Las nuevas tecnologías almacenan todo tipo de recuerdos y experiencias. Las fotos y los vídeos son testigos presenciales de momentos únicos, casi de verdaderos privilegiados: han adelantado mucho los tiempos. Ya no son álbumes de fotos, ahora son carpetas, archivos en formato MPEG, MP3 y toda clase de siglas para poderlo recordar casi de forma portátil y simultánea. Sin embargo, la mente sigue jugando un papel fundamental en nuestra vida, tanto es así, que son las que reavivan las emociones de las experiencias vividas; son las que hacen revivir u olvidar. Una especie de switch on/switch off cuál luz de habitación. Un “click” que separa la luz de la oscuridad. Algo tan simple y sencillo, debería tener fácil solución…pero no.

La mente es una gran desconocida, algo que ignoramos y que, quizás, todavía nos cueste siglos o milenios descubrir sus más recónditos secretos y sorpresas. Algo debió pasar por la cabeza de Robert para que, desde hace cinco años, no alumbre de sonrisas el corazón de Alemania con sus paradas y vuelos imposibles. A día de hoy, sigue siendo una losa que nadie puede (ni debe) asumir. No hay culpables, sólo decepción, tristeza y un legado que nadie debe olvidar. De hecho, su desgraciado final dio a conocer una enfermedad que puede jugar al escondite con todos, pero nunca con el propio deportista: la depresión. Algo que, si no se trata a tiempo, puede devorar almas y vidas a su paso, cuál peste bubónica.

El desgraciado final de Enke dio a conocer una enfermedad que puede jugar al escondite con todos, pero nunca con el propio deportista: la depresión.

Fueron muy tempranos los síntomas de su depresión. La personalidad de Robert Enke siempre fue la de un chico tímido, callado, respetuoso y profesional, incluso cuando tenía edad para hacer locuras. Sintomático de lo que era la RDA en aquél instante: “al más mínimo error, lo pagas caro”. Tras una gran actuación con la Alemania reunificada en el mítico y antiguo estadio de Wembley con la selección sub-16, Robert fue progresando en las diferentes categorías del club de su ciudad natal: Jena. Con 18 años le llegó la oportunidad en el Carl Zeiss contra el Hannover, el 11 de noviembre de 1995; llegó a la titularidad gracias al mítico “Ebse” Vógel. Tras una mala racha de Mario Neumann (14 goles en 3 partidos), vio potencial en aquél rostro cuadrado, pero sonrisa reluciente y pelo lacio que envolvían a ese post-adolescente. Robert siempre mantuvo sus condiciones, pero como portero joven e inexperto, también tenía sus fallos. El primero de ellos fue ante el VfB Lübeck, cuando un balón se le escapa de las manos, provocando así el gol del rival; unos partidos más tarde, un esférico que se le escapa de las manos por querer blocarlo, termina en gol. “Enkus” como así le llamaban sus compañeros –y amigos- explotó. La exigencia que tenía consigo mismo, afectó a su cabeza. Sus ánimos parecían normales a ojos de todo el mundo: unos fallos los tiene cualquiera, pero Enke no lo entendió así; si en el error ante el Lübeck se encerró una semana, al siguiente error, pidió entre lágrimas que le cambiaran. Parecía no poder más. A pesar de estos episodios, nadie le dio la suficiente importancia. De hecho, el míster le dijo: “Si quieres ser profesional, debes asumir que tendrás muchos errores, muchos fallos; has de aprender a superarlos”, en pos de animarle para futuros partidos.

Tarde o temprano lo superaría: sus pantalones largos y su camiseta emulando a Köpke en el Mundial del 94, así como su liderazgo o mando en el equipo, harían el resto. El chico no volvería a ser titular esa temporada, pero daría un salto cualitativo en su carrera: irse a Mönchengladbach la temporada siguiente. El histórico Borussia necesitaba de sus servicios, aunque el reto era de los más difíciles: por delante tenía al mítico Uwe Kamps, uno de los mejores porteros (por aquél entonces) de la Bundesliga. Alternaba el primer equipo con el filial y estuvo casi dos temporadas sin jugar y le tocó hacerlo en la época más difícil. La lesión de Uwe Kamps, en la temporada 1997-98, fue agridulce. Primero, por la forma de conseguir la titularidad (lesión de Kamps), y segundo, por el descenso del Borussia Mönchengladbach a la segunda división tras más de 30 años en la élite del fútbol alemán. Pese a todo, el portero de Jena fue uno de los mejores jugadores del equipo, lo que le valió salir rumbo a Lisboa, exhibiendo un gran rendimiento en el Benfica dirigido por Heynckes. Durante tres años se siente confiado, tranquilo y sereno, pese a la primera reacción adversa que tuvo a su llegada. Tanto Teresa (su pareja), como Jorg (representante y amigo) parecían aliviados con el cambio de rumbo que todo había tomado. Sin embargo, no duraría: Enke ficha por el Barça de van Gaal y allí vuelve a tener una recaída, una nueva lucha interna que librar, no sólo por la titularidad en la portería culé, sino en su interior: volvía a sentir pánico, terror y miedo. Las palabras de Frank de Boer tras el partido ante el Novelda (dónde Robert falla en 2 de los 3 goles), golpean (aún más si cabe) su confianza. Está hundido en su interior; pese a que juega algunos partidos en el club culé, Enke es descartado y se marcha cedido al Fenerbahçe turco, dónde no hace más que huir hacia delante.

Sus pensamientos le devoraban su alma y su espíritu, algo que tras estar sin equipo unos meses, parece recuperar en Tenerife. En el club insular recupera las sensaciones de vivir, pese a las dificultades que tuvo Teresa en el embarazo de Lara. La niña da brillo a su vida, pese a sus problemas de salud. De hecho, regresan a Alemania, al que sería el último club de su carrera: el Hannover 96. Como una ironía del destino, el equipo contra el que debutó hacía casi 10 años atrás, era quienes confiaban en él para su salvaguardar su portería. Desde el primer partido, Enke se sintió como en casa; de hecho es nombrado mejor portero de la Bundesliga a su vuelta, por delante de metas más prestigiosos. Volaba, paraba…se divertía; en esa montaña rusa que eran sus ánimos y sus ganas de vivir, éstas aumentarían exponencialmente. Sin embarg, ese guardameta felino, prodigioso en el uno contra uno y confiado, se derribaría otra vez. Como en Barcelona o Turquía, volvía a sentirse incapaz de seguir adelante. No entendía las razones -pese a haber perdido a su hija,- de su estado. Era el mejor momento de su carrera deportiva: después de superarlo todo y con la puerta abierta a la titularidad de la selección; a falta de un año para el Mundial de Sudáfrica, Enke partía en todas las quinielas para ser el titular de la “Mannschaft”.

A su vuelta a Alemania, para jugar en el Hannover 96, Enke se encontraba en el mejor momento de su carrera. Fue nombrado como el mejor portero de la Bundesliga.

“Si estuvieras en mi cabeza, entenderías porque me estoy volviendo loco”, fueron las palabras exactas que le dijo a Teresa. La idea de quitarse la vida la había compartido ya, con su amigo y antiguo compañero, Marco Vila. Alguien que le intentaba ayudar desde la distancia, pero al mismo tiempo muy cerca, casi a golpe de teléfono. El deseo de morir era un síntoma novedoso y cada vez, más difícil de reprimir. Para intentar erradicar esa idea, Teresa le hace prometer que no se suicidaría; la adopción de Leila y su carrera deportiva, hacía presagiar que todo volvería a ser como antes, como otra de sus recaídas. Que continuaría con su vida y alcanzaría sus mayores éxitos como futbolista. No fue así, Robert decidió jugar el último partido de su vida contra el Hamburgo, el ocho de noviembre de 2009, con un resultado final de 2:2. Tranquilo, sereno y con la seguridad de que ya no tenía que luchar más. Su destino estaba escrito y además lo escribiría él. Enkus mintió a todos, apagó el móvil y se fue a una estación de tren. Se puso delante de uno y su vida, en un momento, en un instante, desapareció. Desapareció su dolor, su angustia, su lucha interior. Esas montañas rusas ya no iban a volver jamás a la vida de Robert Enke. No podía soportarlo más.

Pese a quitarse la vida, el portero del Hannover pensó, aunque sólo fueran diez minutos, aceptar su enfermedad. Pero fueron sólo diez minutos; se sentía como un actor fingiendo que todo estaba bien, perfecto, pero por dentro no lo estaba. Si para algo sirvió este tan desgraciado suceso, fue para ayudar a todas las personas (más que futbolistas o deportistas) a aceptar su condición. A tratarse y a localizar a tiempo esa enfermedad. Hoy en día, cada 10 de noviembre (y a través de la fundación que dirige Teresa Enke), se recuerda que los futbolistas son algo más que máquinas, que no hay una selección natural por ser privilegiados. Que el miedo debe ser inexistente a no aceptar que se está mal y que nadie va a juzgarle. Siempre habrá una, dos o incluso muchas manos amigas dispuestas a ayudar.

Para desgracia de todos, Robert Enke no pudo realizar esa última parada felina para evitar el gol encajado de su vida, el más doloroso. Desde hace cinco años, la afición del Hannover le recuerda emocionadamente, en una única sola voz, que detrás de cada futbolista, hay una persona. Detrás de esa persona, siempre habrá algo más que un legado.

Fuente imagen principal: Christof Koepsel (Bongarts/Getty Images)

*Los guantes de Robert Enke, donados al Schachtschatz Museum.

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