Son las siete de la mañana en las afueras de Austin (Texas), y Will ya está levantado para empezar el día. A sus 60 años, recién cumplidos, es un hombre “de los de antes”: duro de carácter, con una sonrisa muy típica en el Sur de Estados Unidos, para combatir el acuciante calor que siempre azota a la ciudad en verano. Su sombrero acompaña a los vaqueros de pana y una camisa a cuadros, de esas que tienen bolsillo para guardar las cosas más importantes en su profesión: es el dueño de una explotación ganadera.

Poco queda de aquél Willheim que huyó de la antigua República democrática alemana a principios de los 80. Sus ojos azules y barba caneada de tres días, hacen poco probable imaginar de dónde viene, algo muy distinto de cuando emigró. Willheim tenía un primo norteamericano en San Antonio, descendiente de un largo linaje que aterrizó en el estado texano allá por el siglo XIX, en busca de un porvenir que, su entonces país, no le aseguraban. Algo nada extraño, y que se lleva dando desde que Estados Unidos no era como tal, sino una dicotomía entre bandos confederados constantemente en guerra por el territorio. Sus sentimientos y su identidad quedan divididas cuando se les pregunta si se sienten más americanos que alemanes o viceversa. En la familia probablemente digan que “son más americanos que el Fried Chicken”, mientras otros dejan entrever sus filias de pertenecer a una nación sufrida. Algo que no hace más que certificar el nexo y unión entre ambos lugares, lejos de los mitificados puntos discordantes entre ambos: el 10 % del origen de la población del estado sureño procede de “Germania”.

Alemania ha tenido un peso estructural importante en el desarrollo poblacional de los Estados Unidos, una nación que se ha visto influenciado (más que nadie) por la emigración. Sin embargo, las guerras separaron mucho de lo que unían a ambos. Realmente, Alemania no fue un país como tal hasta después de la caída del muro berlinés. Entre imperios prusianos, repúblicas de Weimer y estados divididos a partir de 1949, los alemanes tienen mucha historia como pueblo, que no como una unión. Es más, Alemania fue el escenario donde la “Guerra Fría” fue más caliente que nunca, estableciéndose dos potencias que luchaban por una división mundial: “los buenos y los malos” según la ideología e intereses al servicio de la imposición de unos sobre otros. Es por eso que Estados Unidos abrió bases a lo largo de la República Federal, con la “excusa” de vigilar a los estados comunistas (con la URSS detrás de todo el entramado) tras el “telón de acero”. Lo que un siglo antes era la inmigración alemana a Norteamérica, desde mediados del siglo XX fue todo lo contrario: un sinfín de familias (de diferentes razas desarrolladas en Estados Unidos) que crecieron en un territorio y unas costumbres distintas; una mescolanza racial que derivó en hijos de americanos nacidos, criados y crecidos en Europa y, por extensión, bajo territorio germánico. Como consecuencia directa, los hijos y/o nietos de esos militares que velaban por los intereses de la bandera rojiblanca con el cielo lleno de estrellas, se dividen entre ellas y el águila gubernamental de la “Bundesdienstflagge”.

  • Facebook
  • Twitter

Evolución de la inmigración desde Alemania a Estados Unidos. Elaboración propia.

Cabe decir que representar unos colores o una bandera, tiene más que ver con el sentimiento de pertenencia, que con el mero hecho de representarla porque sí. Lo intangible y volátil de las emociones hace que sea difícilmente predecible realizar una elección. Razón de más por la que la FIFA ha establecido que, hasta que un futbolista no debute oficialmente con una selección nacional, éste puede debatirse y alargar el debate sobre qué nación decide representar. Hecho que beneficia, sobre todo, a los jugadores africanos y sus vínculos pasados (coloniales) de algunos países con África; también por el hecho de que estados unidos de los Balcanes (Yugoslavia) o la Unión Soviética, han modificado el mapa geopolítico (y por extensión el fútbol) en los últimos años. Alemania se ha aprovechado de esto, especialmente a partir de la primera década del siglo XXI; la reforma estructural que se llevó a cabo el fútbol alemán desde las bases, hizo que los descendientes de otros países  jurasen como suya una nacionalidad heredada por haber nacido en los límites del territorio. Pese a las costumbres, descendientes de turcos, norteafricanos o polacos, consiguieron aunarse todos en pos de una única bandera. Estados Unidos ha aprovechado estas circunstancias para hacerlas suyas, algo que no es más que el fruto de lo que representa esa bandera constituida por barras y estrellas. Un crisol de nacionalidades (Mexico, Italia, Inglaterra, Jamaica, haitianos, africanos, oriundos de Trinidad & Tobago, Centroamérica) que forman una de las plantillas más fuertes de la CONCACAF, amén de servir como acicate para impulsar el “soccer” en una región que, tradicionalmente, solo lo practicaron los “extranjeros”.

Estados Unidos, con futbolistas de origen mexicano, italiano, inglés, jamaicano, haitiano, africano…, ha conseguido formar una de las selecciones más potentes del continente americano…

Cabe decir que el máximo responsable de todo ello es Jürgen Klinsmann. El otrora seleccionador alemán, y predecesor de Joachim Löw, no ha sido muy frugal a la hora de elegir. Quizá, porque él conozca esta situación mejor que nadie: Göppingen está en la región de Baden-Würtenberg, y cercana a todas las bases que se aglutinaron en torno al sur del Rin; lo que da mucha idea de lo que significa ser alemán y norteamericano al mismo tiempo: militares americanos/as relacionados/as con ciudadanos/as alemanes, o viceversa. Sin embargo, la Bundesliga (como competición que intentaba internacionalizarse, así como renovarse) confió en jugadores míticos como Claudio Reyna (Leverkusen, Wolfsburg), tras el Mundial disputado en territorio nacional, para ir dando pequeños pasos hacia su objetivo: ser una potencia en el balompie; antes había apostado por jugadores como Eric Wynalda (y su paso por el Saarbrücken o Bochum), por el “germano-estadoudinense” como Thomas Dooley (que jugó en clubes tan míticos como el Homburg, Pirmasens, Kaiserslautern o Schalke 04), o por el “one-man club” Steve Cherundolo. La tendencia ha sido ascendente, y eso se lo deben a estos precursores. En definitiva, Klinsmann no ha hecho más que explotar algunas circunstancias personales para motivarles de cara a representar a una selección. Sabiendo que la selección alemana está produciendo tanto talento (en parte, porque el propio seleccionador norteamericano fue parte íntegra de la misma), esos alemanes descendientes de estadounidenses deciden apostar por más conveniencia deportiva y profesional, que sentimental, por sentirse fieles a un país que puede no ser el suyo en el carnet de identidad.

La Bundesliga es una liga en auge y ebullición, donde diferentes seleccionados absolutos (Fabian Johnson, Julian Green, John Anthony Brooks, Timothy Chandler) tienen la oportunidad de ser parte de un país que busca desesperadamente ingresar en la élite de uno de los deportes “menores” en su amplia geografía. Hasta el resurgimiento de la MLS como liga, tras el éxito (como organizador) del Mundial de 1994, Estados Unidos trataba al fútbol como un “deporte extraño”. Esa concepción ha cambiado en los últimos veinte años, y su objetivo (¿destino?) es terminar siendo una de las mejores selecciones nacionales del mundo, casi como en cualquier deporte. Para alcanzar el éxito, el mayor reclamo son las estrellas mediáticas en decadencia; de esta manera, se atrae a los patrocinadores y (por tanto) al dinero. Sin embargo, el trabajo de base aún sigue siendo pobre, comparado con otros deportes con mayor arraigo (fútbol americano, baloncesto o hockey). Por esta razón, Klinsmann viene a ser como un reclutador para la “armada” norteamericana: allí les promete el “oro y el moro”, eligiendo (en algunos casos) jóvenes ávidos de minutos, gloria y lanzadera para sus respectivas carreras profesionales. La experiencia formativa germana, amén de los diferentes vínculos que establece “la tierra prometida” con los emigrantes de otros países y continentes, han hecho que ésta se expanda por el mundo. La capacidad de crecimiento competitivo de la selección nacional, amén del dinero prometido por los clubes de reciente formación y la ampliación al “soccer” el concepto de franquicia, sólo puede ser motivo de éxito y celebración.

Una unión satisfactoria para los norteamericanos que ayudan a expandir su imagen patriótica (y heterogénea) por el mundo. Sin ir más lejos, la vida de Willheim es como una metáfora de esa unión necesaria; un beneficio propio de quienes ven el hecho de representar a una nación como algo secundario, bajo un manto de propaganda patriótica. Will se ha adaptado a la vida americana: juró fidelidad nacional a los Estados Unidos en el condado más “americano” por excelencia. Al fin y al cabo, las águilas pueden volar entre las estrellas.

Fuente de la imagen principal: FIFA.

Share This

Compartir

Share this post with your friends!