Dicen que antes de morir ves pasar toda tu vida en tan solo unos segundos. A nivel profesional, Eddie Howe, entrenador del Bournemouth, se ha visto en esa peliaguda situación varias veces. En todas las ocasiones decidió detener su particular visionado, levantarse, luchar… y sobrevivir. Una decisión más difícil de ejecutar que de tomar, pero Howe jamás falló a la hora de aunar valor, talento y astucia para lograr salir del paso. Su éxito, claro, ha sido múltiple.

En 2004, un defensa de 26 años llamado Eddie Howe aterrizó por primera vez en el sur de Inglaterra. Con una carrera llena de decepciones y un futuro plagado de incógnitas, el futbolista inglés llegaba a Bournemouth con el objetivo más sencillo: conseguir jugar más partidos que en su anterior club, el Portsmouth de Harry Redknapp. Allí había disputado la friolera de dos encuentros, aunque no por falta de nivel –fue el primer fichaje de un Redknapp que pagó por él 400.000£ y subió al equipo a la Premier en esa misma temporada–, sino porque su primer encuentro con la camiseta pompey se saldó con una lesión que le dejaría sin jugar todo el curso, mientras que el segundo –su reaparición– acabaría con una recaída también de larga duración.

Howe se ganó el corazón de la hinchada cherry con facilidad. Pero como en toda relación de amor hollywoodiense, un tercer actor se coló en la escena y obligó a Howe a poner rumbo de nuevo a Portsmouth. Y es que la estancia del rubísimo defensor estaba limitada a tan solo una campaña. Aunque eso no fue suficiente para rendirse; la ciudad entera se volcó para recaudar el dinero necesario para pagar las 21.000£ del traspaso. Tan solo cuatro años después, Howe correspondió a ese amor: el Bournemouth estuvo a punto de desaparecer, pero el hoy entrenador cherry salió a la plaza del pueblo a pedir limosna acompañado de otros integrantes del equipo. Juntos salvaron al club a cinco minutos de su extinción.

Pese a esa deuda saldada con la que él llama su familia, el gran regalo de Howe estaba todavía por llegar. Las dos lesiones en el Portsmouth fueron una premonición para él; su tiempo libre lo dedicaba a prepararse para ser entrenador, y así tal vez algún día poder convertirse en el jefe de la manada a la que estaba entregado. Kevin Bond, entonces mánager del Bournemouth, le dio la oportunidad de dirigir el equipo reserva todavía siendo jugador del primer equipo, cargo que conservó tras el despido de este y la llegada de Jimmy Quinn. Entonces tenía 30 años, pero el gran momento llegaría poco después; en Navidades de 2008 el Bournemouth estaba hundido en la cuarta división inglesa, con una penalización de diecisiete puntos y una sanción que le imposibilitó fichar en el verano previo. A Howe le fue indiferente: cogió al equipo el último día de aquel año tan convulso y lo salvó de forma milagrosa al final de esa misma temporada.

Pese a dirigir a un equipo de cuarta división, clubes de Championship como el Peterborough o el Burnley tentaron a Howe. Y no fue hasta enero de 2011, con el club ya en tercera y con cien partidos al frente de la entidad, cuando el jefe decidió abandonar el sur de Inglaterra. Separados no les fue bien: el Bournemouth se asentó en tercera, pero sin aspiraciones mayores, mientras que Howe fracasó en el intento de llevar al Burnley a la Premier League. Solo había pasado un año y medio cuando decidió abandonar su cargo por “motivos personales”, que resultaron ser un deseo incontenible de volver a reunirse con su familia. En esa misma temporada 2012-13, el Bournemouth subió a Championship. Y tan solo dos años después, en la ciudad conocida por su muelle y por la cantidad de ancianos que habitan en ella, Eddie Howe grabó su nombre con letras de oro: los cherries iban a jugar en la categoría reina del fútbol inglés y tendrían un presupuesto de casi 60 millones de euros por primera vez en su larga vida.

El Bournemouth llevaba solo un mes en la Premier cuando los dos fichajes más caros de su historia, Tyrone Mings y Max Gradel, se lesionaron para todo el curso, mientras que su delantero, Callum Wilson, que había marcado 5 goles en 7 partidos, se quedaba fuera hasta abril. Además, Harry Arter y Tommy Elphick, pilares del sistema de Howe, también estuvieron fuera muchos encuentros. El equipo más humilde de la liga, en su debut en la Premier, con un entrenador novel de 38 años y un estadio de poco más de once mil asientos, tenía que mantener la categoría sin sus piezas clave prácticamente desde septiembre. Para cualquiera podría parecer una afrenta insuperable, una muerte inminente, pero Eddie Howe vislumbró otro desafío que superar nuevamente en familia.

El Bournemouth salvó la categoría sin tener que requerir de la ayuda de algunas de estas bajas en las jornadas finales. Mientras el West Brom de Rondon o el Crystal Palace de Bolasie y Cabaye luchaban por no caer al abismo en los último suspiros del campeonato, mientras el humilde Leicester protagonizaba el milagro de la década, la tranquila ciudad de Bournemouth, al sur de Inglaterra, certificaba su pequeña gran proeza sin tener que sufrir en demasía. A cinco jornadas del final, el cuadro de Howe estaba ocho puntos por encima del descenso y por delante de equipos como el Everton en la clasificación.

Pese a sufrir deudas, lesiones de larga duración o goleadas, Bournemouth jamás se rindió. “No me importa lo que diga la gente desde fuera. A mí solo me importa mi staff, mi familia y mis jugadores. Nadie puede me puede influir en mis creencias futbolísticas. Si pudieran hacerlo solo con palabras, no sería un hombre”, dijo una vez Eddie Howe. Hará falta más que eso para poder tumbar a una familia que, como su propio líder, se resiste a ver su vida pasar en pocos segundos.

Fuente imagen principal: Dan Istitene (Getty Images)

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