Te lo dice todo el mundo. Incluso en películas o libros aparece el mismo consejo. “Hay que aprovechar las oportunidades”, “hay trenes que solo pasan una vez en la vida”, etcétera. Parece que hay que estar siempre alerta y ser atrevido si quieres triunfar, no vale simplemente con ser muy bueno. Es difícil generalizar. Pero lo que sí está claro es que Anderson siempre hizo caso a este consejo. Y al menos durante un tiempo, le fue genial.

El primer tren que pasó cerca de Anderson lo hizo a finales de 2005 cuando, con 17 años, se encontraba jugando el partido más dramático de la historia de un grande como Gremio.  La situación era la siguiente: Gremio y Náutico se estaban jugando subir a la Serie A brasileña. El empate le valía, y con él aguantaron 80 minutos y un penalti en el 33’. Pero cuando restaban diez minutos para lo que debería haber sido el final del partido, el árbitro señaló otro penalti en contra. Las protestas de los jugadores (Patrício, Domingos y Nunes, el que había provocado la pena máxima) fueron respondidas por el árbitro Djalma Beltrami con una tarjeta roja para cada uno, que se sumaba a la expulsión que había visto el lateral izquierdo Escalona anteriormente. El mundo se les venía encima a la torcida tricolor, que estaban viendo ante sus propios ojos cómo se les estaba escapando el ascenso.

Y no solo el ascenso, ya que un año más en la B podría haber supuesto un desastre económico para el club y quién sabe si la desaparición del mismo. Los hinchas que habían tenido la suerte de acudir a ver el partido en el estadio dos Aflitos, en Recife, a más de mil kilómetros de Porto Alegre, no se quedaron callados. Porque sí, el penalti había sido más que dudoso, pero si hubiese sido evidente también lo habrían protestado de esa forma. Los jugadores y el cuerpo técnico no se quedaron atrás, y tal fue la batalla que se libró en el césped que el partido estuvo detenido durante veinte minutos. Ademar, el lateral izquierdo del Náutico que había provocado el penalti, se disponía a tirarlo. No porque lo hubiese elegido él, sino porque nadie quería tener esa responsabilidad. Un defensa que tira su primer penalti como profesional en el minuto 80 en una final para su equipo después de una gran tangana. Qué podía salir mal.

Galatto, portero titular aquel día por delante de un jovencísimo Marcelo Grohe, lo paró. La jugada siguiente empieza con Anderson en su campo encarando a los defensores de Náutico. Melena al viento, una pared por aquí, un amago por allá y consigue llegar a la banda izquierda del campo contrario con solo un jugador por superar en su camino al área. Batata, capitán de los locales, le derriba y el árbitro pita falta. Segunda amarilla y roja, era la quinta que el árbitro sacaba de su bolsillo aquella noche. Era una falta estupenda para perder unos segundos, dar tiempo a colocar al equipo como se pudiese con esos seis jugadores de campo que quedaban y coger un poco de respiro. No para Anderson, que consiguió sacar rápido y empezar otra vez su carrera hacia la portería contraria. Le perseguían dos rivales que, con más miedo a provocar un penalti que intención de quitarle el balón, le dejaron plantarse en el área pequeña frente al portero. Anderson definió como los grandes, como tenía que hacerlo: a gol. Se ha contado de mil maneras la Batalha dos Aflitos, incluso tiene una película. Y todas las formas tienen como héroe a ‘Andershow’.

Un mes después de aquella noche mágica, Anderson llegó a Oporto. Las expectativas eran máximas, como no podía ser de otra manera. A los ocho meses de fichar (es decir, en agosto de 2006, cuando empezaba la que iba a ser su primera temporada en Europa), Anderson fue junto a sus compañeros a jugar un torneo amistoso a Ámsterdam, donde se enfrentarían al Manchester United. En la crónica de aquel partido de la página web oficial del club de Manchester, el redactor Ben Hibbs explica que el Oporto empezó el partidowith 18-year-old midfielder Anderson dictating play in the middle of the park. En ese amistoso fue cuando Ferguson se fijó en él. Desafortunadamente para el brasileño, pronto caería lesionado de gravedad y no volvería a jugar hasta bien entrados 2007.

A los ocho meses de fichar (es decir, en agosto de 2006, cuando empezaba la que iba a ser su primera temporada en Europa), Anderson fue junto a sus compañeros a jugar un torneo amistoso a Ámsterdam, donde se enfrentarían al Manchester United. En la crónica de aquel partido de la página web oficial del club de Manchester, el redactor Ben Hibbs explica que el Oporto empezó el partido “with 18-year-old midfielder Anderson dictating play in the middle of the park”. En ese amistoso fue cuando Ferguson se fijó en él.

Ya todos conocemos la historia de su fichaje por el United. Después de esta lesión, Alex envió a su hermano Martin a verificar que Anderson seguía siendo tan bueno como antes de la lesión. Y así lo creyó el pequeño de los Ferguson. Le bastó medio partido para lanzarse a convencer a su club de que había que fichar a ese chico. Si alguien de tanta confianza como es tu hermano, que además es jefe de scouting de uno de los clubes más grandes del mundo, te dice que hay un chaval de 19 años que va a ser mejor que Rooney, aunque creas que está exagerando, sabes que el chico en cuestión es muy bueno. Sir Alex le preguntó a Martin que si había perdido la cabeza. Pero parece ser que respondió que no, porque tres meses más tarde ya estaba entrenando con Cristiano Ronaldo, Scholes, Giggs y el propio Wayne Rooney.

En el Oporto era un mediapunta/segundo punta muy móvil. Sobre todo eléctrico y creativo, era el típico jugador fino que le ves jugar y piensas por la velocidad que se mueve que no le pesa nada el cuerpo. Sin ser Walcott, era muy rápido: letal con espacios y a la contra. Como todo jugador técnico, sabía salir de espacios reducidos, pero donde marcaba diferencias era en campo abierto. Como en el gol de dos Aflitos. No parecía mal destino la Premier para él, donde los jugadores siempre gozan de muchos espacios y donde las grandes individualidades se premian mejor que en ningún otro sitio. Incluso ganó el Golden Boy 2008. Pero el hype duró casi menos que Demichelis como jugador del Atlético de Madrid.

Parece que todas estas cualidades las olvidó después de los primeros meses. Seguía teniendo una calidad maravillosa, eso nunca se pierde. Pero como a Kaka’, las lesiones tampoco le ayudaron a conseguir asentarse en el cielo cuando parecía que estaba despegando. Según datos de la web de Transfermarkt, Anderson se pasó un total de 359 días lesionado entre 2009 y 2012. En tres años naturales, en uno entero estuvo lesionado. Antes del Mundial de Sudáfrica, Anderson quería volver a Brasil cedido para intentar tener una última oportunidad de convencer a Dunga de que le convocase. Pero Fergie no se lo permitió. La apuesta había sido lo suficientemente fuerte por él (más de 30M de euros) para que ahora se marchase a Brasil.

Alex Ferguson intentó retrasar su posición, donde los espacios son un poco más amplios que entre líneas y no es necesaria tanta rapidez de movimientos para rendir a un nivel aceptable.  Pero como mediocentro tampoco logró su mejor nivel. Pasaba desapercibido por los partidos más allá de algún destello que siempre nos tienen guardados los genios de este deporte. Alternaba suplencias y escándalos como años atrás hacía con goles y asistencias. Incluso tuvieron que sacarle de su deportivo en llamas (afortunadamente, ileso) tras una noche de fiesta cerca de Braga.

En un último intento por triunfar en el viejo continente, el Manchester United probó con una cesión a la Fiorentina. En las típicas imágenes que publican los clubs en las redes sociales del reconocimiento médico y la llegada del nuevo jugador al club, a Anderson no se le veía demasiado fino. Como se podía prever, su paso por Italia no fue ninguna locura. Ni 300 minutos logró jugar con la camiseta viola. Habían pasado ya siete años desde que ganara el Golden Boy y ya nadie tenía esperanzas en él. Seguramente ni Martin Ferguson.

Anderson volvió a principios de 2015 a su querido Brasil. A su querido Porto Alegre, pero no a su querido Gremio. Esta vez jugaría para el Inter, el máximo rival. Ese mismo año se juntaron en la misma plantilla buenos jugadores como Aránguiz, Valdivia o Alisson y míticos como Nilmar, Lisandro López, D’Alessandro o Dida. Todos buenísimos, pero ningún chico de oro.

Fuente imagen principal: Clive Mason (Getty Images)

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