Mucho se habla del recuerdo como algo negativo, como si fuese algo malo (de vez en cuando) echar la vista hacia atrás para poder sonreír y seguir adelante con tus objetivos en la vida. Recordar algo es como un camino de vuelta a lo bueno, como también a lo malo. No obstante, la positividad siempre ha de encontrarse antes que cualquier atisbo de todo lo contrario. Decía el alemán John Paul que “El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados”.

En esos recuerdos, siempre hay personas que nunca pueden ser olvidadas. Ellos son esos pequeños sastres de la sonrisa que van tejiendo día a día, jornada a jornada y partido tras partido, un motivo para ser positivos y sonreír, a pesar de los chaparrones que le puedan caer a lo largo de la existencia. Si te encuentras con ellos en el mundo del fútbol, los podrás identificar casi al instante: entrenadores de la vieja escuela que pasaron inadvertidos en la Alemana Occidental. Auténticos profesores del balompié que consiguieron auténticos logros, casi milagrosos, en lo que a dimensión se refiere. Uno de esos señores del fútbol que sobreviven al tiempo (y circunstancias) es Horst Buhtz. El segundo jugador de la historia que salió a Italia en busca de la gloria, de un profesionalismo inexistente en su país. Algo inaudito por aquél entonces, siendo relegado a un segundo plano mediático como jugador. Hace un año traspáso las nueve décadas de vida y lo hace de forma sosegada en Lagenfeld, lugar donde concedió una entrevista a los compañeros de 11 Freunde. Allí reside con su esposa, en un ambiente tranquilo y sosegado. “Aquí estoy en medio de las ciudades más importantes”, debe pensar mientras mira a Düsseldorf y Colonia, imaginándoselas en el verde horizonte que le rodea. Todos los fines de semana recibe la visita de hijos, nietos y bisnietos, lo que le convierte en un lúcido recuerdo para todos, e incluso, para sí mismo.

Horst recuerda esa época con cariño, a pesar de que sus veteranos ojos quiebren en lágrimas, llegado el momento: “Recuerdo que cuando era niño, compartíamos la pelota para jugar en la calle, justo detrás de nuestras casas; siempre que chutábamos aquella pelota de cuero, lo normal es que rompiéramos ventanas; supe que quería dedicarme al fútbol, a pesar de que mi madre me regañaba si venía con los zapatos desgastados o descosidos”. Continúa: “Esto me hizo jugar descalzo muchas veces, lo que mejoró mi técnica en el disparo; me encantaba marcar goles, como a todo niño”. Recuerdo que hace esbozar una sonrisa, antes de ponerse serio: “Con 16 años ya estaba jugando con el Fortuna Magdeburgo, mediante un permiso especial que me habían concedido, pero llegó la guerra y me mandaron al Oeste. Tuve que pasar por todas esas calamidades que sufrimos todos los que fuimos prisioneros de guerra, tras ser capturado en Normandía; nunca lo olvidaré, porque la guerra nunca se olvida aunque hayan pasado 70 años. Más que nada, porque tu cabeza te sitúa allí, en ese oscuro rincón donde nunca quieres estar. Fui muy afortunado al escapar de aquellas torturas”. Como todos los post-adolescentes de la época, la juventud transcurrió aprendiendo a usar un subfusil, antes que chutar a portería. Un conflicto que le robó tiempo de máximo esplendor en su club, a pesar de que en cierta manera, el destino le recompensó años más tarde.

“El fútbol se reorganizó tras la guerra (1947) y algunos equipos estaban interesados en ficharme; la mejor oferta llegó del Kickers Offenbach, quien me ofreció a pagarme los estudios como maestro de educación física y deporte, en la Universidad Goethe. Esto significó para mí, mucho más que todo el dinero que pudiera ganar; me ofrecieron un futuro, algo por lo que siempre les estaré eternamente agradecidos”.  ¡Y vaya sí lo agradeció! El Kickers Offenbach fue uno de los equipos más poderosos de la época en el estado de Hesse. Su rivalidad con el Eintracht Frankfurt es de las más antiguas que se recuerdan en la región. El veloz y audaz extremo marcó 36 goles en sus 80 partidos disputados a lo largo de 3 años con el OFC, lo que le acredita como uno de los grandes baluartes históricos de la etapa más gloriosa del club (2 Oberligas del Sur).También le garantizaba un puesto en las finales nacionales, algo que consiguió en 1950, cuando el Stuttgart de Georg Wurzer les derrotó en la final disputada en el Estadio Olímpico de Berlín, a pesar del gol anotado en la final por el propio Buhtz. Corrían ríos de tinta hablando maravillas de Horst, quien recuerda a Sepp Herberger entre las 100.000 personas en aquella final con sonrisa, que en su día fue amarga reacción: “La prensa me eligió como el mejor jugador del partido, pero Herberger no estaba nada de acuerdo con ellos… ¡me comparaban con Fritz Walter!

El seleccionador no le tenía en cuenta para el equipo nacional: “Él siempre me consolaba diciéndome que lo estaba haciendo bien, que tenía tiempo de entrar en la selección…pero el tiempo pasaba y yo tenía ofertas importantes como la del Barcelona; me negué a ir porque tenía la esperanza de que si me quedaba en Alemania, el señor Herberger podría cambiar de opinión. Me fui al Mühlburg (más tarde se llamaría Karlsruhe) con la esperanza de poder desarrollar mi carrera en la RFA, por la diferencia económica que había entre las dos naciones (RFA y RDA)”.  Dos años en el Karlsruhe (33 goles en 63 partidos) le valieron para dar el paso a Italia. Consciente de que, deportivamente, se le iban cerrando las puertas en la selección nacional, decidió marcharse en 1952: “¡Claro que soñaba con jugar al lado de Fritz-Walter! Pero también creo que Herberger nunca quiso contar conmigo para el equipo. Mirando hacia atrás, deportivamente quizás pudo haberme perjudicado, pero yo quería ganar más dinero y en Italia me lo daban”.

Buhtz aceptó la oferta del Torino, por aquél entonces uno de los más grandes equipos italianos, superando la oferta del AC Milan. El “Toro” quería recomponer el equipo que había perdido, tres años antes, en la tragedia de Superga y no tardaron en ofrecerle una suculenta oferta económica a “Il Tedesco”, que pasó a ser el segundo jugador alemán en llegar desde Alemania, tras el fichaje de Ludwig Janda por la Fiorentina. Buhtz guarda un recuerdo especial de la Toscana, lugar de residencia de su hijo Bodo; habla italiano con bastante fluidez y su rendimiento le dio un nombre en la Serie A: “quería probarme a nivel internacional, ya que no contaba para el entrenador Herberger, y decidí marcharme”. Una adaptación que fue total y rara para la época, ya que se había preparado para adaptarse al país, empezando por aprender italiano: “Para mí, Italia era un paraíso como futbolista; pude comprarme mi primer Volkswagen Cabriolet, que me costó 6500 marcos; fui elegido por la prensa como uno de los mejores jugadores extranjeros de la época”. Tanta fue la repercusión de sus buenas actuaciones, que la prensa alemana empezó a preguntarse si Buhtz debía ir a la selección nacional; el Mundial de Berna se acercaba y era la oportunidad para Alemania (ausente en el Mundial del “maracanazo”), de resarcirse como país y selección. Algo que, al final, terminó consiguiendo ante los “Magiares mágicos”.

Es tal la adhesión que tiene por el país transalpino, que Horst Buhtz considera su etapa italiana vital para su evolución como técnico: “mientras en Europa se jugaba con la WM jugando con 11, en Italia parecía que jugasen con 15; la táctica variaba en función del partido”. Algo clave en su etapa como técnico que comenzó en Suiza, en 1957, mientras ejercía el papel de “jugador-entrenador” en Zúrich o Bellinzona. Tras su etapa preparatoria en Suiza, Buhtz llegó a Alemania con un perfil bastante bajo y en silencio; habían pasado demasiados años para que muchos se acordasen de él en su etapa como jugador, así que optó por irse entrenar a la región del Sarre: el Sportfreunde 05 Saarbrücken fue su primer club. Allí alcanzó un meritorio sexto puesto en la Oberliga del Sudoeste. Su éxito no pasó desapercibido para el Borussia Neunkirchen, uno de los grandes clubes de la región y acérrimos rivales de sus vecinos: el mítico 1.FC Saarbrücken.

El técnico y exjugador magdeburgués escribió su primera gran gesta con un club modesto: el ascenso blanquinegro, después de que fuera excluido por la federación para la constitución de la Bundesliga, fue el primer gran éxito de Buhtz. Mantuvo al Neunkirchen en la máxima categoría, siendo debutante. Necesitaba adaptarme a escenarios bastante complejos, así que tuve que adaptarme. Por ejemplo, cuando nos enfrentamos al Bayern Múnich, vi cómo un joven como Franz Beckenbauer jugaba de líbero; por esa razón yo también instalé un líbero en el esquema”. El Borussia Neunkirchen descendió en 1966, no volviendo a competir nunca más en la primera división.

La evolución que había tenido en el Sarre, no pasa desapercibida en la Baja Sajonia: el Hannover 96 le contrata en 1966, con el objetivo de establecer a los hannoverianos en la máxima categoría; esto es algo que consigue durante los 20 meses que militó en los banquillos del vetusto Niedersachsenstadion. Buhtz incumplió su contrato marchándose a finales de febrero de 1968, debido al feo que le hizo la directiva: con contrato en vigor, “die roten” anunciaron el fichaje del mítico Zlatko Čajkovski para la siguiente temporada. Era el momento de marcharse y asumir un nuevo reto. Sería el mayor reto en la carrera deportiva de Horst Buhtz: hacerse cargo del Wuppertaler SV, un club de la zona media-baja en la 2º división región Oeste. Cabe decir que, la segunda división de la Bundesliga era una categoría donde los recursos económicos eran infinitamente menores que los de la primera división. Si hoy la Regionalliga es la cuarta división del fútbol nacional, en aquel momento era la segunda. El ascenso era harto-complicado: había que clasificarse entre los dos primeros (de cuatro grupos de 20 equipos cada uno) y jugar diferentes eliminatorias hasta alcanzar la gloria del ascenso. El salto de nivel y recursos era evidente, algo que estaría a punto de cambiar, favoreciendo (en cierta manera) al equipo de Wuppertal.

La llegada de Buhtz al club fue acogida con mucha ilusión y expectación: Cuando yo llegué, el club estaba luchando por no bajar, así que me dejaron trabajar con libertad de decisión y es algo a lo que les estaré eternamente agradecido”. A buen seguro, muchos considerarán que esa deuda está más que pagada desde su llegada; en su primera temporada, el club alcanzó la quinta plaza de la categoría: “Hicimos, del Stadion Am Zoo, un auténtico fortín. Desde que cogí al equipo, hasta bien entrada la segunda temporada en Bundesliga, el equipo no perdió ni un partido en casa. ¡Sigue siendo un auténtico record!” reclama orgulloso Buhtz, cuya satisfacción se manifiesta cuando habla del Wuppertaler.

Relativamente cerca de Düsseldorf y Colonia, Wuppertal es una ciudad típicamente alemana: mucho verde, mezcla de construcciones antiguas y nuevas, pero en pleno crecimiento demográfico y territorial a comienzos de los setenta. El paisaje (casi botánico) se mezcla con la industria de la metalurgia, textil, química y farmacéutica (no obstante, el creador de Bayer era oriundo de la zona) en torno al río que cruza la región: el Wupper. Las cuarenta mil almas cantando al unísono, jalearon más que nunca tras el ascenso del equipo de fútbol. El año en el que lo consiguió, fue el año del profundo cambio dentro del profesionalismo; la 2.Liga no tardaría en formarse y la Regionalliga descendía en el escalón de importancia. Llegaría el Campeonato Europeo de 1972, los Juegos Olímpicos de Múnich (así como su desastre) y el año en que Beckenbauer dominaba el fútbol desde la figura del líbero, esa que Buhtz copió para el Borussia Neunkirchen. Alemania empezaba a remontar el vuelo; a la orilla del río Wupper, todo se veía con ese mismo optimismo, incluido el propio entrenador: “En temporadas anteriores habíamos tenido mala suerte; en el Tívoli tuvimos mala suerte de encajar un gol que nos apartó del ascenso el año anterior… ¿de qué servía ser el mejor 3º de la historia de la categoría?”

La mejor temporada en la historia del club, le llevó hasta el cuarto lugar. Esto le daba derecho para participar en una competición relativamente nueva: la Copa de la UEFA. Buhtz recuerda  su segunda temporada en primera división con el Wuppertaler, con un gesto serio y reflexivo: “El equipo estaba envejecido y el proceso de rejuvenecimiento era lento y tedioso”. Un triste recuerdo que le embarga de emoción: “Cuando te dicen que esto es todo y se acaba tu etapa, te entristece.”. El diario Bild mostraba su opinión en una editorial de la época, y la directiva del Wuppertaler pensó que era necesario un cambio tras dos temporadas en la máxima categoría. El 20 de octubre de 1974, Horst fue despedido de la que había sido su casa tras poco más de seis años, lo que a la postre sería la etapa más duradera como entrenador. El equipo azulgrana no levantaría el vuelo desde entonces y descendería a la recién creada segunda división. Desde entonces, no ha vuelto el Wuppertaler a la máxima categoría del fútbol profesional. En cambio, Buhtz fue un nómada; estuvo dando tumbos por Turquía, Dortmund, Núremberg, Uerdingen, Aquisgrán, Stuttgart y Colonia

Cuando el Dortmund descendió a segunda, contrató a Buhtz para que los ascendiera. No obstante, las cosas no funcionaron como debiera: los aurinegros despidieron a Buhtz antes del playoff de ascenso a primera división, por firmar (antes de tiempo) con el Núremberg (equipo al que se enfrentaría por una plaza en la élite en dicha promoción). Una vez llegó a la región de Franconia, alcanzó un 5º puesto y un 2º en la siguiente temporada, por lo que volvió a jugar una eliminatoria por el ascenso. Sin embargo, nuevamente fue despedido antes de jugar las eliminatorias. Un año más tarde, asciende al Uerdingen (nuevamente en playoffs) y vuelve a ser despedido, año y medio después, faltando dos jornadas para el final de la temporada 1980-81. Su paso por Aquisgrán, sin embargo, fue gris; considerado un hombre de ascensos, el Alemannia Aachen lo incorpora al Tivoli. La misión: luchar por ascender, cosa que volvió a incumplir; una vez más, la suerte le fue esquiva en su segunda temporada: una mala racha de resultados provoca su consiguiente cese.

Más o menos lo que ocurrió en su periplo en el Stuttgarter Kickers, que le contrata como revulsivo para conseguir el ascenso en Enero de 1983, objetivo que tampoco consigue. Una de las razones fue el desconocimiento absoluto que tenía sobre la plantilla, algo que, probablemente, no ocurriría en estos días: “Dejé que el segundo entrenador prácticamente me hiciera el trabajo en las primeras jornadas, porque yo no conocía a nadie”. En Stuttgart, Horst recuerda trabajar con los jóvenes Jürgen Klinsmann o Guido Buchwald, guardando una anécdota de todo aquello: “Un chico joven, de unos 18 años, vino al vestuario tras un entrenamiento para preguntarme, mientras lloraba, por qué no estaba en la convocatoria. Aquel jugador era Jürgen Klinsmann. Solo pude encogerme de hombros, porque no sabía quién  qué decirle…¡no conocía a nadie!”. Una de las cosas que más recuerda de Klinsmann, es que era alguien ambicioso desde sus inicios: “Jürgen no se fue de vacaciones porque quería mejorar su velocidad. Habló con la sección de atletismo del club y no dejó de intentarlo hasta que bajó de 11’7 a 11 segundos, en los cien metros; era así de ambicioso”.

Desde entonces, confiesa que sigue el fútbol como un mero aficionado. Hoy, con 90 años y recién operado de la cadera, confiesa que eligió Lagenfeld para vivir por su esposa Hilde, a la que conoció cuando le consiguió un apartamento en la zona. También se siente satisfecho de cómo le ha tratado la vida, a pesar de tantos despidos en su época de entrenador: “En Navidad, Pascua o cumpleaños, solo quería un balón. No teníamos nada; si se me pinchaba el balón con un clavo, sufría como nadie…hasta que mi padre se apiadaba de mí y me compraba uno nuevo. ¿Qué sí he cumplido mi sueño? Sí, estoy orgulloso de mi carrera cumpliendo el sueño de mi vida: dedicarme a mi pasión”.

Un abuelo entrañable, tranquilo y satisfecho de su vida cuando ha tenido que retroceder en el tiempo, Horst Buhtz es ese maestro de la pelota que todo el mundo quisiera ser. Un genio en el olvido futbolístico teutón, al que todos le debemos (como mínimo) un recuerdo en el resto del mundo balompédico. Bien lo dijo la escritora francesa George Sand: “El recuerdo es el perfume del alma” y el de Horst Buhtz huele bastante bien.

Fuente imagen principal: Spiegel.

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