A orillas del fervor, a escasos metros del más sincero de los delirios que atrapaba a propios y a extraños -como aquel policía que fue grabado coreando como un hincha más a su equipo-, en pleno auge de una victoria que parecía ya imposible de escapar y bajo la mirada de su eterno rival, Daniele De Rossi lo apretó contra su pecho. Fuerte, presionándolo al escudo. Como si quisiera dejarlo ahí, grabado, junto al estampado de Rómulo y Remo -pues, por todos es sabido, el italiano siempre ha sido más terco que mañoso-. Luciano Spalletti, desde la distancia, aprobó asintiendo; y Francesco Totti, a quien el festejo lo hizo saltar de su aciaga realidad, emitió su veredicto pulgar en alto. El gesto, indiscutible, despertó los vítores de buena parte de un Estadio Olímpico que, como si su escenario volviese a ser de tierra y no de césped, se enmendó a la figura de su gladiador más en forma.

Radja Nainggolan es el hombre de moda en Roma. Ante un paso del tiempo que, jornada tras jornada, acerca a su capitán a colgar su coraza por vez definitiva; el mismo que tampoco pierde de vista al propio De Rossi; y tras la lesión de Alessandro Florenzi, tercer oficial de la plantilla; el futbolista belga se ha adueñado del testigo giallorosso. Pese a contar con ciertos tantos de vital importancia, como el que sentenció el Derby ante la Lazio o con el que se impuso al Milan, por el enfrentamiento directo a regentar la oposición de la Juventus, y situarse a solo dos de su mejor registro profesional (6) que alcanzó en la anterior 2015/16, Radja Nainggolan (1988, Amberes) no destaca precisamente por su acierto de cara a puerta. Tampoco por su solidaridad en el último pase. Ya que lo lógico sería que su nombre no apareciese al finalizar el curso entre los máximos goleadores ni asistentes del cuadro romanista.

Porque el belga es un especialista del todo. Su presencia, tan intimidatoria en lo futbolístico así como en lo estilístico. Fruto de una combinación que se alimenta de manera recíproca. Su mordiente a la hora de presionar al contrario y su técnica, que no le falta, para resolver en los últimos metros del terreno, llevaron a Luciano Spalletti a situarlo a caballo del ataque y el mediocampo. Si a su llegada, con Rudi García todavía en el banquillo romano, protagonizaba un fútbol de mayor recorrido jugando como interior; el paso de Spalletti al nuevo sistema, que libera a una de las patas del trivote cerrando con solo dos hombres en el medio, ha empujado a Nainggolan a jugar unos metros por delante. Sin renunciar a kilómetros ni participación defensiva.

Pues el posicionamiento, no obstante, no lo exime de reforzar el doble pivote cuando la Roma se arma en el repliegue. Sin Miralem Pjanic, la pieza que actuaba como lanzadera del fútbol que más le gustaba (y le gusta) practicar a la Roma: aquel que, en pocos segundos, terminaba con Mohamed Salah corriendo a los espacios, Spalletti ha tenido que reconstruir la conexión. Y entre las muchas partes que ha empleado -Dzeko más móvil, Strootman escoltado o la vertiginosidad de Bruno Peres por el costado-, el belga también ha consolidado el apaño.

Su buen físico, con el que no solo brega en la recuperación, sino que también le permite abarcar extensas parcelas del campo, lo convierten, a día de hoy, en el mejor box-to-box de la Serie A. La robustez del romanista se ostenta en sus piernas, y su estatura, por debajo del uno-ochenta, refuerza su tren inferior. Algo que, sumado a su intensidad -que no violencia-, le permite salir airoso de los continuos contactos en los que se ve envuelto. Pegajoso en la presión, en eso de correr y perseguir al contrario, cayendo numerosas ocasiones en la falta -lo que le llevó a ser uno de los más apercibidos en la Serie A 2015/16 (10 amarillas y una expulsión)- y otras tantas para devolver la posesión a los suyos; su importancia reviste de tales dimensiones que, hasta la fecha, es el futbolista de la Roma con más minutos en lo que va de campaña. A lo que no parece dispuesto, ni él ni el propio técnico, de que se altere ese registro.

Incombustible en su habitual reparto de presionar, perseguir, recuperar, fijar, contragolpear e incorporarse al ataque (donde además posee un buen disparo a media-larga distancia), sin cesar de correr un momento, su garra y empeño han terminado por conquistar al respetable del Olímpico giallorosso. Y tras un arranque de temporada algo titubeante, quizás en lo físico, donde Nainggolan basa buena parte de su éxito futbolístico, el belga ha conseguido enderezar su nivel. Hasta el punto de que, a la fecha, es junto a Dzeko y Salah, máximo goleador y asistente respectivamente, el futbolista más destacado de la 2016/17 para la Roma.

Habitual con el combinado de Bélgica, sus actuaciones tanto a nivel de clubes como de selecciones, no han pasado desapercibidas por numeras entidades que intentaron alejarlo de Roma con abultadas cantidades monetarias. El último y más sonado, fue el Chelsea de Antonio Conte el pasado verano, pero el belga decidió seguir jugando para la Roma. Hijo de padre indonesio y madre belga, Nainggolan ha pasado buena parte de sus 28 años en Italia, desde que llegase con 17 al Piacenza para después emigrar al Cagliari. Ahora, una década después de mudarse de su ciudad natal, y a donde vuelve cada vez que tiene oportunidad, en la capital italiana se siente importante. Un líder carismático, sin la necesidad de abrocharse tal responsabilidad del brazo.

Fuente imagen principal: Dean Mouhtaropoulos (Getty Images)

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