Los 80 fue una década que cambió el devenir del mundo, y Alemania no fue una excepción. El caso Lutz Eigendorf no fue sino el principio del fin de una Alemania que no quería vivir separada. Nunca más. Sin embargo, política y deporte sí tomaron una peligrosa senda en común: el Estado, primero. La Stasi quiso llevar un férreo control sobre su vecino del oeste a través del fútbol, hasta que un talento del este se cansó de ser otra cobaya más en un país cuyas libertades brillaban por su ausencia.

Hay un punto en común en los distintos significados que tiene la palabra “claroscuros”. Existe una unanimidad que afecta a todos ellos: el contraste. Tanto si es en pintura, como si lo es en la escritura y en un uso vitalmente más abstracto, siempre hay un blanco/luz y un negro/oscuro como protagonistas ineludibles; un ying/yang que, para muchos, se antoja necesario para explicarlo absolutamente todo. No obstante, también es de recibo recordar que, entre tantos blancos y negros, existe una escala de grises, tantos como matices tiene una pintura, una escritura o un simple punto de vista.

Antonio Gramsci lo tenía claro: Sin él quererlo, el fundador del PCI (Partido Comunista Italiano) había creado una metáfora perfecta para sugerir que, en los tiempos de cambio, es donde más aparecen los defectos de fondo y/o forma en política. Para cada individuo, esta metáfora engloba un espacio tan grande como el tiempo que puede abarcar la denominación -siempre subjetiva- entre el viejo y el nuevo mundo. Hace más de medio siglo, lo “viejo” y lo “nuevo” tenían mucho que ver con las formas de estado presentes tras la finalización de la II Guerra Mundial. Surgieron las teorías de Keynes (New Deal) para intentar desarrollar y amoldar una teoría económica en la que el Estado era, en parte, mediador de casi toda competencia que atañe a un país. Al principio fue suficiente, pero con el desarrollo de la Unión Soviética como rival de Estados Unidos por liderar el mundo, los Chicago Boys -liderados por Milton Friedman y Arnold Herberger– comenzaron a emprender medidas liberales, lo que ayudó al endurecimiento de la Guerra Fría. Corrían los años setenta y el mundo, cada vez más, se partía más entre “buenos” y “malos”, según lo afín que se fuese a unos y otros. Mientras tanto, en la URSS el desarrollo del bienestar era total, aunque eso no implicaba una libertad para elegir representantes para el pueblo. Con todas las necesidades cubiertas y con el lema “trabajo para todos y todas”, la libertad personal (excluyendo la del pensamiento crítico con lo establecido) era plena. Los informes de la CIA reflejaban cómo no había problemas de hambruna y sí un gran número de universitarios graduados que, además, encontraban acomodo laboral muy rápido, de forma general.

La confrontación (in)directa que vivían los dos países por ser “el rey del mundo” se desarrolló de forma mucho más intensa en Alemania. Una nación que dividieron en dos mitades y que, a la larga, terminó notando la diferencia en el aspecto socio-económico. La influencia estatal comunista en la RDA la llevó a ser imagen y semejanza de la URSS. No había libertades políticas o de expresión, pero sí el resto de libertades que, aún hoy, siguen siendo desconocidas o un misterio para muchos Estados que se suponen democráticos. A priori, el socialismo -tal como lo entendían en el este de Europa- funcionaba. La realidad, sin embargo, era muy distinta de puertas para dentro; a los disidentes políticos se les aplicaban los castigos más severos por delitos tales como sedición o traición a la patria. La educación, aun siendo gratuita y garantizada para todo individuo, era estricta y adoctrinada con la ideología reinante. El talento, aun siendo escogidos como ejemplo de la buena imagen formativa que proyectaba al resto del mundo, estaba “secuestrada” al servicio del estado.

Documental: La vida en la RDA (castellano)

[pullquote]La RDA no dejaba que sus mayores talentos en el deporte abandonarán el país por miedo a la deserción[/pullquote]

Como suele ocurrir en estos casos, la política no fue ajena al deporte. El Estado socialista no dejaba salir a sus mejores exponentes al extranjero. No querían correr el riesgo de que conociesen un mundo de oportunidades que, en su tierra, eran muy distintas y, probablemente, más limitadas. Muchos deportistas se dopaban para las competiciones olímpicas e internacionales en atletismo; el fútbol no era diferente. Si se traspasaba la frontera que dividía la RDA de la RFA, era con motivos políticos: la mayoría de futbolistas que salían fuera de sus límites territoriales, lo hacían siempre eran con intenciones de recabar información del “enemigo”. Obviamente, no todos estaban preparados para la tarea y, muchos de ellos, aspiraban a salir de la disciplina de sus equipos para, una vez alcanzada su liberación, dejar de lado sus obligaciones como “soldado” de la RDA; en términos prácticos: desertar.

Con el fútbol como excusa, el objetivo de la República Democrática de Alemania era que Berlín fuese el centro de las miradas por los éxitos que traería. Habiendo una lucha encarnizada por el título en Occidente, las cosas por Oriente eran muy distintas. Los primeros años de la Oberliga, el Dynamo Berlín no conseguía destacar entre otros equipos (Magdeburg) y rivalizaban entre sí con el Dynamo Dresden. Ambos eran equipos controlados por el aparato estatal; mientras el Dynamo Berlín era el equipo de la Stasi, los de Dresden eran controlados por la Policía Popular de la RDA (algo que constaba incluso en su nombre fundacional). Unidos por el cordón de papá Estado se sospecha que, tras el triunfo del Magdeburg o Dresden en la década de los 70, se empezó a desvirtuar la competición permitiendo fichar al equipo de la Stasi (o mejor dicho, reclutar) a gran parte de los mejores jugadores que tenía el entonces fútbol del país. Durante diez años, el dominio del Dynamo Berlín en la Oberliga parecía estar íntimamente vinculado a partidos amañados, arbitrajes favorables y otros hechos de dudosa legalidad. Todo lo necesario para que Berlín fuera el centro visible del triunfo futbolístico en Alemania Oriental.

En esa dinámica por tener lo mejor de lo mejor, el Dynamo encontró en Brandenburgo a un joven futbolista que tenía un talento especial para el balompié. Se trataba de un joven con un look característico de finales de los setenta a nivel mundial: un pelo lacio medio alborotado, con pelusilla en la zona del bigote y una mirada que transmitía confianza en sí mismo. Se trataba de Lutz Eigendorf, alguien a quién habían seguido de cerca en su club natal, el Süd Brandeburgo, desde muy pequeño. Igual de temprano fue cuando le descubrieron la gente del Dynamo: con 14 años. Siendo adolescente, y con la promesa de tener los estudios de ingeniería garantizados, Lutz decidió enrolarse en la mecánica de la Stasi. Siguió todos los pasos necesarios: instrucción, servicio militar y un cargo de oficina en el ministerio. Todo ello mientras jugaba al fútbol para el Dynamo. En el primer equipo debutó con 18 años. Durante cuatro años, ayudó a construir un equipo que parecía en evolución. Lo dirigía un viejo conocido en las huestes berlinesesas: Harry Niepert. El BFC Dynamo se quedaba a las puertas del título en repetidas veces, lo que significaba fracaso para sus aspiraciones y expectativas. Todo cambió con la llegada de alguien que sería “histórico” para la entidad: Jürgen Bogs, quien ganaría diez títulos consecutivos para el Dynamo.

[pullquote]Después de ganar el primer campeonato, Eigendorf emprendió su marcha de Berlín[/pullquote]

El último año de Eigendorf, quién estaba casado y con una vida cómoda en el lado oriental, casaría con el primero de Bogs. Después de ganar el primer campeonato, Eigendorf emprendió su marcha de Berlín. Corría marzo de 1979 cuando los berlineses cruzaron la frontera para jugar un amistoso ante el Kaiserslautern en la ciudad de Gießen (70 kms al norte de Frankfurt). Eigendorf lo tenía claro: Iba a dejar Berlín porque no se sentía cómodo en el estado comunista. Así que desapareció de la concentración del Dynamo y se refugió en la RFA. Nunca volvió. Un desaire que dolió mucho a Mielke y que, incluso la UEFA, no dejó pasar sin castigo: Lutz fue sancionado un año sin poder disputar partidos de fútbol de carácter oficial. Cosa aparte fue la reacción de Erich Mielke: la Stasi realizó un divorcio express y obligó a la entonces esposa de Eigendorf a casarse con alguien del partido comunista, a modo de vigilancia. Con el estatus de refugiado político concedido por la Alemania Occidental, Eigendorf volvió a casarse y tuvo un hijo mientras jugaba al fútbol en Kaiserslautern, equipo por el que fichó tras cumplir la sanción correspondiente.

Seguro de sí mismo, Eigendorf no dejó de reivindicar nunca las condiciones de vida que se daban en la RDA. Nunca mantuvo silencio, sin hacer caso a los consejos de otros exiliados en la República Federal alemana. Dos años después de llegar a Kaiserslautern, Eigendorf fichó por el Eintracht Braunschweig. Era el año 1982 y el Kaiserslautern de Briegel o Brehme visitaba competiciones europeas con frecuencia, al mismo tiempo que el Hamburgo de Magath o Kaltz le disputaba la ensaladera al Colonia de Schumacher o Littbarski. Lutz Eigendorf, entonces, marchó a Braunschweig con la promesa de consolidarse en la élite del fútbol nacional, a pesar de que su nivel futbolístico había bajado notablemente. Pero nada que no pudiese recuperar siendo indiscutible en un equipo que quería volver a ser el de la década pasada. Meses después, el 5 de marzo de 1983, Eigendorf había quedado con un amigo para tomar algo en un local de la ciudad. Sobre las 22.30 abandonó el bar de Braunschweig y se subió en su flamante Alfa Romeo para regresar a su casa. Algo que nunca volvió a hacer: sobre las 23 horas, Eigendorf había estrellado su coche contra un árbol. Dos días después, el centrocampista de Brandeburgo fallecía víctima de las heridas producidas a raíz del accidente.

[pullquote]Había la sensación, en toda Alemania Federal, que el accidente no fue tal, sino una orden directa de la Stasi[/pullquote]

Sin embargo, el misterio nunca acabó con el trágico hecho consumado. La versión oficial relacionaba al accidente del futbolista con la excesiva ingesta de alcohol en ese bar de Braunschweig. La analítica reflejaba un 0.22 % de alcohol en sangre, muy por encima de los límites legales permitidos por aquél entonces. No obstante, la fiscalía sospechaba que el asesinato del jugador pudiera tener tintes políticos. Se abrió una exhaustiva línea de investigación sobre el suceso: analizaron pormenorizadamente el motor y sus engranajes, así como el interior del vehículo, buscando algún tipo de sustancia o veneno (bien fuera polonio o algún tipo de elemento químico análogo) e intentar relacionarlo con la -entonces sospechosa- forma de ejecutar a los traidores y desertores por parte de los agentes infiltrados de la República Democrática. No consiguieron hallar nada que probase la teoría y archivaron el caso. Había la sensación, en toda Alemania Federal, que el accidente no fue tal, sino una orden directa de la Stasi.

Documental sobre la muerte de Lutz Eigendorf

El caso cayó en el olvido colectivo, aunque no en el caso del periodista Herbert Schwan, quien realizó un documental a comienzos del presente siglo. Titulado “Muerte al traidor” (Tod dem Verräter) , Schwan emitió ese documental, a raíz de una exhaustiva recopilación de documentos extraídos del archivo de la RDA. Uno de esos archivos policiales tenía el nombre de Lutz Eigendorf. En él se contenían numerosos informes de hasta 50 agentes distintos, todos ellos infiltrados en la RDA, donde se hacía referencia a la vigilancia del centrocampista. Aparte, se encontró un documento titulado “Verlitzen, Eigendorf”. Al parecer, “Verlitzen” tenía el significado de una forma de ejecutar atentados “sutiles” por parte de la policía política. Ese método consistía en el deslumbramiento cegador de un vehículo en dirección contraria al objetivo, lo que provocaba una pérdida de control del conductor, causando así un accidente de apariencia fortuita. Se probaba, de alguna forma, que la RDA estaba detrás del accidente mortal.

Aunque el caso nunca podrá cerrarse del todo, ya que faltan hechos recogidos en documentos desaparecidos o destruidos por la Stasi. La hipótesis que recoge Schwan en su documental no solo culparía a la RDA del asesinato de Eigendorf, sino que explica un método planificado hasta el último detalle. Esta teoría recoge que, el amigo con el que estaba Eigendorf era, en realidad, un agente infiltrado en la República Federal y que este le drogó u obligó a consumir grandes cantidades de alcohol (el jugador no era alcohólico), permitiendo conducir el coche en estado de relativa embriaguez. Para completar la misión, un vehículo en sentido contrario y con un foco lo suficientemente deslumbrante, hicieron que el futbolista perdiera el control de su vehículo y se estrellase de frente contra un árbol.  Lo único que queda claro, y es algo que un antiguo agente de la Stasi reveló en 2010, es que existía la orden de atentar contra Eigendorf, aunque el propio agente confesó que no había podido completar la misión.

[pullquote]El misterio y la incertidumbre sobre este caso siguen estando vigentes en Alemania[/pullquote]

El misterio y la incertidumbre sobre este caso siguen estando vigentes en Alemania. Algo que parece que, salvo reconocimiento implícito de los involucrados, no se conocerá en los próximos años. Algunos antiguos oficiales han negado o declinado hacer declaraciones al respecto y, más de 26 años después de la disolución de la RDA, probablemente terminen llevándose consigo el secreto de una muerte causada por la política. Un daño colateral de la Guerra Fría, en pocas palabras. Gramsci lo tuvo claro a comienzos del siglo XX, cuando pronunció la frase que encabeza el presente artículo. Al fin y al cabo, los claroscuros seguirán siéndolo para quienes aún se preguntan qué le sucedió, realmente, a Lutz Eigendorf, mientras resuena en su cabeza aquél 1983 en la que “Nena” cantaba 99 Luftballons y el Hamburgo se proclamaba campeón de Europa.

Fuente imagen principal: Alchetron.

Lutz Elgendorf, durante un partido.

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