Lejos quedan los tiempos en los cuales el fútbol en Japón era un producto extranjero que a duras penas era introducido por la Royal Navy entre sus colegas japoneses, como también lejos quedan los campeonatos amateurs auspiciados por las empresas. El fútbol está al día en territorio nipón.

Entender por qué el fútbol ha conseguido triunfar en Japón es entender que adoptar como propio lo ajeno es esencial para hacerse un hueco en una sociedad que armoniza su esencia más clásica con el progreso más desmesurado. De poco servían los esfuerzos de las empresas y de la Nippon Soccer Kyokai para promover mediante la Emperor’s Cup un deporte que se veía con desconfianza a los ojos del gran público. La gloria conseguida tras el bronce de la selección masculina en los Juegos Olímpicos de 1968 tampoco fue suficiente para masificar el fútbol. Los brasileños con familia japonesa que las empresas contrataban como autónomos tan solo para competir entre las mismas no fueron suficientes, y los ecos del fichaje de Yasuhiko Okudera por el 1. FC Köln llegaron a pocos oídos nipones. Hasta que un oriundo de Katsushika se encontró con un partido del Mundial celebrado en Argentina en 1978.

Yoichi Takahashi es el autor del famoso manga y posterior serie de animación Capitán Tsubasa -más conocido en nuestras tierras como Oliver y Benji-, el cual narraba las aventuras en el mundo del fútbol de Tsubasa Ozora -Oliver Atom-  y sus aspiraciones por medrar en dicho deporte. La fama e importancia de esta historia fue tal que la mencionada Nippon Soccer Kyokai promovió el desarrollo de la misma. A raíz de la popularidad del manga en las generaciones más jóvenes y del interés de los mismos por imitar a los personajes que tanto amaban el fútbol fue calando hondo en la sociedad y saliendo de los pequeños círculos empresariales y universitarios en los que se había movido hasta entonces. En las escuelas empezaron a proliferar los clubes de fútbol, que ya no eran la minoría y competían por conseguir miembros con otros más tradicionales como el béisbol o el tiro con arco. La ilusión de toda una generación avanzó imparable durante más de diez años, contagiando a las venideras e incluso a las que en su día renegaron del fútbol, cristalizando en la creación de la J. League, la primera liga profesional de país.

Kazu Miura es considerado uno de los mejores jugadores de la historia de la J. League, y es reconocido como uno de los causantes del aumento de la popularidad de la misma e incluso servir de inspiración para el personaje de Oliver Atom.

El otro gran auspiciador del auge y posterior consolidación del fútbol fue la propia FIFA cuando en 1996 decretó a Corea del Sur y Japón como sede para el Mundial de 2002. Estar en el candelero mundial y que la atención de millones de personas se centrara en el país, fue clave para que las instituciones se volcaran con el fútbol. La construcción de estadios se sufragó de manera estatal, así como desde este mismo estamento se promovían planes para el desarrollo futbolístico de los más jóvenes. Los clubes se profesionalizaron y se fundaron muchos otros nuevos. La sociedad fue aceptando cada vez más el fútbol como parte de su cultura más reciente y la buena cara mostrada por Japón en el torneo de 2002 no hizo sino acrecentar la arrolladora popularidad del deporte rey.

Paralelamente a este auge, se produjeron los momentos más difíciles del fútbol femenino en el país. Las Yamato Nadeshiko, nombre con el que se conoce a la selección nipona de fútbol femenino, no habían tenido éxito en las competiciones internacionales disputadas hasta entonces, pero habían logrado clasificarse para las mismas a pesar de la precaria situación del fútbol femenino dentro de las islas, mucho menos avanzado y masificado que el masculino -la mayoría de los lectores de Capitán Tsubasa eran masculinos, así como la gran cantidad de clubes escolares y universitarios-. La no clasificación para el torneo olímpico del Sydney fue un duro golpe para el fútbol femenino y para la propia liga nacional. Las sombras envolvían el futuro de la selección hasta que Eiji Ueda -entre 2002 y 2004- y Hiroshi Ohashi -durante los siguientes cuatro años- profesionalizaran la selección y a la postre el conjunto del fútbol femenino nipón. El trabajo constante de estos dos entrenadores consiguió que el avance del fútbol masculino se trasladara al otro sexo, y aunque de manera más gradual, la Nadeshiko League adquiriera mayor notoriedad, con la consiguiente mejora de las infraestructuras tanto colegiales como superiores, repercutiendo esto en la calidad del propio fútbol y provocando una espiral de mejora constante que cristalizaría en el mayor éxito del fútbol japonés y tercer punto clave de la consolidación del fútbol en Japón: el campeonato mundial de 2011. Las niponas superaron a rivales de la entidad de Alemania o Estados Unidos -únicos países junto a Noruega y el propio Japón en obtener un Mundial-, y a punto estuvieron de volver a repetir hazaña en 2015, pero cayeron en la final ante Estados Unidos.

Con el tiempo, se olvidará que un día Archibald Lucius Douglas enseñaba fútbol a la armada japonesa, o que ese deporte no formó parte integral de la sociedad hasta los años ochenta. Pero siempre quedará un reguero de estatuas en Katsushika como testigo de que una vez, un cómic y la ilusión de una generación de niños hicieron posible que cualquiera pudiera jugar al fútbol en Japón.

Fuente imagen principal: NSS Magazine.

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