Giancarlo Antognoni está considerado uno de los mejores futbolistas italianos de la historia. Uno de tantos, a decir verdad, a quienes el destino privó de preservar su recuerdo de manera tangible. O al menos, mejor dicho, cuanto hubiesen merecido. Puesto que la de Antognoni rompe por distintas razones con la arquetípica historia de aquellos cuantos el tiempo engulló a su paso. Capitán de la Fiorentina, donde transcurrió gran parte de su trayectoria deportiva, su gran condecoración llegó con Italia, en el Mundial de 1982. Una estampa que sí pudo añadir a un memorial que meses antes transcurrió de golpe ante sus ojos, sobre el césped, cual preludio de una fatalidad que aquella vez, por segundos, regateó la tragedia a las puertas.

A causa de una lesión ante Polonia, en las semifinales, Antognoni debió conformarse con asistir desde la tribuna del Santiago Bernabéu a la final que coronó a Italia en la cúspide del fútbol mundial. El combinado de los Zoff, Scirea, Tardelli, Gentile o Rossi, a decir verdad, presumía del apogeo en el cual, aguerrido, táctico y meticulosamente defensivo, vivía el Calcio. Pues el escenario no parecía el idílico para un estilista como fue en su día Giancarlo Antognoni. De carrera erguida, rápida y acompasada con el trato a la pelota, en un estilo tan vistoso, técnico y efectivo, Giancarlo fue apodado Il Bello gracias a su fútbol, envuelto en una cabellera rubia, de tez fina, erigida a un metro setenta y tantos del suelo.

Pero esta historia, no obstante, se remonta meses antes de la ya mentada cita mundialista. En noviembre de 1981, en el Artemio Franchi de Florencia, la desgracia estuvo al borde de dirimir el rumbo de la historia viola. Y quién sabe, incluso, si del fútbol italiano en su totalidad. La selección italiana, aunque algo lejos quedará todavía la cita organizada en España, tuvo en parte que ver con el sino trágico que por poco sumió la vida del ‘10’ y capitán de la elástica florentina. Lo hizo, de hecho, durante unos treinta segundos. Treinta segundos de parada, de agonía, ante los que el público allí presente, atónito ante lo sucedido, pareció solidarizarse conteniendo también el aire, como si nadie quisiera entorpecer la esperanzadora bocanada que Antognoni, allí tumbado, no alcanzaba a insuflar. Un lapso que corresponde, sin duda, al medio minuto más dramático que hoy todavía aterra recordar en la capital toscana.

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Italia, dirigida por Enzo Bearzot, con quien se acabaría coronando con el cetro mundial, venía de empatar en Turín por uno a uno ante Grecia, certificando así su presencia en el torneo que organizaría España durante el verano. La Fiorentina, sin embargo, dos semanas antes del fin de semana más abajo detallado, llegaba de caer en una de las dos únicas derrotas que sufriría en toda la temporada. Fue ante la Roma, en el estadio Olímpico. Las críticas de la derrota, muchas de ellas por parte de la prensa, recayeron sobre un mismo futbolista, que no era la primera ni la segunda ocasión que veía su nombre, salpicado, en torno a todo tipo de connotaciones negativas. El mismísimo Antognoni, por ello, tras el regreso de la concentración internacional, decidió tomar la revancha por su cuenta. Sin malos gestos. Ni declaraciones. Sino como mejor sabía remediar cualquier ataque desde dentro o fuera del campo, jugando al fútbol.

“Además de aquella derrota en Cagliari que nos costó el Scudetto para la Fiorentina, no haber podido jugar la final del Mundial 1982 fue, sin duda, la desilusión más grande de mi carrera futbolística. Tuve que vivir el encuentro desde la tribuna de prensa del Santiago Bernabéu”.

El Genoa visitó Florencia un 22 de noviembre del 1981. Y la Fiorentina, dirigida desde hacía meses por Picchio De Sisti, quien reemplazó a Paolo Carosi del puesto, disfrutaba cada fin de semana de uno de los futbolistas más elegantes de los que todavía hoy se presume. Aquel día, con sed de revelarse ante sus seguidores, todos los curiosos que decidieron acercarse a Florencia disfrutaron de una elegancia visual que, a buen seguro, todavía hoy gran parte de los allí presentes no harán esfuerzo en recordar. Antognoni brilló por encima de lo que tenía acostumbrados por aquel entonces a propios y extraños. Asistió a Bertoni en el primero y convirtió, por su cuenta, el segundo desde la pena máxima. Hizo absolutamente de todo. Y los que estuvieron, aseguran, que no erró un solo pase. Un guión, de hecho, completamente distinto al que aquel ensimismado bullicio podía si acaso haber llegado imaginar.

De un balón largo, al espacio, entre la espalda de los defensores y el área rival, Antognoni corrió con el objetivo de rematar la faena de una vez por todas. Silvano Martina, portero del cuadro genovés, salió de sus dominios a buscar el esférico. Con todo. Con puños y rodillas por alto, a la vieja usanza, que por algo este relato data de los años ochenta. De los años ochenta en Italia, conviene matizar. Antognoni, pendiente del cuero, consiguió rematar el mismo hacia a un lado, lo justo para sortear la pelota a la salida del portero. Pero lo que no le dio tiempo a retirar del alcance de Martina, de su rodilla, y guantes, fue su propio cuerpo, el cual impactó violentamente contra el cancerbero. Del choque, el mediocentro italiano cayó a plomo, ya noqueado, con todo el peso de su cuerpo contra el verde, fuertemente golpeado por la salida en falso de su contrario, quien le puso con el impacto de espaldas contra el tapete de un Artemio Franchi que reclamó la falta. Y después enmudeció, ahogado en su propio lamento.

A su socorro acudió Carmine Gentile. O a su postura, mejor dicho, pues un visto y no visto duró su estancia al lado del cuerpo tendido de Antognoni. Gentile se llevó las manos a la cabeza, entre lágrimas, como si desesperara por despertar de aquella pesadilla en la que de repente se había visto inmerso. Él y los miles de espectadores que se agolparon aquella tarde en las gradas del paseo Manfredo Fanti de Florencia, alejado de su centro turístico. Claudio Onofri, capitán del cuadro genovés, fue más dramático aun si cabe en la reacción que la de su compañero. Entre sollozos y encubierto corrió hacia su propio banquillo vaticinando (por fortuna, de manera errónea) la noticia más temida por todos los allí presentes quienes, según cuentan, de acuerdo al ensordecedor silencio que calaba hasta el hormigón del estadio, escucharon su lamento: “¡Está muerto, está muerto!”, aspaventaba sin valor con el que torcer el rostro hacia su propia área, donde yacía Antognoni, abandonado a su propia suerte.

“La Fiorentina perdió el Scudetto 1981/1982 en la última jornada, tras empatar ante el Cagliari, en una temporada donde tan solo perdió dos encuentros (Roma y Cesena)”.

A su rescate acudieron médicos y fisioterapeutas de ambos equipos, además del árbitro, del resto de futbolistas y de una nube de fotógrafos que se agolpó al margen de la cal, una vez consiguieron transportar el cuerpo hacia la banda, donde le volvieron a practicar una vez más el masaje cardiorrespiratorio. Sobre el césped, a la llegada de los sanitarios, la situación era temible: sin pulso, ni respiración, Antognoni reposaba bocarriba sin signo aparente de vida. Treinta segundos de suspense, de un silencio sepulcral. Hasta que, por fin, uno de esos golpes sobre el pecho permitió al futbolista reconducir el aire entre sus pulmones. Fue trasladado de inmediato al hospital más cercano, donde permaneció ingresado durante varios días, no sin antes despedirse de aquella manera de su esposa, allí presente, por la fuerte conmoción sufrida. Aunque el susto no había terminado. El TAC reveló que Antognoni sufría diversas fracturas que revestían gravedad, y que por ello no podría volver a jugar en un largo periodo de tiempo. “Si no sucedía ningún imprevisto”, según reveló el doctor Mennon ante los medios.

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Cuatro meses, por ser más concretos. El 21 de marzo de 1982, Antognoni, a quien el Artemio Franchi le recibió a la altura de la ocasión con una pancarta que rezaba en la curva Fiesole “El infierno ya ha terminado, ahora te espera el paraíso”, volvió a hacer rodar la pelota, brazalete incluido, ante el Cesena, en la recta final de aquel mismo curso. Curiosamente, el otro equipo que, junto a la Roma, había sido el único capaz de batir a aquella Fiorentina, por dos goles a uno en la Emilia-Romagna, en un encuentro donde el propio Antognoni, para más inri, había realizado el único tanto viola. En su reaparición, sin embargo, el resultado acabó en victoria toscana, y esta vez con asistencia corriendo de su cuenta. Marcaría a pocas semanas del final, en Nápoles, para dar la victoria a los suyos en San Paolo con solo cuatro jornadas por delante. Pero el destino, una vez más, se la tendría jurada a Antognoni y los suyos. En la última semana del campeonato, empatados a puntos con la Juventus, la Fiorentina tropezó en su viaje a Cagliari. Y los bianconeri no fallaron ante el Catanzaro, coronándose así campeones del título.

Durante su obligada ausencia, De Sisti otorgó protagonismo a Luciano Miani, más bregador en sus funciones, lo que dio la brújula colectiva al otro fantasista de la plantilla, Eraldo Pecci. Nunca nadie, por desgracia, sabrá qué habría podido ser de esta Fiorentina si hubiese podido disponer de su capitán y emblema durante el cómputo global de la temporada. Aunque al menos, en Florencia, donde no se gana un Scudetto desde la 1968/69 (solo atesora dos, ese y el de 1955/56), se consuelan con haber visto a su rubio trazar el regate más difícil visto hasta el momento. El miedo, por poco tiempo, se llevó de lo terrenal al que para muchos será siempre el mejor futbolista que jamás ha vestido para la Fiorentina (durante 15 años consecutivos). Bandera de la entidad al ser de los pocos, a lo largo de la historia, que prefirieron mantenerse fieles a una ciudad, a cualquier precio, y también títulos, rechazando incluso en numerosas ocasiones a la Vecchia Signora, rival y archienemigo por excelencia. Porque a veces, y más en estos tiempos que corren, conviene recordar que no siempre existe montonera de ceros capaz de revocar el sentimiento más puro.

Fuente imagen principal: La Nazione.

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