No se lo creía él y no se lo creían los más de 74.000 espectadores que sufriendo un sol de justicia se habían acercado al Giants Stadium de Boston en esa calurosa tarde del verano de 1994. El portero de la selección italiana, Gianluca Pagliuca, había sido expulsado y su entrenador, Arrigo Sacchi, el hombre calvo de mente lúcida que había roto el establishment implantado en el fútbol y revolucionado la táctica conocida hasta entonces, no se le había ocurrido otra cosa que quitar a su mejor jugador, Roberto Baggio, para recomponer a la azzurra y afrontar los 70 minutos de vital importancia que quedaban.

[pullquote]Al entrenador que cambió para siempre la forma de jugar sólo le faltó ese Mundial para ganarlo absolutamente todo[/pullquote]

La cara de Baggio hizo honor al dicho aquel que habla de miradas que matan. Italia ganó y en Italia, las tertulias se llenaron de buscadores de culpables ansiosos de linchar a alguien por un mediocre comienzo de Mundial de la selección italiana. Si al principio fue Sacchi quien sufrió las iras de los tifosi tras la sonrojante derrota con Irlanda en el primer partido, poco después fue Baggio el centro de las críticas tras una primera fase más bien discretita. Luego, el Divino Codino llevó a la azzurra a la final que acabaría perdiendo en los penaltis cuando tras padecer molestias físicas durante todo el partido, elevó su penalti hacia las nubes. Baggio nunca dejó de soñar con ese instante. Quizá Sacchi tampoco pudo olvidarlo nunca. Al entrenador que cambió para siempre la forma de jugar sólo le faltó ese Mundial para ganarlo absolutamente todo. Un título que hubiera situado al genial futbolista budista también muy por encima del recuerdo que nos ha quedado de unos de los mejores jugadores de los últimos treinta años. Baggio y Sacchi no se soportaban, no se soportaron jamás. Comparten gran parte de la grandeza del fútbol italiano y la penitencia de ese desgraciado penalti, pero la relación entre ellos siempre fue un continuo roce de egos.

Baggio y Sacchi no se soportaban, no se soportaron jamás. Comparten gran parte de la grandeza del fútbol italiano y la penitencia de ese desgraciado penalti pero la relación entre ellos siempre fue un continuo roce de egos

Arrigo Sacchi fue elegido en 1987 por Silvio Berlusconi, empresario de gran éxito y dueño del Milan, para guiar al equipo rossonero tras unos años de debacles, escándalos y malos resultados deportivos. Sacchi, de aquellas, prácticamente era un desconocido. Pero su innovador Milan cambió la forma de entender este deporte para siempre. Hoy en día, todo el género de fantasía bebe de Tolkien, como todo el fútbol se mira en el espejo de ese Milan de finales de los 80 ideado por Sacchi, hombre meticuloso y obsesivo en cada detalle. Perduran en el tiempo leyendas sobre un Sacchi que exprimía tanto a los jugadores que Van Basten se quejaba de que iban a dejar de divertirse. Corre incluso, la leyenda de que Galli, portero del Milan en aquellos trepidantes primeros momentos, no podía dormir una noche y al preguntarle su mujer la causa de tal insomnio, éste le dijo que era porque tenía que ver a Sacchi al día siguiente. Y es que en un entrenador, además del sistema de juego y de las táctica, es el principal responsable de un grupo humano. Un vestuario con el que se pueden llegar a tener roces y con el que el exhaustivo plan de Sacchi, obsesionado con controlar desde la alimentación hasta el último paso sobre un terreno de juego, chocaba más de una vez. La búsqueda de la excelencia total de Arrigo Sacchi le creó ciertos problemas, pero, en algunos casos como los holandeses del Milan, acabaron con final feliz. Con Roberto Baggio, no tanto.

Sacchi fue el gran revolucionario del fútbol italiano en una época en que el talento fluía en la liga italiana, seguramente la mejor que haya existido nunca. Las esperanzas patrias se centraban en una gran generación donde destacaban mitos como Maldini, Baresi o Zola. Pero por encima de todos destacaba un mediapunta de extraño carácter y aire melancólicamente bohemio. Había empezado a proyectarse en el Vicenza, de donde dio el paso a la Fiorentina. Un excepcional Mundial del 90 y tres años maravillosos ya en la Juventus le hicieron ganar el Balón de Oro en 1993. Para 1994 era la gran esperanza azzurra. Allí tendría el mayor reto de su vida. De la mano de Arrigo Sacchi.

El primer gran encontronazo se produjo, de hecho, en ese Mundial, cuando en el partido contra Noruega y tras la expulsión de Pagliuca, el elegido para ir al banquillo fue Roberto Baggio. Italia acabó clasificándose in extremis con una fase agónica, y en Italia arreciaban las críticas a Baggio y Sacchi. Pero en el partido de octavos, con Italia al borde de la eliminación contra Nigeria, fue el encuentro donde Baggio se vistió de jugador inmortal y con dos goles, uno en el límite y otro en la prórroga, clasificó a la azzurra y dio el golpetazo en la mesa que todo el mundo anhelaba. Volvería a ser protagonista contra España en cuartos y contra Bulgaria en semis haciendo un Mundial que hoy en día sigue siendo una de las actuaciones individuales más recordadas. Eso sí, con el triste epílogo de aquel penalti. A pesar de la derrota, el buen papel final calmó momentáneamente la relación con Sacchi.

[pullquote]Baggio fue un talento inolvidable adorado por el público[/pullquote]

El divorcio total entre la estrella y el entrenador se produjo en 1997 cuando coincidieron en las filas del AC Milan. Era la segunda ocasión del técnico de Parma en la esquadra rossonera donde había recalado un año antes Baggio tras romper su vínculo con la Vecchia Signora. Baggio fue un talento inolvidable adorado por el público que tuvo que luchar toda su vida contra los férreos sistemas tácticos italianos y en Milan pasó igual. ”Baggio en el banquillo es algo que no entenderé en mi vida”, llegó a decir Zidane en sus años en el Calcio. Eso, el banco, fue el destino habitual del Divino Codino durante su andadura en el Milan de Sacchi llegando al extremo de explotar en la prensa contra su suplencia. Con casi 30 años, Baggio acusó al entrenador de “tomarle el pelo” y afirmó estar harto. Años después, Sacchi dejó medianamente clara su postura ante Baggio al afirmar hace poco que Tevez era un ’10’ mucho más completo de lo que había sido Roberto para la Juventus. Fue la última muesca de una relación personal que nunca jamás llego a ser mínimamente fluida.

Sacchi dejó medianamente clara su postura ante Baggio al afirmar hace poco que Tévez era un diez mucho más completo de lo que había sido Roberto para la Juventus

Admirado y copiado hasta el extremo, Arrigo Sacchi convivió con su fama de técnico inflexible, brilló solo con su carisma y se enfrentó a cualquier estrella que no encajara o se plegara a su libreto mágico. En la historia quedan sus hazañas y el equipo más perfecto de la historia.

Fuente imagen principal: Agencias.

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