Quien visite Rosario dará cuenta de que aún le falta añadir ciertas piezas a su mapa futbolístico. La ciudad conserva un aroma que parece hacerla eterna, producto de la intensidad y pasión con que se vive el deporte rey. Una suma de talentos reconocidos ha emergido desde allí, contando desde César Luis Menotti hasta llegar al súmmum con Lionel Messi. Sin embargo, uno de ellos acaparó todas las miradas en su época y fue una leyenda que pronto se convirtió en mito, habiendo jugado apenas dos partidos en Primera División.

Parado como centrocampista, Tomás Felipe Carlovich deslumbró a propios y extraños con la camiseta de Central Córdoba en las décadas del ’70 y ’80. Era un jugador de ritmo cansino, pero con una clase magistral. Capaz de proteger la pelota como nadie, hacía imposible el propósito de los rivales por querer arrebatarle el balón. Su capacidad con el esférico en los pies era infinita, tanto que existían adversarios que no salían a buscarlo por miedo a quedar ridiculizados.[

Con el equipo charrúa consiguió un ascenso de la C a la B, aquella que por entonces era la segunda categoría argentina. De todos modos, su llegada al club se dio posteriormente a jugar tan solo un encuentro con Rosario Central. Según cuenta Carlovich, el cuerpo técnico le había prometido la titularidad tras un juego con Los Andes y, al no cumplir con la palabra, decidió irse perdonando una deuda que el club poseía con él. Un futbolista que unos meses antes había tomado el mismo rumbo le aconsejó llegar a Central Córdoba, y en el primer amistoso que disputó convirtió dos goles. Fue el puntapié de una carrera con la que se convirtió en ídolo. “Para mí, el club es muy importante, y hablo de la camiseta, no de la dirigencia. Me dio la posibilidad de mostrarme, hacer lo que a uno le gustaba”, señala.

Dueño de una gran pegada y capaz de dar asistencias milimétricas, atraía masivas cantidades de público que buscaban ver sus condiciones. El estadio Gabino Sosa completaba sus lugares horas antes de comenzar el partido. Hoy juega el Trinche, se repetía en la ciudad. Es que Tomás Felipe es el Trinche, desde joven, y se lo conoce casi exclusivamente por ese sobrenombre. El apodo no tiene razón de ser, ha explicado Carlovich, pero le quedó tras que un amigo le dijera así por primera vez en su juventud.

Fue en los campos cercanos a su casa donde comenzó a despuntar una técnica inmejorablemente depurada. Creció en barrio Belgrano, donde las calles eran de tierra, rodeadas de zanjas. En los potreros de la zona, jugaba descalzo y trascurría horas con la pelota junto a sus amigos. Fue el menor de siete hermanos, hijos de un yugoslavo que inmigró en 1929 a la Argentina y que trabajó instalando tuberías y caños en Rosario. Pronto alcanzaría las divisiones formativas de Central y acabaría en un equipo de tercera. Nadie comprendía cómo se podía dejar en libertad de acción a semejante proyecto de futbolista. Hoy en día, el Trinche se define como “uno más del montón”, con el objetivo de esquivar los halagos. “Tuve la suerte de estar rodeado de grandes jugadores”.

La humildad lo caracteriza. Cuando se le nombra alguna gran jugada que pudo haber hecho, opina que fue por casualidad. Y pudo haber hecho porque en la ciudad se ha agigantado el mito de su figura, pero no existe ni un registro fílmico de sus acciones. Sí hay recortes periodísticos y contadas fotos de su época en las canchas, pero no se han hallado vídeos que comprueben su forma de jugar. Aquellos que lo vieron dicen que fue el Maradona del Ascenso, pero él mismo prefiere dejar de lado la comparación: “¡Qué voy a ser como Maradona yo…! Tal vez se dio por el estilo de uno, el zurdo siempre parece que fuera distinto a los demás”. Una vez Diego Armando firmó con el club rojinegro, en 1993, recibió el saludo de un periodista agradecido de que llegase a su tierra el mejor de todos los tiempos. El ‘10’ contesto: “¿Qué me dice? Si el mejor jugador vive en Rosario y es un tal Carlovich”.

Marcelo Bielsa llegaba al estadio de Central Córdoba para verlo jugar cada fin de semana que el equipo hacía de local. También José Pekerman se acercaba a observar su elegancia, y hasta ha dicho que fue el jugador más maravilloso que vio. Pero no fueron los únicos; por caso, César Luis Menotti apuntó que Carlovich tenía ese gen rosarino que hoy Messi exhibe al mundo, y Jorge Valdano señaló que el volante central era el símbolo del fútbol romántico.

Pelo largo, barba, medias bajas y la ausencia de canilleras caracterizaban al Trinche, que tuvo cuatro períodos en la institución de sus amores y en el medio salió a diferentes regiones del país. Era querido incluso por su aspecto despreocupado, por su ambición de solo querer divertirse en un campo de juego. En Independiente Rivadavia, de Mendoza, fue apodado El Gitano, pero con el paso de los partidos se lo conoció como El Rey. Solo abrochaba el último botón de su camiseta y jugaba con el pecho al aire.

No obstante, su corazón le obligaba a retornar a su lugar de origen. Por eso mismo, siempre que finalizaba un encuentro, tomaba el avión de regreso a Rosario. Existe la historia de que no llegaría al ómnibus de vuelta si jugaba un partido entero en Mendoza, por lo que se hizo expulsar con el fin de llegar con tranquilidad a la estación. Así, firmó contrato con Colón de Santa Fe, a tan solo un par de horas de su hogar, pero las lesiones solo le permitieron volver a jugar un cotejo en la máxima categoría. Desde el cuerpo técnico no creían que se había lastimado, la consideraban una excusa para regresar a Rosario. De cualquier manera, en una junta médica, mostró su pierna negra y se enojó con la directiva. Sin más, decidió poner fin a su contrato y volver al Charrúa, donde pudo subir nuevamente a la segunda división.

Era poco apegado a los entrenamientos y a la intensidad. No necesitaba ser rápido, puesto que la velocidad de su cabeza y su técnica eran dominantes. El escritor uruguayo Eduardo Galeano llegó a definirlo así: “Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y a las infiltraciones de cortisona, que olvidan el dolor y mienten la salud. En las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración, donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo”. Hombre solitario, gustaba de cambiarse en la utilería y no en el vestuario, junto a sus compañeros.

“Antes, debíamos cuidar los botines como si fueran oro. Ahora, salen a la cancha, miran para arriba y, si está nublado, van y le dicen al utilero ‘dame estos botines que está nublado’; está lloviendo, ‘dame para la lluvia’’, expresa en la actualidad, conservando el aspecto que tenía 30 años atrás con el considerable paso de los años y una operación de cadera que acarrea.

EL HISTÓRICO PARTIDO DEL ‘74

Dos meses antes de la Copa del Mundo de 1974, el seleccionado argentino viajó a Rosario para disputar un amistoso de preparación contra un combinado de la ciudad. El estadio de Newell’s, en el Parque Independencia, estuvo repleto de público, y vio la manera en que el equipo rosarino venció 3-1 al nacional con una actuación colectiva descomunal. Fue un baile, se animan a asegurar aquellos que vieron los 90 minutos. Y en la cancha, Carlovich hizo de las suyas; cinco futbolistas de Central, cinco de Newell’s, y el jugador de Central Córdoba, desconocido para el ambiente nacional y de quien apenas aparecían artículos del periodismo de su zona.

Durante el primer tiempo, el Trinche fue la máxima figura. Llegó a tirar un caño de ida y vuelta, jugada que patentó, en la que pasaba la pelota entre las piernas de su rival y, cuando éste regresaba, volvía a hacerlo. Igualmente, desvía el foco para no ser el centro de los elogios. “Se comentan un montón de cosas, en la cancha había 30.000 personas y parece que hubiera habido dos millones. Son partidos que salen, distintos, rodeado de grandes jugadores tenes la obligación de jugar muy bien. Al lado de Kempes, Zanabria, Obberti, Killer, Pavoni, tenía que hacer las cosas bien”.

El descanso del enfrentamiento aportó el primer mito. Se dice que Vladislao Cap, entrenador de Argentina, solicitó a Carlos Timoteo Griguol y Juan Carlos Montes, técnicos del combinado, que quitaran del campo a ese flaco que destacaba para poner fin a la contienda y que no acabara todo en un papelón. Tiempo luego, Menotti aseguró que pudo haberlo llamado para el Mundial del ’78, pero las lesiones de Carlovich en Colón le jugaron una mala pasada. César Luis, quien acabó obteniendo la Copa en ese año, tuvo su opinión sobre el ‘5’: “Fue uno de esos pibes de barrio que desde que nacen tienen un solo juguete: la pelota. Su técnica lo convirtió en un jugador completamente diferente. Pero en su carrera no encontró reservas físicas que sostuvieran todas sus condiciones técnicas. Además, desafortunadamente, tampoco tuvo a nadie que lo acompañara y lo comprendiera”.

Llegaron ofertas para viajar al exterior. El New York Cosmos de Pelé pudo ser su destino, aunque finalmente no fue. También hubo ofrecimientos de equipos europeos, pero él mismo manifestó en una oportunidad que jugar para Central Córdoba era como hacerlo en el Real Madrid. “A lo mejor no se me dio”, dice intentando encontrar un porqué a la cuestión.

A DÍA DE HOY

A la edad de 37 años, puso fin a su carrera profesional, más allá de que continuó actuando para equipos de ligas locales. Trabajó como albañil junto a su hermano, buscando un nuevo sustento, puesto que el fútbol no le otorgó las ganancias para lograr vivir de ello.

A sus 66 años, pasea con su bicicleta por las calles de Rosario y no hay quien no lo conozca. Cada día que pasa, el mito se hace más grande. Empero, asegura con honestidad que se han inventado muchas historias acerca de él. Gusta de mirar fútbol y los fines de semana se llega a los estadios para observar a Central, Newell’s o al conjunto que lo vio crecer, un equipo que busca con tenacidad el ascenso a la tercera división. Fue entrenador hace casi un lustro, pero la conclusión fue no volver a trabajar de ello. Prefiere disfrutar del fútbol desde otro lugar, rodeado del afecto de una sociedad que lo ama y lo respeta.

Fuente imagen principal: Héctor Ríos.

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