En la película Alguien voló sobre el nido del cuco (basada en la novela homónima de Ken Kesey) podemos ver como un recién llegado a una institución es capaz de revolucionar el lugar en la que vive, redimir a sus compañeros y desatar la locura. Salvando las distancias entre aquel psiquiátrico en Oregón y el madridismo, lo cierto es que todo madridista a principio de los ochenta era un tarado en potencia capaz de comprar entradas para el filial antes que para el primer equipo. Porque era eso, era cosa de locos que los amantes del fútbol acudieran en masa a ver los partidos del filial del Real Madrid hasta el punto de tener que trasladar los encuentros del Real Madrid Castilla al Santiago Bernabéu para dar cabida a todos esos dementes que eran atraídos por El Buitre y su quinta.

Cuando hablamos de la quinta del Buitre, el término quinta no se refiere a las cinco ligas consecutivas ganadas, o a que fueses cinco los miembros que originaron el nombre. Se refiere la quinta del Buitre a una generación de jugadores nacidos en el mismo año, en este caso casi todos, y cuyo máximo representante fue Emilio Butragueño, El Buitre. Fueron un grupo de jugadores que se formaron en las categorías inferiores del Real Madrid y que jugando en el Real Madrid Castilla lo hicieron campeón de Segunda División, único filial en conseguirlo, aunque sin opciones de ascenso debido a que el primer equipo del club ya militaba en Primera. Ya en el Castilla, y antes de que los jugadores de este grupo ascendieran al primer equipo, fue cuando el periodista Julio César Iglesias les bautizó como la quinta del Buitre en un artículo periodístico publicado en el diario El País en noviembre de 1983, y justo ese mismo año algunos de estos jugadores pasarían a militar en las filas del primer equipo. Una temporada después la quinta del Buitre al completo comenzó a jugar en primera división con el Real Madrid.

Se refiere la quinta del Buitre a una generación de jugadores nacidos en el mismo año, en este caso casi todos, y cuyo máximo representante fue Emilio Butragueño, El Buitre

El nombre de todos ellos es imposible de olvidar a menos que te llames Bertín Osborne. Estos cinco jugadores provenientes de la cantera fueron, amén de Emilio Butragueño jugando de delantero, Manuel Sanchís que jugaba como defensa central, Miguel González, Michel, centrocampista por la derecha, Rafael Martín Vázquez centrocampista ofensivo y, nosotros no nos olvidamos, Miguel Pardeza jugando como extremo.

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Era una delicia verlos jugar, no sólo por que fuesen buenos jugadores, que lo eran, sino porque quien más y quien menos llevaba jugando con los demás desde su infancia, es decir, se conocían mejor que los parches del balón. Sabían con antelación el cómo, cuándo y porqué de cada toque, pase y movimiento. Era un fútbol rápido, al primer toque, pero “al primer toque con pases de cincuenta metros” como decían algunos periodistas y comentaristas de esa década. Entre ellos no tenían que leer el juego que realizaban, se lo sabían de a pies juntillas, se cubrían las espaldas unos a otros, con sus carencias y sus puntos fuertes hacían un bloque compacto, único, como una falange romana donde un soldado cubre el hueco del compañero, formaron un engranaje en el que lograron encajar a la perfección jugadores que llegaron con posterioridad, o les hizo fácil adaptarse a los ya veteranos Camacho, Santillana y compañía. Fueron estos veteranos, según palabras del mismo Emilio Butragueño, los que les transmitieron ese espíritu tan renombrado instaurado hace tiempo por Santiago Bernabéu y Di Estéfano dentro y fuera del campo, ese señorío del que sólo los auténticos madridistas pueden presumir. Valores de constancia, perseverancia, sacrificio, amor al escudo y respeto al rival. Sentimientos que, en mi opinión, sólo se obtienen cuando vives el club como parte de ti, cuando creces en él o cuando mamas los colores desde pequeño. Valores que, según mi punto de vista, se han perdido en la actualidad, en parte a causa de contratar jugadores que provienen de otros clubes antes de confiar en la cantera. Pero centrémonos en el estandarte de la quinta, hablemos de El Buitre.

Emilio Butragueño Santos (Madrid, 22 de julio de 1962), hijo de padre madridista, tanto que el día siguiente a su nacimiento ya le hizo socio del Real Madrid. Comenzó sus primeros contactos con el fútbol en el equipo de su colegio de por aquellos entonces, el San Antón. Hasta que años más tarde cambió de vivienda por motivos familiares y de colegio. Su nuevo destino fue el Calasancio, donde Emilio cambiaría el fútbol por el baloncesto por muy sorprendente que pueda parecer. Deporte que practicó durante unos tres años jugando en la posición de base, medía 1,78m, aunque para regocijo de los futboleros, volvió a practicar el deporte rey tras este affaire con el baloncesto. No obstante, hubiese sido interesante verlo triunfar en el deporte de los gigantes.

En el Calasancio, Emilio cambiaría el fútbol por el baloncesto por muy sorprendente que pueda parecer. Deporte que practicó durante unos tres años jugando en la posición de base

Ya en el Calasancio despuntaba como un enorme centrocampista, su gran visión de juego, su espíritu de unidad y su increíble control del balón le hacían un perfecto organizador para el fútbol del equipo. Esto cambió con su llegada al equipo de cadetes donde adelantó el puesto para jugar como extremo izquierdo. Según sus propias palabras, Emilio nunca pensó en dedicarse al fútbol de manera profesional, lo hacía por diversión y como hábito saludable. Mas sin él saberlo ya había ojeadores al acecho, su popularidad como jugador había sobrepasado las paredes del colegio. Real Madrid y Atlético de Madrid ya estaban dispuestos a hacer probar su valía en las canteras de ambos clubes. Primero fue el Madrid, que tras probarlo no optó por su incorporación. Era bueno, pero no tanto se dijo en aquel momento. De este modo el Atlético tendría las puertas abiertas para hacerse con sus servicios. Probó en la cantera colchonera y se le consideró apto para acoplarse al equipo rojiblanco. Pero se encontraron con un problema. El madridismo que profesaba su familia. Su padre le preguntaba: “¿Cómo vas a fichar por el Atlético si somos del Madrid?”. Sonaba un poco a traición, padre e hijo eran socios del Madrid, Emilio desde casi su mismo día de nacimiento. Y tampoco era de recibo jugar en un club cuando tus sentimientos son para el equipo rival de tu ciudad. Siendo esto así, Butragueño padre, por medio de otro padre, el de un tal Juanito, que ya militaba en el Castilla, consiguió una segunda oportunidad en el Madrid y, ahora sí, fue fichado por el club blanco.

Con dieciocho años Emilio Butragueño jugaba en el Madrid de Tercera división, combinando entrenamientos y partidos con el servicio militar. Al año siguiente comenzó su andadura por el Real Madrid Castilla, en Segunda división, realizando una campaña espectacular, forzando a periodistas a incluirlo dentro de sus crónicas y terminando la temporada en primer lugar. Su debut en primera división fue contra el Cádiz C.F. en diciembre de 1984, en el que hizo un partido enorme. Después del descanso, con 2-0 en contra, saltó Butragueño al terreno de juego por orden de Di Estéfano. Cuando sonó el pitido final el resultado era de 2-3 para el Real Madrid. Emilio marcó dos de los goles merengues y dio el pase del tercero. Mención especial para uno de los goles que nos regaló El Buitre. No me cansaré de verlo. Después de una serie de rechaces, Butragueño se hace con el balón a un metro o dos de la esquina del área pequeña, con una finta exquisita deja la cintura de un defensor para el arrastre, llega a la línea de fondo y entre la línea del área chica y el primer palo, con dos recortes hacia adentro, vuelve a hospitalizar a un segundo defensa y al portero por rotura de cintura y coxis, apuntilló empujando el cuero ajustado al primer palo y posteriormente recibiendo la enhorabuena de compañeros y rivales, aún atónitos con lo que acababan de presenciar. Gol antológico. Comenzaba así una carrera fulgurante en la que El Buitre consiguió 194 goles, seis ligas, cuatro supercopas de España, dos copas del rey, una copa de la liga, dos copas de la UEFA, dos trofeos Bravo, dos balones de bronce y un Pichichi. Todo esto en un total de 548 partidos, sumando sus clubes y la selección nacional, en los cuales no recibió ninguna tarjeta roja. Con la selección española, la que aún estaba maldita, consiguió participar en dos Mundiales de fútbol y dos Eurocopa de naciones.

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En todo este tiempo hay dos partidos que siempre quedarán en la memoria de Emilio, para siempre.

El primero fue un partido de octavos de final de la Copa de la UEFA. contra el Anderlecht belga. El Madrid perdió 3-0 en el partido de ida en Bélgica poniendo la eliminatoria en un imposible. Periodistas y aficionados dudaban seriamente del posible pase a cuartos. Incluso en el vestuario blanco había algunas dudas. Hace 30 años las ligas europeas y sus equipos no estaban tan desigualadas como actualmente y el Anderlecht era un hueso duro. Butragueño cuenta que en esa noche aprendió mucho sobre lo que es el madridismo. Él mismo decía así en una entrevista: “Habíamos perdido 3-0 en Bélgica. Y claro, 3-0 contra un equipo muy poderoso, iban primeros en la liga belga y llevaban cinco meses sin perder un partido. Y como actuó Camacho durante esas dos semanas hasta el partido de vuelta a mí nunca se me olvidará. Si fuimos capaces de darle la vuelta a ese marcador tan adverso y pasar la eliminatoria fue fundamentalmente por Camacho y por el espíritu que él tuvo y fue capaz de arrastrar a todo el grupo. Fue verdaderamente admirable. Nosotros estábamos muy abatidos y él, quizá porque lo aprendió de la generación anterior, de Pirri, de Benito y demás. Dijo que no, que no. Que aquello era el Real Madrid y en el partido de vuelta íbamos a ganar la eliminatoria… Al principio nosotros decíamos, ¡Éste está loco! Pero a medida que se acercaba el partido de vuelta la gente se iba convenciendo. Hasta el punto de que el día del partido el grado de excitación que tenía el equipo era tal que no había nadie que dudase de nuestra clasificación… Esa noche entendí lo que es el Real Madrid”. El resultado final fue de 6-1 para el Real Madrid con un hat-trick de Butragueño.

El Real Madrid remontó un 3-0 adverso en Copa de la UEFA con hattrick de Emilio Butragueño

El segundo partido fue un encuentro con la selección disputado durante el mundial de México de 1986 en el que España se enfrentó a Dinamarca en octavos de final. Una Dinamarca en la que jugaba un tal Laudrup y que había sido campeona de su grupo en el Mundial venciendo a Alemania 2-0 y 6-1 contra Uruguay. España pasaba como segunda de grupo tras Brasil. Hablándome sobre este partido, un amigo mío me cuenta que, supongo como muchos niños de entonces, vio el partido sólo delante del televisor. Se jugaba de madrugada y los padres y madres de familia, los que más como los que menos, se habían ido a dormir para ir a trabajar temprano al día siguiente. Pero fue tal el partido, tal la exhibición, que despertó a toda la familia dando saltos y celebrando los goles del Buitre. No hay mejor nana para ir a dormir a un futbolero que cantar los goles de tu equipo. Al día siguiente en el colegio todos los niños se peleaban diciendo “yo soy Butragueño” para jugar en el patio del recreo. Todos menos él. Él siempre fue muy fiel y no entró en la pelea porque se eligió a Míchel, por el que sentía debilidad por cómo las ponía desde la banda. Me imagino a mi amigo Juan poniendo balones desde la banda para que rematasen diez mini-Buitres.

Tras toda una vida en el Real Madrid, Emilio terminó sus días como jugador de fútbol en México. Concretamente en el Atlético Celaya, un modesto club que realizó su mejor temporada con Butragueño en sus filas. Y es que hasta en las Américas enamoró el Buitre en donde le llamaban el caballero de la cancha por su juego correcto y por su entrega. Su último partido fue el cinco de abril de 1998 contra el Nexaca.

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El sobrenombre de El Buitre no le viene precisamente porque fuese un carroñero del balón, ni mucho menos. Emilio, además de tener gol, era un especialista en la ayuda al compañero. No solo con asistencias, sino abriendo huecos, llevándose a los defensas o despistando a la zaga con su regate neutro. Es decir, se quedaba totalmente quieto durante un segundo y cuando el defensa quería darse cuenta e intentar pararle, ya estaba el balón en el fondo de las mayas. Aunque podríamos decir que Emilio tenía una similitud con el animal que le da su apodo, igual que los buitres huelen la muerte a kilómetros de distancia, Butragueño era también capaz de oler el gol ates que nadie. Siempre estaba en el sito justo en el momento preciso. Era Emilio una especie de prestidigitador capaz de sacarse un sombrero de la manga y un túnel del sombrero para dejar rotos a los defensores. Todo esto con los pies. Al no ser un jugador corpulento su estabilidad y su capacidad para revolverse en poco espacio eran increíbles, Cruyff decía que él era capaz de hacer en una moneda lo que los demás hacen en un lago. Fue un jugador perfeccionista y muy exigente consigo mismo. Podía pasarse las noches sin dormir después de realizar un mal partido, dando vueltas una y otra vez a la jugada en la que quizá otra opción hubiese sido mejor. Para mí la mejor opción fue que dejase el baloncesto para dedicarse al fútbol.

Para cerrar me gustaría remarcar otro paralelismo entre la película dirigida por Milos Forman y la historia de la histeria generada por este otro grupo de futbolistas. Serían los cinco títulos de liga consecutivos ganados por el Real Madrid y los cinco Premios Oscar ganados por la película. Si aún no lo habéis hecho, os recomiendo ver las dos cosas: la película protagonizada por Jack Nicholson y ver jugar a Emilio Butragueño. No quedaréis defraudados.

Fuente imagen principal: FABRICE COFFRINI (AFP/Getty Images)

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