Muchas veces lo que nos llama la atención de un futbolista a primera vista es su porte con la pelota, el número que lleva o alguna característica concreta de su juego (cierta agresividad, buen toque, regate…). En el caso de nuestro protagonista difícilmente será así. Es imposible mirar al césped, a la televisión, el ordenador o cualquier dispositivo electrónico donde veas el encuentro y no darte cuenta de la impoluta calva de Aaron Mooy.

Esto no busca ofender, pero sí es cierto que llama mucho la atención. Además, atando cabos, uno podría pensar que esa carencia de pelo significa que ya es un jugador experimentado. Nada más lejos de la realidad: tiene 27 años. La cuestión es que su llegada a la élite fue tardía y con un camino un tanto extraño: pasó por las categorías inferiores de Bolton y St. Mirren -fue descartado- para luego volver a su país natal, Australia, donde vistió la camiseta de Western Sydney y Melbourne Victory, esta última entidad afiliada del Manchester City. Todo esto antes de arribar, de nuevo, en Inglaterra, aunque tuvo mejor suerte que la última vez en las islas.

La explosión de Mooy fue tardía. Pasó por el Bolton, el Saint Mirren, el Western Sydney y el Melbourne Victory antes de volver a Inglaterra para triunfar

El crecimiento de Aaron va indiscutiblemente ligado al de su equipo, el Huddersfield, que a su vez no se entendería sin explicar, aunque sea sólo por encima, la presencia de David Wagner. Antes de entrenar a los terriers, el técnico alemán no albergaba ninguna experiencia en primera división. Ni siquiera en Alemania. Allí, en el país germano, estuvo al mando del filial de un Borussia Dortmund que en aquel momento dirigía Jürgen KloppEn consecuencia, la decisión que tomó Dean Hoyle, presidente de la entidad, fue arriesgada. Visto con perspectiva, ha sido una apuesta maravillosa y una de la que otras instituciones han querido aprender: el Norwich, por ejemplo, incorporó tras un curso decepcionante a Daniel Farke, que tenía el mismo currículum que Wagner antes de pisar tierras inglesas. David llegó con el Huddersfield en la 18ª posición de Championship y, de primeras, logró lo más sencillo: salvar al club. Lo complicado e histórico llegó luego.

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Para preparar a sus pupilos de cara a la temporada 2016/2017, Wagner los llevó a Suecia. Les prohibió el uso de móviles, internet e incluso de la electricidad. ¿Qué buscaba? Que los futbolistas se relacionaran entre ellos, que hablaran, que se conocieran. Todo para mejorar un espíritu de equipo que acabó siendo una de las claves para el ascenso a la Premier. Aquí es donde emerge el nombre de Aaron Mooy, el hombre más importante de toda la plantilla y que llegó en calidad de cedido procedente del Manchester City (la compra permanente se efectuó este mismo verano, en 2017). Fue nombrado mejor centrocampista de la segunda división inglesa y elegido en el mejor once del año de la categoría. No es para menos.

Aaron Mooy fue nombrado mejor centrocampista de la segunda división inglesa y elegido en el mejor once del año de la categoría

Podían existir dudas sobre su adaptación a la Premier League y sobre si podría mantener el nivel que alcanzó jugando en los campos de Rotherham, Burton y demás. Todas esas dudas fueron disipadas desde la primera jornada. Por ahora, el momento álgido de Mooy esta campaña se produjo contra el Newcastle, cuando con un golazo dio la victoria a su equipo ante los de Rafa Benítez. Eso, en gran medida, provocó que las ganas de escribir sobre él fueran incontrolables. Aquí estamos. Pero, ¿en qué es bueno el australiano para que guste tanto?

Hay que salientar, lo primero de todo, el contexto en el que se encuentra. El Huddersfield de David Wagner es un conjunto hecho a imagen y semejanza de su entrenador, que a su vez es muy similar tanto en estilo como en personalidad a Jürgen Klopp. Sólo con eso uno es capaz de hacerse a la idea de cómo juegan los terriers, aunque hay matices. Transiciones rápidas y presión intensa sin la pelota. Estos dos principios caracterizan al Huddersfield, igual que al Liverpool. Pero, quizás por adaptación a Championship, los de Wagner tienen más facilidad para situar el bloque más abajo. Es decir, no siempre buscan ir arriba, casi como kamikazes, para atacar cuanto antes. Son más cerebrales; hay más adaptabilidad.

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De todos modos, siempre que el balón se sitúa en sus botas buscan la portería con ahínco. Son muy verticales y aprovechan los espacios para atacarlos. Si esta posibilidad se desvanece, ya sea porque la transición ofensiva fue lenta o porque el contrario se replegó rápido, en el Huddersfield existe la paciencia. Y aquí, sobre todo, en esos contextos donde los huecos brillan por su ausencia y sólo una circulación de pelota rápida puede desarbolar al sistema defensivo rival, es donde recae la importancia de Aaron Mooy. No quiere decir esto que no ayude en la presión o que no sepa lanzar contragolpes; todo lo contrario: recorre muchos metros sin el esférico para hacer ayudas a sus compañeros (laterales, por ejemplo) y su precisión en el golpeo le permite habilitar a los atacantes. Pero cuando el Huddersfield cuenta con un mayor porcentaje de posesión, Mooy se vuelve mucho más vistoso.

Entra más por los ojos que el resto porque interviene un montón. Suelen tratarse de pases cortos, “fáciles”, pero siempre va al apoyo después de soltar la bola. Todos en el Huddersfield saben que la opción de dársela a Mooy está ahí y lo aprovechan. Con esto, maneja el tempo de los partidos. Va moviéndola de un lado a otro, como un péndulo, hasta que aparece el hueco (puede filtrar el pase raso entre líneas) o en el otro lado Smith o Löwe están libres. Aquí aparece su cambio de orientación, de una precisión máxima y de una gran vistosidad estética. Como añadido, en caso de ser presionado, pese a su lentitud, alberga en su paleta de recursos un ligero cambio de ritmo para dejar atrás al adversario y, por encima de todo en este ámbito, una gran capacidad para usar el cuerpo y proteger el balón. También se asoma al área con acierto, muestra de ello el tanto que le endosó a Elliot, ya mencionado en las líneas anteriores.

Todos en el Huddersfield saben que la opción de dársela a Mooy está ahí y lo aprovechan. Con esto, maneja el tempo de los partidos. Va moviéndola de un lado a otro, como un péndulo

En cierta manera es contracultural: en un fútbol vertical y de alta intensidad, Mooy jamás pierde la calma. Nunca será rápido y siempre irá un segundo más lento de piernas que sus compañeros. Pero si se comprende el juego, no se necesita mucho tiempo para tomar una decisión. Que se lo digan a Stindl. Quizás por eso esté teniendo tanto éxito: porque es el complemento perfecto a un colectivo de perfil contrario al suyo.

Lo que resulta innegable es que el Huddersfield, con Wagner al mando, pase lo que pase en esta Premier League, se trata de un conjunto sumamente divertido y al que dan ganas de ver todos los fines de semana. Más aún cuando un maestro australiano sin pelo lleva la manija de los partidos.

Fuente imagen principal: Jan Kruger (Getty Images)

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