu a la cabeza doblegaron por tres tanto a uno a la selección de Maturana. Tras esta derrota debían jugar frente a los anfitriones un partido que se consideró en Colombia a vida o muerte. La sombra de los narcotraficantes y las amenazas a gran parte de la plantilla y el cuerpo técnico fue una cruel invitada a la concentración del combinado colombiano. Aquel partido con una tensión externa  imposible de doblegar supuso el final de Andrés Escobar, el jefe de la zaga, el capitán que acababa de firmar por el Milan y quien intentando despejar un centro se introdujo el esférico en su marco. La victoria ante Suiza el último partido fue insuficiente, Colombia regresaba a casa y el pánico volvió. Escobar fue asesinado con seis disparos en el pecho, murió rumbo al hospital y con él la ilusión de muchos, el ídolo de otros y la sensación de que nada había cambiado. El hombre que lo inició todo en Wembley, que hizo que muchos colombianos se enganchasen a la vida se despedía cruelmente de la misma. Con Andrés empecé a escribir estas líneas, su gol ante Inglaterra significó la ilusión por el fútbol de un país, su autogol en 1994 cerraría todo de un portazo.

Escobar fue asesinado con seis disparos en el pecho, murió rumbo al hospital y con él la ilusión de muchos, el ídolo de otros y la sensación de que nada había cambiado.

Cuatro años más tarde, Colombia volvió a caer en la primera fase de un Mundial, esta vez en Francia, en Lens. Y de nuevo en un grupo con Rumanía, con Túnez, la última selección a la que los sudamericanos vencieron en un campeonato del Mundo y quien si no, Inglaterra, con quienes se despedirían en 1998, diez años después del gol de Andrés Escobar en Wembley. Cruel sentencia y un final poco acorde a la historia de un equipo, una selección que mantuvo al pueblo con ganas de vivir. Lo que el fútbol unió nadie debió separarlo nunca. Una década a recordar, aquella década cafetera.

Fuente imagen principal: Shaun Botterill (ALLSPORT)

*Alineación de Colombia en el encuentro de Copa del Mundo 1994 ante Estados Unidos.

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